Durante los últimos veinticinco años hemos asistido en España a un avance significativo hacia la igualdad entre hombres y mujeres, y, aunque aún queda mucho por hacer, los datos son claros. Cada vez son más las mujeres incorporadas al mundo laboral, con más responsabilidades en puestos de dirección, con más presencia en la vida pública y por lo tanto, con más independencia en sus vidas.

Sin embargo, aún persiste una lacra social, difícil de combatir, que es la denominada Violencia de Género. Esta violencia radica en el arrastre cultural que ha vivido este país en el último siglo, donde el hombre era el que ostentaba el poder de las decisiones en todos los ámbitos y la mujer ocupaba en la sociedad un papel absolutamente secundario, relegadas casi en exclusividad a la educación de los hijos y la atención del hogar. Esta cultura machista aún se encuentra arraigada en nuestro acervo popular más profundo y por desgracia, sale a relucir más habitualmente de lo que se pueda pensar y evidentemente, las que lo sufren son las mujeres cuando el hombre intenta imponer ese poder. Por este motivo considero mas ajustado el término de Violencia Machista.

Durante los últimos años, la cifra anual de mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas se ha mantenido más o menos constante. Cada año mueren en España por este tipo de violencia entorno a 70 mujeres, lo que significa la escalofriante cifra de más de 700 mujeres asesinadas en la última década. Este dato, si lo comparamos con otro tipo de violencia, como es la terrorista, nos daría mucho que pensar sobre los esfuerzos que empleamos en combatir una frente a la otra y el número de titulares que ocupan.

Muchos pensarán que para acabar con estos asesinatos, ya que radican en una concepción cultural trasnochada, sólo es cuestión de tiempo. Que según vayan pasando generaciones que no hayan vivido esa realidad machista del siglo pasado, la igualdad entre hombres y mujeres será una realidad y estos actos, de ocurrir, serán tan sólo una anécdota.

Sin embargo, hace tan sólo unas semanas, la profesora de sociología Hilde Sánchez Morales, nos alertaba en un artículo sobre el resurgimiento del machismo en los jóvenes españoles, a la luz de los datos que arrojaba una encuesta realizada en institutos de secundaria por la Federación de Mujeres Progresistas. En él se ponía de manifiesto que “entre los jóvenes se reproducen bastantes ideas machistas respecto a lo que debe ser o no ser una relación amorosa, o a la asunción de roles dentro de la pareja. Así, el 80% de los entrevistados consideran que las chicas han de complacer a sus novios y más del 40% plantea que es función de los chicos protegerlas”.

Por lo tanto, no podemos esperar a ver que ocurre en el futuro y aunque el resultado de este tipo de encuestas fuera positivo, la muerte de tan sólo una mujer, merecería la pena lo suficiente para no quedarse de brazos cruzados aguardando tiempos mejores.

Son muy importantes los pasos dados en las últimas legislaturas. La Ley de igualdad, la Ley integral contra la violencia de Género y la modificación de la Ley para la interrupción voluntaria del embarazo han dado respaldo jurídico a las mujeres en los principales ámbitos de la vida en los que se genera desigualdad.

Sin embargo estos pasos, aunque importantes, no son suficientes para combatir una actitud cultural que se encuentra muy arraigada entre los hombres y que sin ser conscientes de ello, se transmite a las generaciones siguientes. La mayoría de las ocasiones son pequeños detalles pero que se quedan clavados en las mentes de los pequeños para toda la vida. Una “simple” gracia machista entre amigotes en un bar, de la que generalmente los hombres nos reímos, debería sin embargo, ser afeada. Muchos se confunden con que la pelea por los derechos de las mujeres es sólo cosa de mujeres y, sin embargo, debería ser de todos los que creemos realmente en la igualdad.

Por eso es tan importante lo que se dice, a pesar de que algunos “opinadores” mediáticos traten de convencernos que entrar en un debate semántico es perder el objetivo de fondo. Sin embargo, tratar de endulzar las palabras o tolerar ciertas actitudes no provoca nada más que esconder un problema que sigue vigente. Las palabras que usamos son tan importantes como la actitud con la que afrontamos retos vitales para ir cambiando una cultura que debería estar ya desterrada. En este sentido, que los últimos Gobiernos fueran paritarios ayudaban a mostrar a la sociedad que cualquier tipo de trabajo lo puede realizar una mujer con las mismas garantías que un hombre, que sólo es cuestión de formación y no de género. Por suerte, en estos momentos, son más las mujeres que terminan estudios superiores que los hombres y esto debería servir para equilibrar la poca paridad reinante en el mundo laboral y en los espacios públicos de la política.

Considero que estos gestos son sumamente importantes y que el comienzo que ha tenido el Partido Popular y los apuntes de lo que puede venir en próximas fechas no es nada halagüeño y suponen un claro retroceso. Sin embargo, de todos, mujeres y hombres, depende acabar de una vez por todas con la lacra de la violencia machista. Por lo tanto, los hombres, debemos abandonar esa vergüenza cultural y ponernos, junto a las mujeres donde sea necesario, para pelear por unos derechos que concierne a toda la sociedad. Esta será la herencia más importante que dejemos a nuestras hijas.