La Unión Europea intenta demostrar que tiene bajo un razonable grado de control la “amenaza jihadista”. Francia ya ha asignado más policías y más presupuestos para mejorar la vigilancia. Los ministros de Exteriores de la UE han anunciado otras medidas, que suenan más ambiguas y condicionadas por el impacto de la tragedia de París y por la corriente islamófoba creciente en varios países: creación de agregadurías de seguridad en embajadas en los países en los que hay conflicto, y refuerzo de la cooperación con los vecinos árabes.

UN DISCURSO QUE ELUDE LO FUNDAMENTAL

El refuerzo de la seguridad en las sedes diplomáticas se justifica por la necesidad de mejorar la información y la prevención. Pero el verdadero desafío es compartir los datos que maneja cada Estado, incrementar los recursos y, quizás, afinar los análisis. El peligro terrorista está fuera, pero también dentro. No es realista pretender resolver el problema sin afrontar, con paciencia y sin efectismos, las causas que lo originan.

La cooperación con los servicios de seguridad o inteligencia de los países árabes vecinos es, quizás, la más inquietante de las medidas anunciadas. Ninguno -o casi ninguno- de aquellos gobiernos tiene precisamente los mismos intereses que los europeos, o los nuestros no deberían ser los mismos que los de ellos. Salvo el de Túnez (y con matices), ninguno puede exhibir conductas democráticas solventes. Egipto, Argelia o Marruecos no constituyen un ejemplo a la hora de administrar información libre de contaminación política interna. Esos regímenes asimilan interesadamente riesgo terrorista y oposición interna y presentan como amenaza violenta cualquier discrepancia seria contra los regímenes en plaza.

Se puede celebrar una actitud cooperadora de los vecinos árabes, pero no debería omitirse el precio de esa «generosidad». En virtud del pragmatismo antiterrorista, se corre el riesgo de legitimar unas políticas claramente represivas y contrarias a las necesidades populares, que son precisamente las que fomentan respuestas radicales y/o terroristas.

Los ministros exploraron también un posible encuentro (se sugirió Madrid como sede) para abordar la situación en Siria e Iraq. Es difícil que tal iniciativa cuaje siquiera. La diplomacia europea se limita a la influencia que puedan ejercer alemanes, franceses o británicos, como apoyo de Washington, y poco más.

El terrorismo islamista no será conjurado sin avanzar en la resolución de las causas que lo originan: principalmente, los enquistados conflictos en Oriente Medio y las condiciones socio-económicas de las minorías islámicas en los suburbios de las ciudades europeas.

La denuncia del primer ministro francés, Manuel Valls, de la existencia de un ‘apartheid’ en numerosos barrios marginados del país es valiente, porque no esconde los hechos y reconoce con franqueza el fracaso de las democracias en dar solución a estos núcleos de marginación y frustración. Podía –y debía- haber ido más allá el controvertido dirigente francés, y señalar las razones por las que se había llegado a esta situación. Eso le han reprochado algunos portavoces de organizaciones cívicas que trabajan en las banlieus. Pero su mensaje es útil como elemento de reflexión y semilla de autocrítica.

EL LABERINTO SIRIO

Entretanto, los escenarios donde se gesta, alimenta y desarrolla la violencia siguen fuera de control. La guerra siria es un ejemplo descarnado.

Siria -ahora más que Iraq- es el principal vivero de combatientes ‘jihadistas‘. Pero Occidente carece de una política clara. Hasta hace menos de un año se trataba de apoyar a la oposición armada siria, para acabar con el régimen del clan Assad, aliado de Irán en la zona. El auge del sector más extremista de esa oposición, hasta neutralizar e incluso anular a los moderados, ha obligado a un cambio de orientación. O de prioridades. Ahora se trata, ante todo, de derrotar al Estado Islámico, aunque sin que ello consolide el poder de Assad. Difícil ecuación, como se ha visto desde el verano hasta aquí. Por fin se admite públicamente que hay que cambiar. Sin renunciar a la ambigüedad, por si las cosas salen mal. Se favorecen discretos y no tan discretos contactos diplomáticos, que pasan por no exigir la caída de Assad como condición previa.

Hay actores que no aceptan este giro, y no son precisamente enemigos, sino aliados regionales, singularmente dos: Israel y Arabia Saudí. Ambos, contrarios antes que nada a un posible acuerdo sobre el proyecto nuclear iraní, contemplan con pavor cualquier iniciativa que favorezca a Assad, por ser éste el principal aliado regional de la República islámica.

Esta preocupación explicaría el reciente activismo militar israelí, de audacia inusitada. El ataque aéreo de esta semana contra Hezbollah, la milicia libanesa financiada por Teherán y armada y sostenida por Damasco, en el sur de Siria, va en contra de lo que los aliados occidentales desean en estos momentos. Para mayor complicación, una de las víctimas de ese último ataque ha sido un general iraní, lo que demuestra lo ya sabido: que los Guardianes de la Revolución, la vanguardia armada de los ayatollahs, están dispuestos a hacer lo que sea para mantener a Assad en el poder, con Hezbollah como punta de lanza.

Los saudíes declaran su repugnancia por el siniestro Califa Al Bagdadi, pero todo indica que siguen financiando a otros grupos ‘jihadistas‘ rivales asociados o cercanos a Al Qaeda (Al Nusra), hasta conseguir que sean los únicos que puedan rivalizar con el Estado Islámico en el desafío al régimen de Assad. De forma complementaria, la familia real, inmersa en un delicado proceso de sucesión, mantiene a machamartillo la producción de crudo para impedir un rebote de los precios y perjudicar de esta forma a Irán, cuando más necesita este país de ingresos por la venta del petróleo, debido a los efectos ya devastadores que están causando las sanciones económicas occidentales.

Occidente querría ahora una pausa en la guerra, pero no Israel y Arabia. Que el conflicto sirio sea un vivero de terrorismo en Europa no inquieta mucho a las élites saudíes e israelíes, o les resultan un problema mucho menos acuciante que el acercamiento, aunque sea hipotético, entre Washington e Irán. La diplomacia europea, con escasa capacidad de influencia, aspira a encontrar ciertos apoyos en los actores secundarios. Lo que pueda obtenerse por esa vía se antoja poco decisivo para neutralizar potenciales amenazas de nuevos atentados terroristas.