Diez años más tarde, en septiembre de 2010, 140 Jefes de Estado y de Gobierno reafirmaron en la sede de la ONU su compromiso con los Objetivos del Milenio (ODM), con el propósito de impulsar la lucha contra la pobreza, el hambre y las enfermedades, así como para analizar los avances y dificultades en el cumplimiento de las Metas del Milenio.

A menos de dos meses para la llegada del 2015, el balance produce malestar e impotencia desde nuestra mirada de ciudadanos de a pie. Centrémonos, específicamente, en algunos de ellos para demostrarlo.

Respecto al primero de ellos, reducir a la mitad las tasas de pobreza extrema, los datos oficiales muestran que se alcanzó parcialmente en 2010. De hecho para este año, 700 millones de personas dejaron de vivir bajo parámetros de extrema pobreza en comparación con 1990, sin embargo 1.200 millones viven todavía bajo estas condiciones.

Si el segundo fijaba que todos los menores del plantea tuvieran acceso a la educación primaria, en 2013, según la UNESCO, existían 781 millones de analfabetos, de los cuales 126 eran niños. En particular, en los países del mundo en vías de desarrollo un total de 58 millones no acudían a las escuelas.

En 2015 se renovarán los actuales ODM y serán sustituidos por los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), entre cuyas prioridades se prevé se encuentre la lucha contra la desigualdad que podría pasar a ser el número 10 de un listado elaborado por un grupo de expertos de alto nivel tras meses de conversaciones entre ONGs, Gobiernos y representantes del mundo empresarial. Las metas asociadas al mismo no se han especificado a día de hoy y existen dudas sobre si se traducirán en incrementar los ingresos del 40% más pobreza un mayor ritmo que las medias nacionales para el horizonte temporal del 2030 o, en su caso, en adoptar políticas de protección social que favorezcan una mayor igualdad.

Y llegamos al nudo gordiano del tema que estamos tratando. El problema de la desigualdad es, sin lugar a dudas, uno de los de mayor gravedad en estos momentos, que conlleva enormes sufrimientos humanos y una posible crisis de civilización. Según se expone en el informe de Oxfam Intermon Gobernar para las élites: riqueza extrema y abuso de poder La desigualdad económica, “la desigualdad es considerada la enfermedad del siglo XXI, es uno de los grandes retos que hoy amenaza el progreso de la humanidad hacia sociedades más equitativas, justas y democráticas”.

Los datos no dejan lugar a dudas, la mitad de la renta mundial se encuentra en manos del 1% más rico, cuya riqueza alcanza los110 billones de dólares, un número 65 veces superior al total de la que dispone la mitad más pobre de la población mundial. Las 85 mayores fortunas del mundo, según Forbes, concentran tanto capital como la mitad de los más pobres del mundo (unos 3.500 millones de personas) y, además, no ha dejado de aumentar. Específicamente 668 millones de dólares al día, lo que suma en un solo año (marzo 2013-marzo 2014) un total de 244.000 millones de dólares. Para hacernos una idea más clara de las cifras que estamos manejando y ponerles cara, Carlos Slim, el hombre más rico de mundo, dispone de un total de 63,4 miles de millones de euros, le reportaría unas ganancias diarias a un interés del 2% de 3,5 millones de euros, lo que le exigiría gastar 1 millón de euros al día a lo largo de 174 años. En el caso del español Amancio Ortega, el tercero en la lista Forbes, tras Bill Gates, su fortuna asciende a 49,9 mil millones de euros, sus ganancias diarias también al 2% supondrían para su cuenta corriente 2,7 millones de euros, de forma que necesitaría para darle fin desembolsarse a diario 1 millón de euros en 137 años.

En España la desigualdad se ha disparado en los últimos años, prueba de ello es que, según Oxfam Intermon, las 20 personas más ricas poseen tanto como el 30% más pobre (14 millones de ciudadanos), el 1% de los más ricos ostentan como el 70% de los españoles (menos de medio millón frente a 32,5 millones), tres españoles acopian una riqueza que es más del doble que la del 20% más pobre (más de 9 millones de ciudadanos), en el último año los 20 más ricos vieron aumentar su fortuna en 15.450 millones de dólares (más de 1,7 millones por hora), lo que supone 115.400 millones de dólares.

Debo confesar que semejantes realidades me aturden y no alcanzo a entender cómo individuos particulares disponen de tanta riqueza y poder, al tiempo que existen 805 millones de hambrientos, según datos publicados el pasado octubre por el International Food Policy Research Institute en su Indice global del hambre 2014,en donde se sostiene que en la última década, más de 100 millones de mujeres, hombres y niños han dejado de padecer hambre, a pesar de que en este informe también se alerte del hambre oculta, que según informan afecta a 2.000 millones de seres humanos.

Tampoco me es posible concebir que qué en nuestro país 13 millones de ciudadanos vivan bajo el umbral de la pobreza, de los cuáles el 23% tienen un trabajo y el 12% son jóvenes con formación, según una investigación realizada por la Fundación Tomillo a partir de las informaciones aportadas por la Encuesta de Condiciones de Vida 2013 del INE. Finalmente, tampoco lo es que 1,58 millones (el 4% de la población), se encuentren en situación de pobreza extrema, materializándose en unos ingresos por debajo de los 199 euros al mes.

Detrás de este diagnóstico sobre el alarmante aumento de las desigualdades, la pobreza y la miseria en ésta nuestra aldea global, comparto con Oxfam que las principales causas subyacentes son fundamentalmente dos: “el fundamentalismo de mercado y el secuestro democrático por parte de las élites”, puesto que “… el dinero compra el poder político, que los más ricos y poderosos utilizan para afianzar aún más sus injustos privilegios”.

Si desde instancias gubernamentales, de alcance nacional e internacional, no se adoptan medidas redistributivas, y les recomiendo para documentarse ampliamente sobre este tema el libro de Thomas Piketty El capital en el siglo XXI, que verá la luz la próxima semana, la senda por la que transcurrirá el mundo en las próximas décadas previsiblemente se presentará plagada de incertidumbres y de un profundo dolor para buena parte de la humanidad.