Los líderes conservadores incluso hablan de refundar el capitalismo y advierten que ya nada será igual en el sistema bancario y en el funcionamiento de los mercados financieros.

Sin embargo, lo cierto es que hasta ahora solo han ofrecido improvisaciones. Algunas, como el primer plan de Bush, dignas de pasar a la historia del esperpento económico por su incoherencia y por lo poco que duraron tal y como inicialmente estaban concebidas. Aunque también por el apoyo que concitan incluso cuando es imposible determinar a ciencia cierta lo que van representar en la práctica.

La mayoría de los analistas ni siquiera disimulan que lo que les parece bien es que los gobiernos tomen medidas, sean las que estas sean, porque de esa forma entienden que se recobra la confianza que constituye un prerrequisito para que los negocios y la financiación vuelvan a tomar fuerza. Y por supuesto, todos asumen con naturalidad que donde antes se decía el digo de las privatizaciones ahora se entone el diego de las nacionalizaciones de la banca.

Un festín de contradicciones, de medidas que duran horas o días y que se sobre la marcha y sin pudor se sustituyen sobre la marcha por sus contrarias en planes de cuyo contenido concreto no se informa, la mayoría de las veces porque incluso es desconocido para quienes los han realizado.

Una ceremonia verdadera ceremonia de la confusión pero que en cualquier caso gira en torno a una convicción que nadie parece poner en duda: que todo el dinero es poco con tal de lavarle la cara a los bancos, de ocultar sus irresponsables comportamientos financieros y de salvar los balances destrozados por su deriva avariciosa de los últimos decenios.

De momento, los líderes mundiales, los de los gobiernos y los de las finanzas y las instituciones internacionales, ni saben lo que hacer ni se atreven a tirar de la manta para exponer a ciencia lo que ha ocurrido y lo que está ocurriendo en los mercados. Pero eso no debe preocuparles porque lo cierto es que todo lo que hacen se está dando por bueno porque evitan cualquier atisbo de debate social sobre la situación económica, sobre sus responsables y sobre la naturaleza alternativas de las medidas que se podrían tomar.

Y en este contexto es principalmente doloroso el silencio de la mayoría de las fuerzas de izquierda, de los partidos, de los sindicatos y de todo tipo de organizaciones sociales, de fundaciones o academias en donde se supone que deberían estar gestándose puntos de vista alternativos frente a los de quienes han producido la hecatombe y ahora se disponen a refundarse como si de nada fuesen responsables o causantes.

Sin su pensamiento colectivo es imposible que se den respuestas sociales contundentes y que se fragüe una preferencia colectiva de otro tipo frente a la que van a poner en marcha los poderosos del planeta haciendo creer, una vez más, que no lo hacen en su interés propio sino en el de todos.

Sin alternativas, sin análisis de lo que está pasando independientes de los que hacen los grandes centros de opinión de los poderes financieros, los líderes de izquierdas actúan sin defensas y no pueden entonces sino contribuir a que se consoliden respuestas a la crisis que terminarán por empeorar la situación de los más desfavorecidos.

Es evidente que hay que reformar el sistema financiero internacional. La regulación tramposa de los últimos años ha generado una opacidad brutal, un estado casi generalizado de corrupción y una tendencia inevitable y letal hacia la inestabilidad y a todo ello van a tener que poner coto, les guste o no. Incluso dirigentes conservadores como Sarkozy hablan ya de extender la regulación a todas las instituciones financieras, de poner límites a los «hedge funds» y hasta de eliminar los «paraísos fiscales» (en donde siguen operando, no lo olvidemos, la inmensa mayoría de las entidades financieras y empresas multinacionales).

Pero todas esas pretensiones, sea cual sea el alcance que finalmente tengan, no se resuelven de cualquier forma, ni a cualquier coste, ni con una carga idéntica para todos los grupos sociales. Y por eso es imprescindible que no solo se decida democráticamente qué hacer sino cómo tomar las decisiones sobre ello y, sobre todo, con que asignación de derechos y responsabilidades.

En lugar de hablar de ello, de ofrecer oportunidades a los ciudadanos para que se pronuncien y para que expresen sus preferencias (seguramente muy distintas de las de los ricos y de los financieros corruptos que han llevado a la ruina al sistema financiero mundial), lo que se está haciendo es dar por hecho lo que a ellos les interesa.

Una prueba desgraciada de todo esto me parece que ha sido la propuesta de José Luis Rodríguez Zapatero para que la discusión sobre la reforma necesaria de las finanzas se lleve a cabo en el seno del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial. La considero un error porque sabiendo que nuestro presidente aboga constantemente por las políticas más sociales, por el apoyo a los más desfavorecidos y por evitar que estos sean los que carguen con el coste de la crisis, no puedo entender que proponga que el futuro de la economía mundial se discuta en un ámbito en donde Estados Unidos tiene poder de veto, en donde los países de la periferia (en realidad todos menos los diez o quince más ricos) prácticamente no tienen capacidad de decisión alguna y en un espacio, en fin, que ha actuado y actúa como el brazo ejecutor de las políticas y medidas que han provocado la crisis.

Las izquierdas deben rearmarse intelectualmente. No pueden renunciar a pensar con su propia cabeza para dejarse llevar por los cantos de sirena de los poderosos. Lo que están proponiendo los gobiernos y los financieros no es lo único que se puede hacer e incluso hay maneras distintas de aplicar las respuestas que están diseñando, con costes muy distintos para unos y para otros y es preciso que todo eso lo sepan los ciudadanos. Algo que no ocurrirá si los partidos, los sindicatos y las organizaciones de izquierdas siguen mirando a otro lado, como perturbados por la magia del discurso liberal, paralizados ante el poder fáctico de los ricos financieros, y mudos, completamente mudos como están casi todos ellos hasta ahora.