Sin embargo, a veces nos encontramos ante acontecimientos que parecen caracterizar a nuestra época más bien como una “era de alucinados y truhanes”, que como un ciclo de expansión de múltiples potencialidades positivas. Por ejemplo, cuesta bastante entender que un personaje torvo y alucinado, que pretende quemar públicamente algunos ejemplares del Corán, ayudado por una escuálida turba formada solamente por cincuenta compinches, se haya convertido de pronto, por arte de birlibirloque, en un personaje mediático mundial que aparece en todos los medios de comunicación importantes del mundo y cuyas condiciones para quemar o no quemar una pila de libros religiosos son escuchadas y esperadas por doquier ¿Es que nos hemos convertido todos en locos o estúpidos? ¿Se trata de una dinámica de emulación para ver quién está más alucinado? ¿Qué decir de las manifestaciones de otros fanáticos en diferentes lugares del mundo que, para protestar contra el proyecto sacrílego de quemar unos libros sagrados, empiezan ellos mismos por quemar otros libros se supone que no menos sagrados, amén de unas cuantas banderas de países a los que hacen responsables a priori –¿a todos ellos?– de tamaños actos de denigración identitaria?

Vamos, que ni los Monty Python de la mejor época habrían sido capaces de imaginar tales enredos y despropósitos.

Pero el problema no estriba en que haya locos y truhanes. Siempre los ha habido. El problema es la proyección que se hace de ellos en unos medios de comunicación cada vez mas sensacionalistas y oportunistas, en los que brilla por su ausencia el más mínimo sentido de la responsabilidad y de la proporcionalidad, y desde los que no se duda en “crear realidades” capaces de “vender”, al margen de las consecuencias que se puedan producir a partir de algunos procederes y al margen de las distorsiones que se puedan generar con la “fabricación” de imágenes tan extravagantes de la realidad humana y social.

Por lo demás, harían bien las autoridades pertinentes –ente ellas los bomberos– en poner límites al proceder de personajes tan disparatados y tan poco civilizados como para querer reducir a cenizas unos determinados libros, sean sagrados o seculares. ¿Podemos poner en el frontispicio de nuestras sociedades a unos tipos que sacan pecho y enarbolan grandes pistolones para presumir de actos tan “valientes” como mandar a la pira los libros inspirados en ideas que a ellos no les gustan?

Los griegos, tan sabios, llegaron a establecer disposiciones que cortaban de raíz cualquier posibilidad de que se hablara –o que ni siquiera se mencionara el nombre– de algunos personajes pintorescos que intentaron pasar a la historia por quemar algún edificio singular. Pero ellos eran sabios, y miraban por el bien de la comunidad y por los efectos de impregnación e imitación. Algo que no puede decirse de quienes controlan hoy en día las grandes redes de comunicación mundial. Y así nos va.