Será a este país, principal anfitrión de las instituciones europeas, al que España cederá dentro de un par de semanas el testigo de la presidencia semestral, figura cada vez más desvaída y privada de significación relevante. Y, sin embargo, no habrá gobierno pleno para asumir el encargo. Tan sólo un ejecutivo saliente, provisional, moribundo y de exigua gestión. Las elecciones del domingo, 13 de junio, han incrementado esa sensación de incertidumbre e inestabilidad en la que vive el país desde hace años, debido, entre otros factores, a las fricciones entre sus dos comunidades constitutivas: la flamenca (neerlandófona) y la valona (francófona).

Las elecciones han tenido dos triunfadores, uno en cada comunidad, y de distinto signo político: los independentistas en Flandes y los socialistas en Valonia. Ninguno de los dos formaba parte de la coalición gobernante saliente. Así que, primera lección evidente, que transita Europa como un mantra: la crisis devora a los gobiernos, sean del signo que sean. Pero la especificidad belga tiene tal potencia política que la capacidad causal continental o global empalidece.

Desde hace al menos un lustro, Bélgica parece abocado a una crisis existencial. No es que hierva el debate sobre la forma de Estado, el equilibrio de poderes territoriales o la arquitectura constitucional. Es más que eso lo que está en juego en un horizonte cada vez más cerca. Es la propia pervivencia del Estado belga lo que está en peligro. Un síndrome balcánico.

Bélgica es la unión interesada de dos comunidades con raíces culturales y vehículos lingüísticos diferentes. Nace formalmente en 1830, como estado tampón entre las dos grandes potencias continentales, Francia y Alemania, que entonces parecían condenadas a una guerra permanente. Durante casi dos siglos han conseguido vivir en cierta armonía, no sin contradicciones y tensiones. Hasta que la evolución socio-económica de ambas comunidades devinieron en un cambio de equilibrio: la inicialmente más rica, menos poblada y francófona Valonia ha ido resistiendo y adoptando una posición defensiva ante la pujanza emergente de la otrora menos desarrollada, más poblada y flamenca (con raíces germánicas) Flandes.

Después de la segunda guerra mundial, en la que se agudizaron las contradicciones históricas del experimento político belga, la prosperidad de Bélgica se asentó en el desarrollo industrial valón, con sus yacimientos carboníferos, sus plantas siderúrgicas y su industria pesada. Cuando ese paisaje económico se derrumbó definitivamente a finales de siglo, tras tres décadas de prolongada decadencia, el testigo económico no se generó en las accidentadas mesetas valonas, sino en las llanuras flamencas. La nueva economía flamenca, basada en la atracción de capital multinacional para una industria renovada y en un pujante sector servicios, enterró la vieja economía extractiva y fabril valona. La ecuación demográfica se modificó muy lentamente, pero el poderío económico se invirtió con mucha más rapidez. Y el equilibrio socio-político se resquebrajó.

A este cambio de hegemonía socio-económica se unieron tres factores que explicarían el actual malestar belga: la eclosión de las reivindicaciones nacionalistas en Europa, alentadas por el colapso de los regímenes comunistas; la desnaturalización de los Estados-nación, derivada del proceso de integración europea; y la dislocación producida por el fenómeno migratorio. Este malestar encontró su expresión política en la cristalización de una alternativa política de inspiración y discurso cada vez más diferencial, primero, luego autonomista, y, finalmente, clara y abiertamente independentista. Y, como sustrato permanente, con más o menos virulencia, un sentimiento xenófobo reconocible en otros países europeos.

El creciente peso del factor migratorio favoreció que la extrema derecha xenófoba enarbolara la bandera de la liberación flamenca. Pero a medida que la transformación de la economía belga sustentaba las nuevas realidades políticas, la tentación independentista flamenca fue impregnando a todas las familias políticas de la mitad norte del país, en mayor o menos medida, con más o menos dosis de intransigencia. La extrema derecha quedó privada del discurso nacional exclusivo y surgió una formación nacionalista -y republicana- con vocación de poder y respetabilidad. Éste es el origen de los grandes vencedores de las elecciones del pasado domingo en Flandes, la Nueva Alianza Flamenca, que, con el 28% largo de los votos y 27 diputados en la Asamblea Federal, se ha convertido en la principal fuerza política de Flandes y de Bruselas-Hal-Vilvorde, un enclave mixto en Valonia. Pero si se suman otras formaciones afines, el voto independentista supera el 40%.

La Nueva Alianza Flamenca reúne sectores nacionalistas de inequívoca inspiración independentista. Su objetivo declarado no es la quiebra inmediata y traumática de Bélgica, sino su «evaporación». Lo cual se conseguirá mediante la aceleración del traspaso de competencias del Estado unitario a los entes, hasta ahora simplemente autonómicos, flamenco y valón. En pocas palabras, y para entendernos, una suerte de Confederación.

Probablemente como contrapeso a este «demarraje» flamenco, los valones han optado por confiar en los socialistas, fuerza unitaria, pero más dialogante, menos propensa al discurso victimista o alarmista que ha ido creciendo entre algunos sectores francófonos. Como si el cuerpo electoral se resistiera a desenlaces irreversibles, las elecciones obligan a un entendimiento no sólo entre los vencedores del norte y del sur, sino a la incorporación de los principales partidos «castigados» (democristianos y liberales, fundamentalmente). Una curiosa paradoja emerge de estos comicios. Al haber minimizado los nacionalistas a los partidos flamencos tradicionales, todo parece indicar que, por primera vez en treinta y siete años, la jefatura del gobierno federal estará a cargo de un valón, el socialista Elio Di Rupo.

Ambos triunfadores han expresado su voluntad negociadora. De los socialistas no se esperaba otra cosa. Di Rupo ya ha tendido la mano al líder nacionalista flamenco y ha apelado a su sentido de la responsabilidad y a su «realismo» (léase pragmatismo). La fórmula más barajada es un ejecutivo con socialistas, democristianos y ecologista, con el apoyo externo de los nacionalistas flamencos. Pero la prensa belga valona pone en duda que el mercurial líder independentista Bart De Wever pueda apaciguar a sus huestes liquidacionistas y aceptar un programa de gobierno que aplace las cuestiones más conflictivas como la revisión del estatus de la región de Bruselas y su entorno, la ruptura de la caja unitaria de la Seguridad Social o la laminación de ciertos derechos de los francófonos residentes en Flandes.

En cuanto al compromiso de los partidos derrotados, se puede dudar a granel. Los democristianos gobiernan en coalición con los socialistas en Valonia, pero sus correligionarios flamencos ya han advertido que el resultado de las elecciones federales no cuestiona su actual gobierno autonómico en Flandes. Este complicado panorama hace que los analistas prevean que las negociaciones para formar el nuevo gobierno federal se demore «meses».

Hasta hace poco, el programa nacionalista se contemplaba como una preocupación indefinida, sin plazos apremiantes. Pero bajo el peso de las contradicciones económicas y sociales, el envejecido sistema político belga fue dando cada vez más muestras de rigidez e inoperancia. El país se ha acostumbrado a vivir meses y meses sin gobierno, bajo fórmulas provisionales de gestión y administración, mientras los líderes políticos se entregaban a una pelea que terminó aburriendo, irritando y enajenando a la ciudadanía. Las diferencias ideológicas se vieron desplazadas o solapadas por las fricciones nacionales.

Bélgica soportó con cierta solidez la italianización de su sistema político. Veremos si conseguirá neutralizar una sedicente balcanización.