Y, cuando esto ocurre, empiezan a cobrar peso los cálculos estadísticos y los análisis interesados en torno a cómo puede afectar a cada cual la llegada masiva de inmigrantes, que compiten –a la baja– por oportunidades laborales declinantes y cuya presencia se hace notar en las calles, en los hospitales y ambulatorios, en las escuelas, en los lugares de ocio,…

La realidad es que en lo que llevamos de década han llegado a España cerca de cuatro millones de extranjeros, a un promedio anual de 481.251 personas. Durante el año 2007 llegaron 701.023 personas. En esta ocasión casi el doble que el año anterior, pese a los cambios que ya se estaban produciendo en el panorama económico y que se han hecho notar en un aumento notable del paro entre los extranjeros, que en el primer trimestre de 2008 llegó al 14,6% (16,7 entre las mujeres), en comparación con el 9,6 de la población española de origen.

Esta evolución plantea, al menos, dos cuestiones cruciales sobre las tendencias migratorias. En primer lugar, ¿se mantendrá la presión migratoria en una etapa de retraimiento económico y de caída de las oportunidades laborales? Y, en segundo lugar, ¿qué efectos sociales y políticos tendrá la llegada de nuevos emigrantes en un contexto de menores oportunidades de integración satisfactoria?

A la primera pregunta, hoy por hoy, hay que responder de manera afirmativa, ya que en la voluntad migratoria influyen no sólo los factores de ATRACCIÓN, es decir, las oportunidades en los países de destino, sino también los de EXPULSIÓN, es decir, la mala situación en los países de origen; y esta situación tiende a empeorar, debido a los efectos reduplicadores de la crisis económica mundial, a las inestabilidades políticas, a los cambios climáticos y a la falta efectiva de soluciones –y esperanzas– para muchos de los países más pobres. De ahí, la desesperación y la tragedia que podemos ver en los rostros de los que se lanzan a la desesperada y se embarcan en cayucos, pateras y barcos nodrizas, ¡los nuevos barcos negreros del siglo XXI!

Sin embargo, hay que entender que los que intentan llegar al mundo próspero a través de cayucos y pateras constituyen parte de un escalón intermedio de una emigración que está estratificada socialmente. En el escalón más alto están los que tienen dinero para pagarse un viaje en avión y entrar –con menos problemas– a través de un aeropuerto. El segundo escalón es el de aquellos que logran reunir lo suficiente (vendiendo algo, endeudándose, o “sumando” recursos de toda una familia) para cubrir los costes de un pasaje en cayuco. Pero, existe aun un tercer escalón más pobre formado por todos aquellos que proceden de las zonas más subdesarrolladas y que ni siquiera pueden juntar lo suficiente para tan arriesgada aventura por mar. En nuestra área geográfica se trata de cientos de miles de personas que han emprendido –o están a punto de hacerlo– un largo y penoso éxodo desde el África Subsahariana hacia el Norte de África y el Magreb, con la esperanza de poder “saltar”, al final, a los países sureños de Europa (España, Italia, Grecia, etc.). Se trata de una población que se desplaza lentamente, a pie o en transportes terrestres, buscando trabajos ocasionales para subsistir, u ocupando temporalmente los empleos de menos calidad que dejan “libres” los trabajadores del Norte de África para emigrar a Europa, donde actualmente residen más de ocho millones de africanos procedentes de países ribereños del Mediterráneo.

¿Cuándo se hará notar con fuerza esta tercera ola migratoria en Europa? ¿Qué nuevos temores y reacciones políticas suscitará? ¿Cómo afectará a la situación social de los países europeos? Hoy por hoy, no es fácil responder a estas preguntas, aunque la próxima semana adelantaré algunas previsiones posibles, especialmente en lo que se refiere a las tendencias en exclusión social.