En nuestros días, estamos pudiendo verificar de nuevo la importancia decisiva de los factores psicológicos en el devenir social, político y económico. Las perspectivas de la crisis económica actual, por ejemplo, se están viendo afectadas –y empeoradas– muy notablemente por razones subjetivas. Es decir, el temor a la propia crisis y sus efectos, junto a algunas reacciones demasiado timoratas, se han acabado convirtiendo en variables adicionales de la parálisis económica y el encogimiento de los eventuales inversores y emprendedores.

En el caso de la huelga de transportes, también se han hecho notar los efectos subjetivos, incluso antes de que empezase la huelga. El día anterior se formaron largas colas en todas las gasolineras, al tiempo que las familias hacían acopios de alimentos y bienes de primera necesidad y dejaban medio vacíos los estantes de los supermercados. ¿Eran necesarias tantas cautelas? Posiblemente no, pero al final pesaron más los factores subjetivos de temor e incertidumbre que la propia confianza de los consumidores. Lo cual están traduciendo también un serio problema de confianza de los ciudadanos en los poderes públicos y en la propia situación general de nuestras sociedades.