La nueva película del rumano Radu Mihaileanu, el director de “El concierto” (2009), nos transporta a una historia ambientada en una aldea musulmana que en esencia no es nada novedosa. Aristófanes ya había plasmado esta cuestión siglos atrás en su “Lisístrata”. Pero no deja de sorprender que los grandes medios de comunicación el pasado mes de julio vendieran como novedoso que las mujeres del distrito de Barbacoas, al suroeste de Colombia, se declararan en “huelga de piernas cruzadas” como medida para obligar a sus maridos a presionar a la administración para construir una carretera para salvar vidas y conectar a la población. El paso del tiempo nos corrobora que desigualdad, tiranía, discriminación, injusticia y las estrategias para hacer valer los derechos inalienables del hombre o la mujer son tan antiguas como la propia humanidad.

“La fuente de las mujeres” es una película posicionada claramente en la lucha por la igualdad de la mujer, que a pesar de suavizar con su enfoque el drama de la discriminación, sigue apareciendo con toda la crueldad que tienen estos hechos. Mihaileanu sin renunciar a la ternura que proyecta en sus personajes hace una presentación de los hechos directa y combativa. Logrando un equilibrio muy de agradecer.

En un pequeño pueblo, en algún lugar entre el norte de África y Oriente Medio, la tradición exige que las mujeres vayan a buscar el agua a la fuente que nace en lo alto de una montaña, bajo un sol ardiente. Ha sido así desde el principio de los tiempos. Pero un día, Leila, una joven casada, propone al resto de mujeres una huelga de amor: nada de sexo hasta que los hombres colaboren en el traslado del agua hasta la aldea. Reclaman igualdad para acceder a la cultura y a la sociedad, dignidad en el trato recibido por sus maridos y libertad para decidir su futuro son algunas de las exigencias de este grupo de mujeres espoleadas por Leila, una hermosa joven que sabe leer y escribir, que piensa por sí misma y que además ama sinceramente a su marido.

Los personajes están bien perfilados, su interpretación correcta y de forma sobresaliente los papeles femeninos, en especial el de Leila y el de Fusil, esa vieja vivida que eleva su voz en defensa de los derechos de la mujer. Sobre el contraste entre tradición y modernidad no se logra, se limita a relatar situaciones que pertenecen a uno y otro universo que a pesar de compartir el mismo tiempo no tienen nada en común.

Lo más destacable de esta cinta, tras el firme compromiso con la igualdad entre mujeres y hombres, es su puesta en escena ensalzada por la música folklórica, las danzas populares y los rituales que nos ofrece con un impresionante colorido que nos sumerge en un espectáculo etnográfico de incuestionable belleza.