Algunos sostienen que la política de acoso contra Rajoy tiene detrás a estrategas muy señalados que no están dispuestos a aceptar una derrota en su empeño. Además del abandono crítico de Gabriel Elorriaga –como nueva cuota de los “lunes negros”– el último episodio importante de esta estrategia ha sido utilizar a unas auténticas, aunque exiguas, turbas para intimidar a los alcaldes y cargos públicos que se reunían con Rajoy en la sede central del PP en Madrid. La reducida y vociferante turba tenía una composición variopinta: señoronas ultra-conservadoras enjoyadas, forofos de Esperanza Aguirre, devotos de algún periodista desmadrado, antiguos militantes de Fuerza Nueva y hasta unos cuantos “camisas negras”.

Los gritos no podían ser más pintorescos. A Rajoy le llamaban “¡traidor!”, a Ruiz Gallardón le tildaron de “¡asesino!” (?), a los alcaldes les gritaban “¡traidores!”, “¡cobardes!” y a todos ellos, cuando surgía la ocasión, les calificaban de “amigos del PSOE”, que debe ser, posiblemente, el peor insulto que algunos puedan imaginar.

La pretensión de hacer prevalecer el griterío intimidador de una pequeña turba, sobre el voto de miles de afiliados al PP, o sobre las sensibilidades de diez millones de votantes es tan demencial que no resulta fácil entender el enorme eco mediático que ha alcanzado y mucho menos la estrambóticas interpretaciones que han realizado determinados comentaristas avezados en la práctica de pescar en río revuelto. ¡Qué cosas hay que ver!