El año pasado se conmemoró el primer centenario del nacimiento en Jackson (Mississippi), de la escritora Eudora Welty, una de las voces más representativas, junto con William Faulkner, Truman Capote, Robert Penn Warren y Carson McCullers, de la literatura sureña norteamericana. Este selecto club, no resulta arriesgado decirlo, ha contribuido a fijar la imagen de esa América rural, primitiva y “profunda” que tanto juego ha brindado en el imaginario contemporáneo.

En una entrevista concedida en el año 1991, Welty define en una pequeña frase toda su filosofía narrativa: “…se describe sobre la vida cotidiana, pues aunque no se trata del mismo tipo de historia, siempre se habla del ser humano…”. Y es que su literatura, todo hay que decirlo, no se alimenta de grandes hazañas y aventuras, de lugares exóticos y tiempos remotos, sino que se nutre de lo familiar y lo cotidiano.

Galardonada con el prestigioso Premio Pulitzer, “La hija del optimista” es, sin duda, la obra maestra de Eudora Welty. En ella se nos narra la inesperada muerte del juez McKelva tras una enfermedad que no parecía peligrosa. Para atenderlo, acude su hija Laurel, viuda de un oficial norteamericano muerto en la guerra. Y será la hija la que lleve el peso de la narración, pues a través de ella asistimos a los últimos momentos de su padre; a su regreso a su residencia en Mount Salus, donde se celebran los funerales y el entierro; a su tensa relación con la segunda mujer de su padre, Fay, más joven que Laurel, una mujer egocéntrica, respondona y mal pensada tanto como malcriada; y, sobre todo, al encuentro de Laurel con su pasado, en el que no todo quedó absolutamente cerrado.

“Los recuerdos no viven en un objeto concreto, sino en las manos libres, perdonadas y liberadas, y el corazón que puede vaciarse y llenarse de nuevo”. A este ejercicio se dedica Laurel cuando se queda sola en la mansión familiar, aprovechando el inoportuno viaje de Fay para reunirse con sus familiares. Laurel recuerda la relación con su padre y su madre y algunos de los momentos claves de su existencia, como su brevísimo matrimonio.

Welty tiene una peculiar manera de contar las cosas. No abusa ni de la nostalgia ni de la melancolía, aunque el contexto personal de Laurel parece proclive para ello. Tampoco abusa de las descripciones ni de las afirmaciones categóricas a la hora de definir a los personajes. Welty deja que éstos hablen a sus anchas, en unos diálogos abiertos, concretos y más bien intrascendentes con los que quiere atrapar su esencia.

Con los ingredientes de esta novela –una historia de pasiones, afrentas y desencuentros, en el marco de las siempre complicadas relaciones entre padres e hijos que exploran los sutiles límites entre la felicidad y la desdicha- Welty podía haber caído en la trampa del folletín. Pero no cae. Su sobria prosa demuestra la compasión que siente por un territorio geográfico y moral con el que se siente plenamente identificada.