La experiencia migratoria nunca es cómoda y siempre conlleva un componente de desenraizamiento que no es fácil de superar y compensar. Por ello, hay que ser capaces de ponerse en la piel de todos aquellos que llegan al convencimiento de que sus perspectivas de supervivencia vital y de mejora dependen de sus posibilidades de instalarse en países más prósperos y desarrollados.

Las actuales tendencias migratorias tienen sus raíces en las brechas sociales que están abriéndose entre el mundo desarrollado y amplias zonas del Planeta. Su origen último son los desequilibrios en la distribución general de la población y la riqueza, en el contexto de unos modelos económicos cuya dinámica está dando lugar a una creciente concentración del poder y la riqueza en pocas manos, mientras una nutrida legión de perdedores se quedan sin esperanzas en su futuro y, en bastantes casos, en el de sus países. Ante tales perspectivas, hay que entender que bastantes personas no se queden cruzadas de brazos, ni permanezcan resignadas a su pésima suerte. Para muchos, la migración es una de las estrategias más “realistas” de supervivencia y mejora, avalada por las experiencias previas y las noticias próximas de algunos de los que les precedieron en los viajes en una época de vacas gordas y de mayores oportunidades de empleo.

El problema se plantea en un ciclo de dificultades económicas en el que las inercias –prácticamente imparables– de las tendencias migratorias van a chocar de frente con las nuevas circunstancias laborales que, en bastantes casos, no van a poder permitir solucionar las expectativas y esperanzas de los inmigrantes. De ahí que lo más probable es que en los próximos meses se produzca una conexión notable entre las dinámicas de inmigración y exclusión social. Dinámicas que, además, se verán acentuadas por el desarrollo de actitudes hostiles entre la población de los países ricos, espoleadas por medidas políticas tan increíbles como las que se recogen en la reciente directiva europea sobre inmigración, en la que, entre otras cosas, se sanciona legalmente la posibilidad de meter a los inmigrantes en “campos de internamiento” durante 18 meses.

No es mal momento, pues, el final de un curso político intenso como el actual para analizar con más detalle estas cuestiones.