Así, cuando en dicho festival presenten a España, salga al escenario Rodolfo Chiquilicuatre a cantar el ya famoso “Chiqui-chiqui”, el hecho será la culminación de un éxito de mercadotecnia innegable del que su inventor se merece todas las felicitaciones posibles.

Lo preocupante es que este modelo “Chiqui-chiqui” se traslade a otros ámbitos de la vida española. Si la superficialidad y su comercialización prima sobre el contenido de las cosas, empezaremos a ver Rodolfos Chiquilicuatres por doquier. Y este riesgo es mayor en la vida política.

Las críticas que algunos medios han hecho al gobierno nombrado por Rodríguez Zapatero han estado a la altura de Berlusconi: por si no nos habíamos dado cuenta, han puesto un especialísimo énfasis en que había muchas mujeres en él, lo cual ha constituido el motivo más relevante para el debate político en España en los últimos días.

Claro que también hubiera sido preferible que Rodríguez Zapatero hubiera explicado de otra manera el nombramiento, por ejemplo, de la Ministra Carmen Chacón. En lugar de decir que debía contemplarse como algo normal y que ya se había hecho antes en otros países, probablemente la misma Carmen Chacón le hubiera agradecido que dijera no haber encontrado una persona mas capacitada que ella para ser Ministra de Defensa.

Ya en el terreno de las decisiones políticas, la primera del nuevo Gobierno ha consistido en llevar agua a Barcelona, aunque mas que una decisión ministerial parecía un debate lingüístico para encontrar la manera de no llamar trasvase a un trasvase y apellidar al agua con la sandez de «de boca» para distinguir la necesidad de los barceloneses de otras necesidades mediterráneas.

En esta deriva superficial se ha llegado a dar mas trascendencia a los cargos que no aceptan en el PP los señores Pizarro y Costa que al hecho de que el Vicepresidente Solbes haya vaticinado una crisis económica dos años mas larga de lo que se preveía antes del 9 de marzo (portada de El País, 17 de abril).

Habría que desear que esta legislatura no sea una reedición de la anterior cuando España se dividía por la forma de denominar las uniones de parejas del mismo sexo o discutía sobre el argumento de novelas de conspiración sin encontrar ni una sola idea que pudieran compartir la mayoría de los españoles.

Ahora, hay que dotar de eficacia al sistema judicial y no solo nombrar unos jueces que puedan, o no, aceptar el estatuto catalán. Hay que ofrecer un frente común al terrorismo, a los terrorismos, y no hacer creer a la opinión pública que una sola fuerza política puede derrotarlo. Hay que cerrar los dos siglos que llevamos de proceso fundacional de España y renunciar a aprovecharse del río revuelto para la pesca propia. Hay que consensuar lo que tiene que hacer el Estado por los sectores más débiles de la sociedad y no utilizarlos políticamente.

Y, además, hay que hacer intervenir al Estado en la economía con más medidas de las que vienen en las páginas interiores que con titulares de portada. Y, si queda tiempo, Chiqui-chiqui, pero no antes.