Las portadas las dejamos para otros temas: mejor contar que la economía se recupera (la de las grandes cifras construida a golpe de ingeniería financiera), y evitar que nos pregunten hasta qué punto esa “recuperación” va a ser compatible con los salarios bajos que ha dejado la reforma laboral. Unos salarios propios de los trabajos precarios, a tiempo parcial, temporales e inestables, que maquillan a ratos las cifras de desempleo que, perdonen que lo recuerde, ya están en un 26%. A largo plazo son muchos –y no solo de izquierdas— los economistas que advierten que España va a ser más pobre, que los españoles instaurados en el umbral de la pobreza van a mantenerse ahí toda su vida, que el consumo se va a ver mermado porque la gente no gana lo suficiente como para consumir más allá de lo necesario. La brecha salarial, que también es evidente, está incrementando las tensiones sociales… y lo peor es que la gente va a seguir aceptando congelaciones salariales, reducciones de sueldo y empleos precarios porque necesita dar de comer a sus hijos.

La indignación ha de estar presente porque, además, la “recuperación” de la que tanto habla la macroeconomía se hace notar en las cifras de beneficios de las grandes compañías y también en los grandes Bancos, los que hemos rescatado entre todos y con el esfuerzo de todos, y que ahora han cerrado el grifo del crédito para el común de los mortales, pero que han ganado la friolera de 7.274 millones durante el año 2013.

En estos tiempos en los que hasta Cáritas resulta incómodo al gobierno porque pone voz al sufrimiento que desde el ejecutivo quieren hacer invisible, el peligro pasa por contribuir a este silencio. Si no quieren campaña, habrá que hacerla sin ellos, porque ha de quedar claro en la mente de los ciudadanos que la derecha no es lo mismo que la izquierda. En una época de crispación y escepticismo y desconfianza hacia los políticos, es fácil hacer populismo a golpe de chascarrillo, y gritar a los cuatro vientos que la derecha y la izquierda son lo mismo, que el PP y el PSOE no son distintos. Es fácil porque no requiere mayor esfuerzo que el del uso de la demagogia, pero no se puede confundir al votante diciéndole que la ideología se ha muerto por el camino y los ideales que acompañan a las fuerzas políticas de mayor peso en un país, han olvidado quiénes son y de dónde vienen. En el ejercicio de la democracia ser de derechas o izquierdas es algo más que una etiqueta. Los tiempos han sido difíciles, pero aunque desde el propio PSOE se hace un mea culpa y se reconoce el desacierto a la hora de detectar la crisis y enfrentarse a ella, ha sido el PP quien, con la excusa de una herencia ya agotada, ha acampado a su antojo en la economía de los hogares incrementando el paro, subiendo los impuestos y recortando los derechos básicos conseguidos por todos los españoles durante estos años de democracia. Cuando José Luis Rodríguez Zapatero adoptó unas medidas de austeridad que obedecían a los dictados de Bruselas, su cara y la de sus diputados mostraban consternación. Nada que ver con las risas y carcajadas que se escuchaban en el Congreso en la bancada popular cuando Rajoy, recién nombrado presidente, iba olvidando cada una de sus promesas electorales a golpe de tijeretazo. El PSOE es consciente del daño del austericidio suicida en el que estamos y la socialdemocracia tiene mucho que decir en Europa y en nuestro país. Confiemos en que la memoria de los españoles aguante la ausencia pública de los responsables de la situación actual sin olvidar sus caras.