En cualquier momento pueden sacar a colación los demonios familiares de los que también hablaba el Caudillo. En esas arenas movedizas estamos y continuaremos en ellas mientras quede un poco de aceite financiero para engrasar la máquina del Poder y de la propaganda. Cuando falte la grasa, serán otros los que tendrán que lidiar el toro. Ahora, la consigna oficial es ganar tiempo.

Con motivo de la cuestión catalana, muy agitada los últimos años, y que ya comenté días atrás, se puede constatar que el presidente del Consejo de Ministros mantiene la templanza, lo que es muy de agradecer, actitud que debería complementarse con planes serios y consistentes, para no dar la impresión de que todo, la crisis económica y la presunta quiebra constitucional, queda al albur de la mejora de la situación en las economías centrales de la UE y de su posible repercusión positiva en nuestras maltrechas cuentas. Es el señuelo de moda, cuya expectativa se fecha en el próximo año y medio. Esa parece la apuesta arriesgada del Gobierno, que desconozco si será compartida por los restantes agentes y protagonistas del circo de varias pistas en que se han convertido la política y las finanzas españolas. En mi opinión, es funambulismo puro.

En la historia política las llamadas mayorías silenciosas nunca han promovido cambios ni han sido valladar ante ellos; ese papel le ha correspondido a las minorías activas o a las organizaciones políticas, según los casos. Los silenciosos, por su parte, se han sumado normalmente al río más caudaloso o se han lamentado por su silencio. En cualquier caso, parece claro que utilizarlos como excusa para no debatir los problemas o, lo que es peor, para ignorarlos, es una muestra de indolencia política que no se corresponde con la situación de la realidad española en la que brilla con luz propia un sentimiento de abandono y de falta de previsión sobre el futuro. Salvo las decisiones fiscales, también poco imaginativas y agresivas con las clases medias, los que mandan y los que obedecen van siendo tragados por la ola de la supervivencia que se resume en la vieja expresión de “ir al tran tran”. Es comprensible en los que obedecen, hartos de camelos y de podredumbre, pero rechazable en las elites, y eso es uno de los ingredientes principales de nuestro drama. Sabemos dónde estamos, pero lo que no sabemos es adónde vamos. Esa es la gran incertidumbre sobre el desenlace de la crisis española.

También la historia política nos enseña que la persistencia de las situaciones de dificultad o de injusticia terminan por producir efectos, no siempre justos ni agradables y demasiadas veces antidemocráticos. De ahí, la insistencia en reclamar iniciativas para evitarlos, porque los agujeros del abandono que se van abriendo en el solar patrio, algunos los rellenarán y ojalá no haya que lamentarse de esos rellenos. La política del eterno presente a la que se refería el profesor López Aranguren durante el franquismo parece conservar raíces hondas que han reverdecido cuando aparecen las grietas en el escenario de cartón piedra del régimen constitucional. Esperamos propuestas y los primeros obligados a darlas son aquellos que han pedido la confianza de los ciudadanos para ejercer el Poder Público.

La democracia no es ningún taumaturgo, pero, recordando a Azaña, es el campo abierto donde los hombres libres discuten y deciden sobre las propuestas de sus dirigentes. Las esperamos con interés, porque la mayoría somos conscientes de lo que se juega la abandonada colmena española, a causa de tantos años de incuria. No pedimos improvisaciones, pedimos información clara sobre los problemas y que se nos convoque a todos para decidir en libertad acerca de la España que queremos para las próximas décadas, confiando en que el acierto en las soluciones convenza a aquellos compatriotas que piden cambios y a aquellos otros que, sin esperarlos, se quieren marchar.