La gestión de la emergencia sanitaria no ha ayudado precisamente a establecer un clima de serenidad. El pánico ante una amenaza desbocada, el mejorable manejo de la información por parte de las autoridades mexicanas, el fermento destructor de la crisis económica y una cobertura mediática que no ha podido evitar el alarmismo han favorecido la aparición de actitudes y comportamientos racistas y xenófobos al norte de Río Grande.

Algunos casos han sido especialmente llamativos como el que cuenta el diario mexicano EL UNIVERSAL. Betsy Perry, asesora comercial y amiga personal del alcalde de Nueva York, Michel Bloomberg, escribió en su blog que “entre armas, drogas, secuestros y la gripe porcina, este pobre país no puede darse ni siquiera un respiro, y tal vez no deba hacerlo”. Y exigía a las autoridades mexicanas que controlaran a sus “banditos” (sic). Medios de comunicación mejicanos e hispanos de Estados Unidos aventaron su indignación y Perry se vio obligada a dimitir.

Otros comentarios descalificatorios y despectivos que vinculaban el peligro de extensión de la epidemia con los inmigrantes ilegales por sus dificultades para recibir tratamiento sanitario han sido especialmente insidiosos.

Por su intensidad emocional, la gripe puede perjudicar las relaciones bilaterales precisamente cuando parecían encauzarse dos grandes asuntos estratégicos: el combate combinado contra el narcotráfico y la política migratoria.

Barack Obama y Hillary Clinton habían acertado en sus pronunciamientos públicos, al admitir responsabilidades de Estados Unidos en la extensión del poder de las mafias mejicanas de la droga. Las terminales del mercado de estupefacientes se encuentran en territorio norteamericano. Los carteles cruzan la frontera para aprovisionarse de armas en Estados Unidos con casi total impunidad. Obama quiere aumentar significativamente el presupuesto destinado a la seguridad fronteriza para combatir el poderío narcotraficante, según avanza LOS ANGELES TIMES.

La política migratoria es uno de los asuntos más cruelmente maltratados (y no son pocos) por la administración Bush. En estos momentos, se calcula que residen en Estados Unidos 12 millones de inmigrantes ilegales. Méjico no es el único, pero si el principal país de origen de este colectivo.

Obama sabe que no puede dejar pudrirse un problema explosivo y de dolorosas consecuencias para millones de personas. El endurecimiento de leyes y operativos contra la migración ilegal en los últimos años ha generado situaciones muy injustas y crueles. Las redadas salvajes, la separación de familias, la complicidad de empresarios sin escrúpulos con agentes de la “migra” (la policía migratoria), la permisividad con los poderosos y la agresividad hacia los débiles han dibujado una realidad profundamente descarnada en materia migratoria.

Hace unos meses, en Iowa, durante la elaboración de un reportaje televisivo, pudimos comprobar los efectos dañinos que esta política puramente represiva ocasionó sobre decenas de guatemaltecos. Los dueños de una de la mayores empresas de empaquetamiento de comida de Estados Unidos fueros procesados, después de explotar sin miramientos a cientos de inmigrantes ilegales, de someterlos a malos tratos de forma consciente y prolongada, de emplear abusivamente mano de obra infantil. Pero las victimas también fueron castigadas. Los maridos fueron detenidos y sometidos a un régimen de reclusión itinerante y no transparente. Las madres y esposas, obligadas a permanecer en caso y sujetas a un vejatorio sistema de vigilancia electrónica adosado a sus piernas. Los hijos, desarraigados y privados de esperanza para su futuro.

Estos episodios probablemente no volverán a ocurrir con la misma crueldad. La nueva administración ha “humanizado” los procedimientos de persecución de los ilegales como parte de una revisión general de las normas de seguridad en fronteras y aduanas. Lo positivo es que el énfasis en la actuación de las fuerzas de seguridad se pondrá a partir de ahora en el castigo a los empresarios que contratan a ilegales y no en la persecución de los trabajadores desesperados.

Los medios progresistas estiman que se trata de actuaciones prometedoras pero advierten que podrían tener consecuencias indeseables si no se complementan con medidas sociales que sólo pueden tener consistencia mediante una nueva política migratoria global. El presidente Obama ya ha anunciado que estará lista este año, sin dilaciones. La actual administración parece decidida a acometer el elemento cardinal: la normalización legal de estas personas. Obama ha apuntado la necesidad de “un camino hacia la asimilación y la ciudadanía”.

Las fuerzas hostiles ya han dejado patente su disgusto y su voluntad de influir pesadamente en las decisiones del nuevo gobierno. Los republicanos no quieren ni oír hablar de la legalización y los demócratas se dividen entre los que se manifiestan incómodos, los dubitativos y los moderada y declaradamente favorables.

Los sindicatos, después de una larga evolución, han superado sus divisiones internas y parecen haber entendido que la defensa de los derechos de los trabajadores norteamericanos no es incompatible con el respeto a los derechos de los inmigrantes. Hace sólo unas semanas manifestaron su apoyo al sentido que la Casa Blanca quiere imprimir a la reforma.

La polémica procede ahora de los empresarios que abogan por el mantenimiento de los programas de fomento del trabajo temporal, como hizo Bush, para seguir disponiendo de mano de obra más barata y, en muchos casos, sumisa. Estos programas han provocado significativas situaciones de abusos y violaciones de derechos laborales.

Para reforzar la coherencia de esa nueva política migratoria que se pretende, es imprescindible acoplarla con una revisión de normas laborales que garanticen salario mínimo, derecho a asociación y medidas de salud y protección en el trabajo, entre otras, como recomendaba hace unos días THE NEW YORK TIMES.

Las penosas manifestaciones racistas o xenófobas de estos días de pánico nos indican que la administración Obama tendrá que exhibir más que buenas intenciones para dignificar esta dimensión de la sociedad norteamericana.