INFORMACION Y VALORES

Durante horas, la Casa Blanca ha estado considerando hacer públicas las fotos del supuesto cadáver del líder de Al Qaeda. Finalmente, para sorpresa de muchos, no lo hará. Esta decisión ha motivado una fuerte polémica, política y mediática. Aparte del morbo, que opera en cantidades nada despreciables, los observadores señalan los dos polos opuestos del debate. Por un lado, mostrar el resultado tangible de la operación permitiría despejar los rumores o leyendas sobre la identidad de los muertos en Abbottabad y privaría a los jihadistas de propalar la tesis de que su emir sigue vivo y que todo habría sido un montaje, por extravagante que resulte. Desde una visión contraria, la difusión de las fotos podría suponer un abono del martirologio islamista, debido al terrible estado de los restos de Bin Laden.

Pero, más allá de estas consideraciones, el otro gran asunto de política interna en Estados Unidos gira en torno a la legalidad e ilegalidad de la acción, la moralidad, los principios, los famosos values, que tanto gusta evocar en aquellos pagos, como elemento activo de identidad política, pero también de propaganda.

Resulta incómodo para la administración Obama admitir ahora que Bin Laden no iba armado, contrariamente a lo proclamado en un principio. O que tampoco sea cierto que intentara emplear a una mujer -al parecer, una de sus esposas- para protegerse. Distintos portavoces han señalado en segunda instancia que los asaltantes abrieron fuego legítimamente, porque no podían saber si el ‘objetivo’ tenía dispuesto un cinturón de explosivos y podía inmolarse en cualquier momento, provocando una masacre.

El episodio altera el discurso humanitario de la administración en materia antiterrorista, ya de por si cuestionado por el incumplimiento de promesas relacionadas con la gestión del dossier Guantánamo. En cambio, a los norteamericanos, a los ciudadanos de a pie, que se respetaran escrupulosamente las normas o no parece bastante secundario, a juzgar por las celebraciones callejeras, las emotivas ceremonias públicas o las encuestas de urgencia.

La popularidad de Obama ha subido como la espuma, entre otras cosas, porque sus seguidores no se atreven a ir contra-corriente y los adversarios le reconocen con los dientes apretados el valor demostrado. Naturalmente, haría muy bien el presidente en no fiarse de estos apoyos envenenados. De hecho, destacados dirigentes republicanos, vinculados directamente o no a la administración Bush, ya andan aireando que la información más relevante en la localización del correo que sirvió de cebo para llegar hasta el líder de Al Qaeda fue obtenida a través de los métodos que Obama y muchos demócratas criticaron cuando estaban en la oposición. Uno de los más denostados, el waterboarding (una especie de simulación de ahogamiento) le fue aplicado al arquitecto del 11-S, como a muchos de sus secuaces, y de una de esas eficaces sesiones brotó la identidad de eslabón mágico. Tampoco nada nuevo en el guión de esta secuencia.

LA BRUMOSA CUESTIÓN PAKISTANÍ

Pero lo que probablemente tenga más alcance de este episodio sea el impacto en las relaciones entre Estados Unidos y Pakistán. El gobierno pakistaní se ha referido a la operación como una «acción unilateral no autorizada», y no como una «violación de la soberanía territorial». Esta distinción es capital.

Resulta un poco extraño que, en una zona de alta concentración militar como ésa, la irrupción de los helicópteros pakistaníes pasara inadvertida durante tanto tiempo. Resulta también extraño que, tras la operación, las autoridades militares pakistaníes hayan asumido la custodia de algunos detenidos ilustres (el hijo y algunas esposas de Bin Laden, entre otras personas cuya identidad de momento desconocemos).

La versión oficial norteamericana es que «no se compartió información con ningún otro país, incluido Pakistán». Esta afirmación puede ser verdadera, falsa, parcialmente verdadera o parcialmente falsa. Nos explicamos.

Puede ser verdadera, según la tesis de que los servicios de seguridad estadounidenses se fían poco o nada de sus homólogos pakistaníes y, por tanto, cualquier información previa sólo podría perjudicar, si no arruinar la operación.

Puede ser falsa, y que determinados sectores de la inteligencia, de las fuerzas armadas o del gobierno, pudieran estar al corriente (a última hora y sin capacidad de maniobra, eso sí), pero que se negara en público para no exponer aún más a las iras integristas la colaboración con Washington.

Puede ser parcialmente verdadera, en el sentido de que se hubiera mantenido un silencio férreo acerca de los detalles operativos, pero no tanto sobre los aspectos generales, sobre todo aquellos que se derivaran del intenso intercambio de información producido en la última década entre ambos países.

O puede ser parcialmente falsa, si consideramos que pudo haber algún tipo de alerta, aviso o señal en círculos o ámbitos que no pusieran en peligro en modo alguno la ejecución de la operación.

La prensa pakistaní, portavoz de distintos intereses y sensibilidades en el país, se rasga las vestiduras estos días. Se mueve entre el lamento por «la violación de la soberanía de Pakistán, mucho más grave que en el caso de los ataques aéreos sin piloto» (THE NEWS); la incómoda sensación de incompetencia por no haber detectado «cómo un terrorista de primer orden como Osama ha podido esconderse en Abbottabad»; o, peor aún, la «vergüenza» por haber negado durante tanto tiempo que Bin Laden estuviera en Pakistán (THE TRIBUNE); y la humillación por haber expuesto a las fuerzas de elite pakistaníes al ridículo de no haberse enterado de una incursión militar extranjera, lo que abre interrogantes serios sobre la solidez de la seguridad en el país (DAWN).

Existen motivos para suponer que hay mucho de impostura en las supuestas fricciones entre Pakistán y Estados Unidos. Por muchas diferencias, insatisfacciones, cortocircuitos y deslealtades que puedan destacarse, existe un interés estratégico compartido que data de los años ochenta. No hace falta acudir a las tesis conspirativas para recordar que una dosis bien administrada de ‘amenaza islámica’ puede resultar enormemente conveniente para justificar ciertas políticas.

Si bien parece cierta la duplicidad pakistaní con respecto a la amenaza islamista, no es menos evidente el doble lenguaje en Washington y ciertas «lágrimas de cocodrilo». Destacados parlamentarios, republicanos y demócratas, reclaman reducir o incluso suprimir los 3 mil millones de dólares de ayuda anual a Pakistán. Sin embargo, al término de una reciente gira por el país, una delegación del Congreso encabezada por el flamante presidente de la Cámara, se ha deshecho en elogios sobre la actitud de Islamabad en la lucha antiterrorista y ha advertido contra la tentación de interrumpir o cuestionar la cooperación bilateral.

POCOS CAMBIOS A LA VISTA

Esta situación, que algún incauto podría reputar de ‘esquizofrénica’ tiene la ventaja de proporcionar un manto de ambigüedad, que resulta muy beneficiosa cuando se trata de un asunto tan resbaladizo como la lucha contra el terror islamista. No cabe esperar grandes cambios después de la desaparición de Bin Laden. Hace mucho tiempo ya que la guerra en Afganistán no está motivada por el peligro operativo de Al Qaeda, que resulta mucho más amenazante en otros lugares. Lo que se pretendería evitar es el retorno al poder de los talibanes. Pero esta eventualidad puede neutralizarse mejor con un acuerdo pactado que mediante una prolongada, desgastante y carísima intervención militar. Lo que probablemente actúa de fondo es el seguimiento y control de la tensión indo-pakistaní, el mayor foco de riesgo de una conflagración nuclear, el punto más crítico del planeta para la paz mundial.

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(1) Muy recomendable el artículo de JEREMY SCAHILL en THE NATION sobre la operación y la unidad de élite que la realizó: http://www.thenation.com/blog/160332/jsoc-black-ops-force-took-down-bin-laden