La desigualdad es uno de los grandes problemas y retos de nuestros días, que conlleva enormes sufrimientos humanos y una posible crisis de civilización. Siguiendo a Göran Therborn en su último libro La desigualdad mata cabe diferenciar entre tres tipos de desigualdad: la desigualdad vital, la desigualdad existencial y la desigualdad de recursos.

La desigualdad vital está vinculada con las diferentes oportunidades de los seres humanos y se visualiza, básicamente, a través de las tasas de mortalidad, la esperanza media de vida, la expectativa de salud, indicadores de salud infantil y a partir de datos referidos en las encuestas sobre el hambre. La desigualdad existencial se relaciona con la desigualdad personal de autonomía, la dignidad, la libertad y el derecho al respeto y al desarrollo personal. Por último, la desigualdad de recursos, fundamento de la mayor parte de los discursos sobre la desigualdad, imposibilita a millones de ciudadanos en el mundo disponer de recursos similares para llevar vidas mínimamente dignas. La exclusión, la subordinación y la explotación son sus mecanismos operativos, repercutiendo muy negativamente sobre las personas y los sectores sociales más desfavorecidos de éste nuestro mundo global.

En definitiva, y siguiendo a Therborn: “la desigualdad es una violación de la dignidad humana, una negación de la posibilidad de desarrollo de las capacidades humanas. Puede adoptar múltiples formas y tiene múltiples consecuencias: muerte prematura, mala salud, humillación, subyugación, discriminación, exclusión del conocimiento o de la vida social predominante, pobreza, impotencia, estrés, inseguridad, ansiedad, falta de confianza en uno mismo y de amor propio y exclusión de las oportunidades que ofrece la vida” y, en su conjunto, “… son producto de los acuerdos y procesos sistemáticos con un soporte social y de la acción redistributiva, tanto individual como colectiva”.

Atendiendo a este enfoque multidimensional, y centrándonos en la Unión Europea y en la desigualdad de recursos, según datos recientes de Eurostat, hay 123 millones de personas en riesgo de pobreza, ocho millones más que en 2007.En España, el riesgo de exclusión social se ha agudizado, contabilizándose 13,4 millones de personas que viven bajo condiciones de extrema vulnerabilidad (29% de la población), tres millones más que a comienzos de la crisis.

Lo anterior se concreta en que seamos el séptimo país con más desigualdad de la UE, y en el que se observan más diferencias entre ricos y pobres. Tan solo Bulgaria, Letonia, Grecia, Portugal y Rumanía son más desiguales que nosotros. Dignos de aprecio son los casos de Suecia, Alemania y Dinamarca, en donde existen vías de distribución de la renta que suplen las diferencias de ingresos. Un ejemplo paradigmático es sistema fiscal sueco, que reduce la desigualdad en un 53% a diferencia del 32% en el caso español.

Y junto a lo anterior hay 342 personas en la UE con un patrimonio superior a los 1.000 millones de dólares, y, en particular, según la Estadística del impuesto de patrimonio del Ministerio de Hacienda, hecha pública a principios de mes de septiembre, 471 españoles declararon tener más de 30 millones de euros. Lo cual supone 28 contribuyentes más que en 2012 y más del doble que en 2007, cuando ascendían a 233 personas. Incluso podrían ser más, puesto que los datos de las estadísticas de Hacienda se construyen con lo que manifiestan los propios declarantes y quedan fuera los que cometen fraude y hacen movimientos de evasión fiscal

Reducir la desigualdad en nuestro país es urgente y pasaría por promover y potenciar una política más redistributiva, evitar las ventajas fiscales de las grandes compañías y acabar con las mal llamadas políticas de austeridad, resultando indispensable que uno de los ejes prioritarios sobre los que giren las agendas políticas sea la lucha contra pobreza y la exclusión social…

Y es urgente hacerlo porque, como se titula el libro de Therborn “La desigualdad mata” y se asimila a un cáncer invasivo que, entre otros efectos, genera enfermedades y un extraordinario sufrimiento. Sirvan de ejemplo, el aumento en España del número de trastornos mentales, del comportamiento y de los suicidios. Según el Informe SESPAS 2014, tomando como referencia los años 2006 y 2010, se han incrementado los trastornos del estado de ánimo (19,4% en depresión mayor y 10,8% en distimia), los trastornos de ansiedad (8,4% en trastorno de ansiedad generalizada y 6,4% en crisis de angustia), los trastornos somatomorfos, de origen psicosomático (7,2%) y el abuso de alcohol (4,6% en dependencia de alcohol y 2,4% en abuso de alcohol). De igual modo, según datos del INE, las muertes por suicidio se han elevado en los últimos años, constatándose un crecimiento entre todos los grupos de edad, si bien con mayor incidencia entre personas entre los 30 y 39 años

Y es urgente hacerlo porque en contra de lo que algunos sostienen desde púlpitos políticos, el desarrollo social y de las personas no es sinónimo de crecimiento económico. Así se manifiesta el FMI y la OCDE que alertan desde hace tiempo sobre que la desigualdad social frena el crecimiento, pues reduce las expectativas y desincentiva la formación y la productividad. Según el FMI si el 20% de la población más favorecida aumenta un punto porcentual su cuota de ingresos, el aumento del PIB de un país baja en un 0,008% en los cinco siguientes años. Sin embargo, cuando el 20% más desfavorecido aumenta un punto porcentual de su cuota de ingresos, el PIB aumenta en un 0,38% en los cinco años posteriores.

Y es urgente hacerlo porque está en juego nuestra sociedad, la propia democracia como sistema garante de bienestar, en definitiva, nuestro presente y futuro como civilización.