La fiesta no es precisamente gratis para los asistentes a esta pasarela del capitalismo de casino. Según diversas publicaciones, para poder asistir hay que ser socio del Foro, cuya cuota mínima es de 50 mil francos anuales, es decir, unos 52 mil dólares. A esta cantidad, hay que sumar los 19 mil dólares más impuestos que cuesta la acreditación.

Pero como estamos en el hábitat del hombre de Davos, esa clase empresarial globalizada y sin fronteras, que Huntington definió como un hombre sin alma, tecnocrático, apátrida, sin cultura y apartado de la realidad, una vez dentro si pretendes ser “invitado” a los eventos privados, deberás además ser miembro «Asociado de la Industria», algo que cuesta unos 137 mil dólares. No hablamos del coste de ir con otras personas o de los 140.000 dólares que cuesta alquilar un chalet de cinco habitaciones o de los 10.000 dólares de un mercedes con chofer para toda la semana.

De este derroche de dinero solo se salvan los Presidentes, Jefes de Gobierno y ministros de distintos países que no pagan. Este gesto de generosidad no está claro si es por altruismo para que puedan conocer las formulas para mejorar la vida de los ciudadanos que los eligieron, si es para que las elites políticas expliquen las políticas que realizan en sus países o simplemente para que sean conscientes estos gobernantes de quienes mandan de verdad, sin urnas ni gaitas, y de lo que tienen que hacer por encima de infantiles sueños electorales.

No pretendo ser muy desconfiado, pero puede afirmarse que entre tanto lujo, lo que se está dilucidando es quien manda y sobre que principios. Estamos ante el duelo entre el capitalismo salvaje y la democracia. Sí, un capitalismo sin reglas que no tiene nada que ver con ese capitalismo teórico basado en la asunción de riesgos, de ahorrar e invertir para favorecer la formación de capital y mejorar el producto.

Hablamos de las grandes corporaciones internacionales, los bancos globales y las organizaciones que deciden cuando y cuanto suben las materias primas más básicas, como se deslocalizan empresas, donde hay derechos laborales o no, con el único objetivo de obtener el mayor beneficio en el menor tiempo y a costa de lo que sea. Hablamos, hoy más que nunca, de privatizar las ganancias y socializar las pérdidas y los riesgos en las espaldas de los contribuyentes. Hablamos de los responsables de la crisis por su codicia sin fin, pero de no asumir las responsabilidades porque esas son de los gobiernos y los ciudadanos que no tienen ninguna responsabilidad y son los afectados.

Ante semejante panorama, si queremos más y mejor democracia en el presente y en el futuro hay que plantar cara a este capitalismo que lleva a la desigualdad extrema y a la inestabilidad e inseguridad mundial para la mayoría de los habitantes del planeta. Y hay que hacerlo, porque estas empresas globales son incompatibles con la libertad, la igualdad y hasta el libre mercado. Su voracidad y crecimiento sin reglas las convierte en enemigo de un ideal democrático donde todas las personas tienen derecho a vivir en libertad y con calidad de vida. La batalla es entre la primacía del economicismo y los privilegios de unos pocos o de la política con unos ciudadanos activos con derechos y bienestar.