Jep Gambardella tiene Roma a sus pies. A sus 65 años es un periodista romano de éxito, que ejerce en uno en los grandes diarios de la urbe. Es la salsa de todas las fiestas y un cronista cínico, pero profundamente lúcido, de la vida social y decadente de la Roma actual. Su vida transcurre de fiesta en fiesta, participando del lujo exagerado de una élite rica y vacía, que deambula por la existencia llenando su tiempo con placeres extravagantes. Los adinerados personajes que frecuenta Jep y que retrata la película se encuentran inmersos en una cultura del absurdo y la notoriedad a ultranza, que saca lo peor de cada individuo y los transporta hacia la nada, hacia una profunda estupidez existencial. Gambardella se ganó a Roma cuanto tenía 25 años con la publicación de su única y prodigiosa novela “El aparato Humano”, admirada por el gran Alberto Moravia como un “capolavoro” y desde entonces es el Rey de la “jet” romana.

La película comienza con la fastuosa fiesta de celebración del 65 cumpleaños de Jep Gambardella, interpretado de forma magistral por Toni Servillo. Este actor consigue que sintamos lo que él siente: cuando él admira sentimos esos impulsos, cuando desprecia, despreciamos, desde que aparece en pantalla se hace con la escena y empatizamos con el personaje sin discusión.

A los 65 Jep siente la vacuidad de su existencia y se da cuenta de que ha malgastado su vida al rodearse de un lujo estéril, y de personas ricas, estúpidas y vacías. El protagonista de da cuenta de que necesita volver a perseguir “La gran belleza”, que no es otra cosa que esos instantes mágicos que se suelen producir una vez en la vida -si hay suerte- sin que seamos conscientes en esos momentos de la magnitud de lo que estamos viviendo y solo somos capaces de identificarlos cuando hacemos recuento, con el paso de la edad. Jep necesita encontrar algo que de nuevo de sentido a su vida, como la literatura o como las personas auténticas por las que merece la pena la existencia.

De eso va esta inmensa película. Del sentido de la vida. Es una película que conecta con todo el imaginario de la cultura italiana, del gran cine italiano, es un homenaje al gran Federico Fellini y su La Dolce Vita. De hecho, Jep Gambardella podría ser perfectamente el personaje que interpreta Mastroianni adaptado a nuestra época. Pero, desde mi punto de vista, también es un homenaje al duro y lúcido crítico de la realidad social y política Pier Paolo Pasolini, porque como él, Sorrentino es capaz de utilizar planos de absoluta belleza formal y perfección cinematográfica para retratar “la gran fealdad”, la miseria vital y al vacuidad de una escoria social cuya única pretensión en la existencia es la de recrearse en el lujo y en la riqueza sin importarles lo más mínimo lo que sucede a su alrededor, haciendo un alarde extenuante y público de sus vidas vacías de papel cuché. También bebe en las fuentes estéticas y éticas del gran Visconti, que era capaz de recrear toda la belleza arquitectónica de la cultura clásica europea y nos la servía en imágenes imborrables, en las que esos espacios bellos y privados de las clases altas se convertían en el escenario vital de la nobleza más sucia, más decadente y más rancia.

Sorrentino no hace concesiones a la estupidez humana y la retrata a través de muchos personajes que rodean al protagonista: como un cardenal que en su juventud fue el exorcista más eficaz de Europa y ahora solo es capaz de recrearse en sus pinitos culinarios; o una noble que alquila su apellido para dar lustre a algunas fiestas donde solo cuenta la apariencia; o el amigo que acaba de descubrir la potencia de las drogas duras a los setenta años, cuando lo que debería estar haciendo es cuidar de sus nietos y atender a su única hija que se muere delante de sus ojos y él no se da cuenta; en fin todos los personajes que rodean a Gambardella adolecen de la misma enfermedad la vacuidad de sus vidas absurdas.

Sorrentino salva un poco a su protagonista, porque Jep Gambardella de da cuenta de todo, es consciente del absurdo y de la fealdad, es consciente de la estupidez y es cínico, sí, pero decide actuar y volver a la búsqueda de la acción, de la literatura, de lo que verdaderamente importa, lo que puede dar sentido a su vida.

Recomiendo esta película porque es puro cine, del mejor. Todo acompaña: música, imágenes, diálogos, interpretación, dirección…no en vano es una de las películas europeas más laureadas del momento. Y la recomiendo porque Sorrentino sabe utilizar de forma magistral la belleza para retratar la peor fealdad, la de la estupidez humana elevada a la categoría de unas clases altas gastadas y aburridas, que entorpecen con su vacuidad y su inmovilismo el desarrollo social y frenan el progreso de la Historia. Y lo hace recorriendo con la cámara la estampa inmortal de la incombustible Roma. Utiliza esos lugares mágicos y bellos que parió una loba, como escenarios en los que se desarrolla la vida al borde del infierno. Muestra la belleza de Roma, la belleza de una ciudad sumida como ninguna en la eterna decadencia.