La intervención bélica occidental se había dotado de la legitimidad exigible en estos casos. Con las excepciones conocidas, y no sólo las esperadas (Rusia, China, etc.). Desde el voto favorable, que no unánime, del Consejo de Seguridad de la ONU, se han cuarteado, sin embargo, las adhesiones. Y crece el cuestionamiento de aspectos esenciales de la operación. Aunque, es preciso decirlo de antemano, por razones diferentes.

A Obama le habían llovido críticas, desde izquierda y derecha, y de diversa naturaleza y condición. Los llamados liberales o progresistas le han reprochado dos cosas: primero, que tardara en actuar; segundo, que no pidiera autorización al Congreso para implicarse en una operación que es una guerra, se pinte la mona como se pinte. Los conservadores aprovecharon las vacilaciones en la Casa Blanca para exigir al Presidente justo lo contrario de lo que habían defendido para Egipto: que se actuara con contundencia para echar al ‘dictador’; cuando Obama decidió apoyar la intervención militar, le afearon también que orillara al legislativo.

LA LÓGICA DE OBAMA

Obama respondió a este malestar complejo con un discurso que, como todos los suyos, no podía pasar desapercibido. Buena construcción, argumentación impecable, dosis emocional adecuada… y pragmatismo como regusto final, para que nadie se llame a engaño. Al centro-izquierda (según latitudes norteamericanas, claro está) le convenció el discurso; a la izquierda, si, pero no del todo; y a la derecha, pues si, aunque diga que no, como viene siendo habitual, por mucho que el presidente se empeñe en buscar puntos de encuentro con ella.

Los más entusiastas llegaron a proclamar que el Presidente había avanzado una ‘doctrina Obama’ sobre la intervención militar exterior. Para tal afirmación, señalaban los argumentos centrales del Presidente:

-que Estados Unidos debe comprometerse militarmente en una zona cuando peligren intereses económicos o vitales para el país, pero también cuando se corra el riesgo grande de producirse una catástrofe humanitaria (‘no quiero esperar a ver desfilar los cadáveres’, dijo).

-que la intervención no debe hacerse en solitario, sino en cooperación, coordinación y acuerdo con los aliados (superando así los reflejos unilateralistas de los ‘neocon’).

-que siempre hay que sopesar el coste, económico, militar y político, de la operación y, por tanto, fijar límites y plazos.

Los que han visto en estas propuestas esquemáticas las bases de una ‘doctrina’ destacan su sencillez y claridad, elementos que los militares suelen agradecer sobremanera.

Ningún Presidente que se precie puede darse el lujo de no tener una ‘doctrina’ en política exterior. Cierto es que algunas ‘doctrinas han resultado más exitosas y perdurables que otras. Algunos querrían que esta visión sistemática de Obama pudiera equipararse a la ‘doctrina Truman’, que fijó las reglas y condiciones del intervencionismo norteamericano al término de la Segunda Guerra Mundial, es decir, durante la Guerra Fría contra la Unión Soviética.

Pero nada más circular titulares y comentarios sobre la ‘doctrina Obama’, brotaron análisis que ponían en duda la importancia y, sobre todo, las pretensiones del Presidente. Desde la propia Casa Blanca se restó solemnidad a la iniciativa. Conocedores de la temperatura presidencial, los periodistas del NYT que siguen los asuntos internacionales de la Casa Blanca han advertido que, si surge otro punto caliente de dimensión similar, no podrá encontrarse en el discurso mencionado un anticipo de la decisión que se adopte.

Según John Dickerson, en SLATE, no se trata de la ‘doctrina Obama’, sino de la ‘doctrina Libia’. Robert Litwak, destacado miembro del think tank Centro Wilson, ha resumido el debate con una frase tan sencilla como aguda: «no puede hablarse de ‘doctrina’, porque el Presidente no es un doctrinario». Muy cierto. Dicho de otra manera, Obama no ha establecido una doctrina, sino que ha respondido a una ‘circunstancia’. Puro pragmatismo: puro Obama. Lo cual no resta importancia ni conveniencia a la actuación presidencial.

EL PESO DE LAS CIRCUNSTANCIAS

Otra cosa es el manejo de las ‘circunstancias’. Resulta a estas alturas bastante incomprensible que se siga manteniendo el discurso de que Estados Unidos y sus aliados occidentales no están interviniendo en la guerra libia, que no están tomando partido, que lo único que desean es que Gadafi se vaya pero sin que ellos lo echen, sólo sus opositores. Si los rebeldes progresan, es porque los aliados machacan las posiciones y la maquinaria militar gubernamental. Eso lo acreditan todos los periodistas y otros observadores presentes en el terreno. Esta dependencia absoluta está provocando malestar en el liderazgo político, precisamente porque resulta demasiado evidente.

Otra ‘circunstancia’ que amenaza con complicar las cosas es la entrega de armas a los rebeldes, un escalón más de la intervención. No hay mandato de la ONU para ello, porque el embargo lo impide. Se buscan fórmulas para evitar todo el proceso que implicaría una nueva resolución, correctora y ampliadora de la anterior. Se ha sabido que Obama ha firmado en secreto una orden con luz verde para suministrar material militar directo. No debe extrañar a nadie. Un día antes había dicho en televisión que ni confirmaba ni descartaba esa opción.Ya dijimos al comienzo, cuando la guerra era sólo interna, que Occidente encontraría los medios de procurar información relevante a los rebeldes. Es muy ingenuo suponer que no lo está haciendo ya, incluso antes de la resolución de la ONU.

En realidad, no son consideraciones morales sino prácticas lo que retrasa el suministro masivo y declarado de armas. Otro reflejo pragmático. Otra ‘circunstancia’. Que la inteligencia norteamericana ha detectado entre los rebeldes a efectivos de Al Qaeda, o próximos a, o simpatizantes de. Y así lo ha reconocido el Jefe Militar de la OTAN, Almirante Stavridis, en el Senado de Estados Unidos.

Que al Presidente esta crisis le distrae de los asuntos estratégicos de su mandato, es un hecho incontrovertible. Que no se aclara el panorama económico y el político se muestra cada día más enrevesado, es otra realidad palpable. Que no se percibe un criterio rector de su acción política, es algo opinable, pero muy desestabilizador. A Obama le interesa la agenda interior, porque sólo obteniendo resultados palpables y convincentes en los asuntos económicos, sociales y políticos que agobian a América puede asegurarse la reelección. No está el horno para fanfarrias exteriores. En Washington, urge afinar las circunstancias para que nada pueda perturbar el necesario y urgente ajuste de la partitura.