Puede que una parte importante de la sociedad sitúe con razón en las instituciones transnacionales la responsabilidad fundamental por el estallido de la crisis financiera, pero se equivocan quienes optan por una respuesta a esta crisis en términos proteccionistas o de “renacionalización” de estrategias. La solución será global o no será, y la herramienta clave de que disponemos los españoles para actuar en el escenario global se llama Europa. Y esto hay que explicarlo bien.

El punto de partida no es muy favorable. Durante los últimos tiempos, las noticias que han llegado a la sociedad española desde las instituciones europeas han estado muy marcadas por la ininteligibilidad de sus debates, la lejanía de sus protagonistas, la lentitud exasperante de sus procesos e, incluso, la regresión clara en algunas de sus decisiones.

Los españoles votamos una Constitución Europea que no ha entrado en vigor. De Europa, de su Banco Central, de su Comisión y de su Consejo nos llegaron buena parte de los vientos desreguladores y liberalizadores que inflaron la burbuja financiera y que todos identifican hoy como la primera causa de la recesión y el desempleo galopante. De Europa nos vino también la amenaza de las 65 horas de trabajo semanal, el internamiento indefinido de los inmigrantes sin papeles o las directivas de liberalización salvaje de los servicios.

Pero ahí está precisamente la razón primera para que los españoles que compartimos valores progresistas nos tomemos Europa muy en serio y promovamos una participación masiva en las próximas elecciones. Si queremos otra Europa, hay que pelearla en los debates y en las urnas.

Hay al menos tres razones importantes para situar las elecciones de junio al Parlamento Europeo como una prioridad política de primer orden. Primero porque, como hemos dicho, la preocupación prioritaria de los españoles, la crisis y el paro, solo tendrán una solución a escala global.

Históricamente, el primer instrumento al que ha acudido el Gobierno y la economía española para superar las etapas de recesión fue siempre la devaluación de la moneda. Hoy ya no es posible. Y la alternativa que está proponiendo la cúpula empresarial para recuperar competitividad, la reforma del mercado laboral y el recorte de derechos a los trabajadores, resulta inaceptable. Las instituciones europeas deben contar con representantes progresistas para gobernar la salida a la crisis mediante planteamientos globales y socialdemócratas: estímulo público a la economía, regulación estricta de los sistemas financieros y garantía de protección social.

Segunda razón: probablemente solo el Gobierno socialista de España y su Presidente Zapatero están en condiciones de liderar en las instituciones europeas un programa de cambio a la altura de los retos que está planteando el nuevo Presidente americano. La defensa del modelo social europeo, la lucha contra el cambio climático, la multilateralidad en las relaciones internacionales, la ampliación de derechos de ciudadanía, la cooperación para el desarrollo y la igualdad. Son banderas que solo podrán enarbolarse con fuerza en el semestre de presidencia española de la Unión si el PSOE obtiene un buen resultado en junio.

Y tercero, las elecciones europeas tendrán una lectura inevitable en clave de política interior. Por tanto, todos aquellos que suscriban los principios y postulados progresistas, y todos aquellos que no deseen una vuelta al poder en España a medio plazo de los partidarios de bajar impuestos a los ricos, recortar derechos a los trabajadores, privatizar los sistemas de protección social y aliar nuestro país con la extrema derecha internacional, deben superar tentaciones de última hora, y colaborar en la movilización de la sociedad española para ganar esas elecciones.

Vamos a ello.