En realidad, la proposición de Obama no es tan novedosa como la opinión pública en general ha podido percibir. Las fronteras de 1967 están implícitamente reconocidas por la comunidad internacional en sucesivas resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU (singularmente, la 242 y la 338). Otra cosa es que Israel nunca las haya admitido y que Estados Unidos las haya obviado, con el mismo vigor con el que ha defendido otras más acordes con sus intereses estratégicos o políticos.

En la valoración de la oportunidad operan varios factores, que, a la postre, resultarán tan importantes como la sustancia de la propuesta, si no más.

En primer lugar, la supuesta falta de empatía entre Obama y el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu. Ambos dirigentes no sólo han tenido discrepancias muy serias, sino que las han evidenciado hasta límites que exceden la habitual discreción diplomática, hasta llegar al desplante, el gesto agrio y la polémica entre sus asesores más directos. En esta ocasión, Netanyahu no tuvo el mínimo reparo en rechazar de plano la propuesta de las fronteras de 1967 y reprochar al Presidente norteamericano falta de sensibilidad hacia «las garantías que precisa Israel».

LA “CONSPIRACIÓN INTERIOR”

Hay parte de realidad y parte del teatro en este aparente alejamiento entre la Casa Blanca y los conservadores israelíes. Lo que menos cuenta son las razones ideológicas, que en política exterior suelen desvanecerse rápidamente, cuando raramente se presentan. En el caso concreto de las relaciones entre Obama y Netanyahu, la comunicación personal no parece haber sido óptima. Demasiadas diferencias de estilo, de sensibilidad. Aunque ambos comparten una notable habilidad como comunicadores. Tampoco conviene exagerar la proclamada pretensión de Obama de restaurar y reconstruir las deterioradas relaciones de Estados Unidos con el mundo árabe. Aunque los procesos de cambio hayan favorecido inicialmente esta oportunidad, el comportamiento de la Casa Blanca ha dejado tantas dudas como esperanzas. Las demoras, dudas, contradicciones y errores se han dejado notar tanto o más que el compromiso de últimas en favor de las aspiraciones populares.

Probablemente, un factor que ha resultado perturbador en la comunicación personal y políticas entre los líderes norteamericano e israelí ha sido las interferencias, en particular las protagonizadas por la derecha norteamericana. Los republicanos, ya cuando aparecieron los primeros síntomas de desavenencia, al comienzo del mandato presidencial, vieron la ocasión de echar leña al fuego y crear mal ambiente contra la Casa Blanca en el entorno judío norteamericano. Ahora se ha vuelto a repetir la historia. El presidente del Congreso, el republicano, John Boehner, invitó a Netanyahu a dirigirse ante las dos Cámaras del legislativo estadounidense, para escenificar el compromiso de los ‘representantes del pueblo’ con la causa de Israel. Obama se encontró con una visita no preparada desde su staff. Incómodo.

Los republicanos no sólo pretenden satisfacer a los israelíes. Pretenden seguir arrebatando base electoral a los demócratas. No lo tienen fácil. Si bien los dirigentes del denominado lobby judío se encuentran más cómodos con la derecha norteamericana, los votantes siempre han sido mayoritariamente demócratas. Con Obama, especialmente: lo votaron ocho de cada diez judíos. Recientemente, frente al tradicional Comité de Asuntos públicos judío-americano, crece el activismo de otra organización denominada J-Street ( o calle de los judíos), de orientación claramente progresista y declaradamente demócrata en su expresión partidista. Naturalmente, los integrantes de J-Street han defendido sonoramente la propuesta de Obama. A los republicanos les gustaría que en 2012, muchos judíos le negaran la reelección al Presidente, pero sobre todo, ambicionan su dinero, sus fondos, su apoyo económico, su discurso conservador, en el caso de los sectores más religiosos, en buenas migas con los evangelistas y otros sectores retrógrados del partido republicano.

Frente a esta ‘conspiración interior’, y quizás para demostrar que no se iba a dejar comer el terreno o arrebatar la iniciativa, Obama hizo la propuesta de las fronteras de 1967. Aunque añadió que le parecían esenciales los acuerdos complementarios sobre intercambio de territorios, la garantía de la seguridad de Israel, e incluso la desmilitarización del futuro Estado palestino, amén de las garantías de protección de Estados Unidos, la espinita estaba clavada. No importa que otros presidentes anteriores evocaran la cuestión de las fronteras de forma análoga. Lo diferente, en el caso de Obama, es que, llegado el momento de las negociaciones, la derecha israelí teme que los negociadores -o muñidores- norteamericanos se lo tomen realmente en serio. Es decir, que se empeñen en ser coherentes con su propia propuesta.

LA DESCONFIANZA PALESTINA

Por el lado contrario, los palestinos demostraron escaso entusiasmo por la propuesta de Obama, sabedores de que el estrambote añadido a la cuestión de las fronteras, es decir, los intercambios de territorio (swaps) pueden constituir una trampa de dolorosas consecuencias. En corto, la legitimación de las colonizaciones. Por no hablar de la referencia de Obama al necesario reconocimiento de Israel como ‘estado judío’, puesto que tal concesión aleja todavía más la aspiración de regreso de decenas de miles de palestinos de la diáspora. Tienen bastante razón los palestinos en temer que los norteamericanos harán lo que siempre o casi siempre: en los momentos decisivos, los presionarán para que cedan. De esta forma, si ello vuelve a suceder, se consagrarán conquistas territoriales condenadas por la comunidad internacional y ni siquiera reconocidas por Washington a lo largo de décadas.

Es evidente, por tanto, que la propuesta de Obama no constituye un giro propalestino, ni debe interpretarse como un cambio notable en la tradicional posición norteamericana. En todo caso, se muestra poco considerado con la sensibilidad de la derecha israelí, por lo demás insaciable. Pero, en cambio, el creciente peso que en la Casa Blanca ha adquirido Dennis Ross, un proisraelí sin disimulo, como elemento más influyente en Obama del círculo de diplomáticos y expertos, contrarresta con creces la impresión de que el Presidente de Estados Unidos es el mejor amigo que han tenido los intereses árabes desde James Carter.

El verdadero motivo de la iniciativa presidencial es evitar que la Autoridad Nacional Palestina consiga forzar en septiembre una voto en la Asamblea General de la ONU en favor de la creación inmediata del Estado palestino. Es decir, un hecho diplomático consumado incómodo de gestionar, para una administración que ha proclamado su intención de volver a tomar en cuenta a las Naciones Unidas por lo que representan. Y la otra motivación del presidente es abortar la reconciliación palestina – el acuerdo entre Fatah y Hamás- antes de que cuaje por completo y ponga en riesgo su capacidad de influencia ante la dirigencia palestina moderada.

De ahí que a los palestinos le decepcionara la lectura completa de la propuesta del presidente Obama y demandaran clarificaciones y actuaciones más claras, naturalmente sin renunciar al acuerdo con Hamás ni a la solicitud de Estado ante la ONU. Todo indica que el presidente Abbas se dedicará este verano a acumular apoyos entre sus colegas árabes. Pero muchos de ellos se encuentran más preocupados por asegurar sus poltronas que por ayudar a resolver el intratable conflicto israelo-palestino. Incluso los dirigentes sirios, en pleno desafío existencial, parecen poco interesados. Salvo que, por una ironía del destino, las negociaciones de paz se conviertan en un salvavidas con potencial para desactivar la propuesta popular.