Sólo hay dos verdades del mensaje de Rajoy: uno, que en España hace falta un plan energético, al igual que en el conjunto de Europa; dos, que el PP no tiene ni idea de cómo hacerlo.

Hay una realidad evidente: desde hace años se viene alertando de que el consumo ilimitado de los recursos del planeta era inviable, imposible y suicida. Pero no resulta fácil buscar nuevas fuentes de energía, sobre todo, porque hoy por hoy aún son caras, y porque el tablero internacional ha estado subyugado, entre otras cuestiones, por la energía, véase el caso de Argelia o Libia.

Pero lo primero que necesitaría España para conseguir un plan energético es quitarse la careta de la demagogia política, algo muy difícil de obtener en nuestro país y menos de cara a unas elecciones, donde los ojos están puestos en las encuestas y en las apariencias, y si no, que se lo digan a la máscara de Camps paseando entre vergüenzas propias y ajenas.

Hay que hablar de las nucleares y definir con claridad hacia dónde se quiere ir. Los riesgos evidentes están en el almacén de residuos que dejamos a generaciones futuras; una realidad hoy por hoy sin solución. Es una posición difícil, aunque el PP lo tiene claro: ¡Nucleares sí!, pero no en nuestras comunidades, como han hecho en la valenciana. El Psoe da pasos adelante y atrás.

Hay que hablar de energías alternativas. Zapatero tuvo unos compromisos muy serios e importantes en la energía eólica. Es un éxito sin precedentes que seamos el segundo país productor de esta energía.

El gobierno Zapatero se plantea realizar prospecciones petrolíferas. Igual que hizo Aznar. Pero el PP juega a votar sí en el parlamento español, pero alarmar y crear demagogia en la Comunidad Valenciana.

Hay que limitar el consumo, empezando por las administraciones y los espacios públicos. El dinero que ahora se invierta en ello aportará ahorros considerables a medio plazo. Pero salen de inmediato voces críticas y furibundas como la alcaldesa de Valencia, Rita Barberá, promulgando de tonterías todas las medidas. Lo dice quien ha convertido Valencia en la ciudad mundial de mayor contaminación lumínica.

El Psoe se ha movido entre bombillas, corbatas y límites de velocidad. Quizás le ha faltado mucha pedagogía, pero sí ha marcado un camino que muestra preocupación y medidas (aunque sea a corto plazo), tomando decisiones “terrenales” mientras que el PP espera el programa “de Dios”. De hecho, la fundación Ideas sí ha trabajado muy seriamente, bajo la dirección de Jesús Caldera, en investigar y planificar medidas de futuro para una sociedad progresista.

No es un debate fácil, pero es imprescindible. Cuanto más tardemos en abordarlo, más difícil le resultará a Europa equilibrar su consumo y bienestar con las fuentes energéticas para ello.

Hemos de cambiar hábitos de consumo; concienciarnos de la importancia del ahorro energético en todos los hogares, pues el ahorro global es cosa de todos (como lo hemos ido aprendiendo con el reciclaje); apostar por vías alternativas a las fuentes fósiles que se agotan; ser conscientes de la contaminación de nuestras ciudades; y, sobre todo, iniciar un debate basado en la complicidad y la solidaridad. Lo que no es moderno, ni vanguardista, ni progresista, ni solidario es querer seguir el mismo camino de derroche energético de las actuales sociedades desarrolladas sin buscar alternativa. Y lo más grave, es que tampoco será viable en un futuro a medio plazo.

Pero, lamentablemente, hoy por hoy, no es posible hacer un debate riguroso en España. El PP no necesita pactos, ni debates, ni consensos, ni “paparruchas” de cambios climáticos en los que ciertos expertos como Ana Botella no creen. Para abordar problemas de futuro, habría que esconder las encuestas, porque condicionan a los que dan como vencedores o como vencidos. Y eso no es posible hasta que no pasen las elecciones.

Esperemos que, después de las elecciones autonómicas y municipales, cuyos resultados aún están por ver (aunque algún gallo canta demasiado desde el corral), los ánimos se rebajen y se pueda hablar con seriedad de la Energía.