Más allá de este último nombre de la lista de Obama, hace apenas unos días el diario NEW YORK TIMES publicó un extenso y muy documentado artículo (firmado por Jo Becker and Scott Shane) en el que se confirmaba algo que, en círculos políticos, militares y diplomáticos de Washington, se daba por bastante cierto: el presidente está personal y profundamente involucrado en las decisiones cruciales de las operaciones contra el ‘terrorismo’. Pero, sobre todo, Becker y Shane ofrecen un valioso análisis sobre la metodología de la Casa Blanca y las motivaciones políticas, legales y morales de su principal morador.

UN PRESIDENTE AL QUE NO LE TIEMBLA LA MANO

Obama comprendió pronto que un atentado de envergadura arruinaría con toda seguridad su presidencia. Estuvo a punto de suceder en la Navidad de 2009, cuando ‘in extremis’ se evitó que un estudiante de origen nigeriano destruyera el avión en que viajaba cuando sobrevolaba Detroit, a punto de aterrizar.

Para ese tiempo, Obama ya había corregido su política antiterrorista, hasta el punto de hacer poco reconocibles algunas de sus propuestas electorales. La nueva política se alejaba del enfoque estricto en los derechos y libertades y ponían más foco y atención en la prevención y contención de la ‘amenaza’. Ese cambio -señalan los autores del artículo- «desconcertaron a sus seguidores liberales y confundieron a los críticos conservadores». Lo que ocurrió en realidad es que Obama rectificó y mantuvo tres grandes pilares de la política de George W. Bush: el traslado de sospechoso a terceros países para interrogarlos (‘renditions’), las comisiones militares y la detención indefinida (bases éstas dos del funcionamiento de Guantánamo). Justamente, lo que las organizaciones cívicas de defensa de derechos humanos habían criticado mas ferozmente. Igual que el propio Obama, pero éste con otro cálculo.

El artículo señala las contradicciones, indecisiones y ‘debilidades’ de Obama ante las críticas de la derecha en Guantánamo, lo que fue plagando de fallos y rectificaciones su actuación sobre la mayor vergüenza reciente de la justicia norteamericana.

Obama se puso duro. Después de congelado el cierre de Guantánamo, la intensificación de la actividad de talibanes y aliados jihadistas en las zonas tribales afgano-pakistaníes y el surgimiento de nuevos focos de amenaza en Yemen y Somalia, ‘empujaron’ al presidente a decidir eliminar la mínima percepción de debilidad o indecisión.

Desde fuera, este proceso se vivió como una transformación. Pero los analistas citan algunas fuentes próximas al Presidente que avalan la teoría de una adaptación. Es algo que ya hemos escuchado en otros análisis sobre el pragmatismo de Obama. El actual presidente no ha sido nunca un progresista convencido, sino un táctico brillante. Sabe tocar la tecla que suena mejor en cada momento político. Se lo afean los conservadores y se lo reprocha la izquierda. Pero a él parece importarle poco, como suele ocurrir en ese perfil de político. Obama procedió a hacer sustituciones en su equipo y confió en el juicio de Brennan. Lo quiso colocar de director de la CIA y al encontrarse con la resistencia del Congreso, lo convirtió en su asesor en materia de terrorismo. Brennan, un irlandés y veterano de la CIA, lo ha acompañado en cada paso de este proceso.

La liquidación de Bin Laden sin demasiados miramientos es tan sólo un ejemplo de esa firmeza sin vacilaciones. Obama asumió la convicción de que es preferible equivocarse y matar a un objetivo civil que dejar un peligroso terrorista suelto. Más aún: ante el riesgo de que no pueda condenarse a un sospechoso capturado, es preferible eliminarlo. Esta actitud ha hecho levantar la sospecha de que «Obama ha evitado las complicaciones de la detención decidiendo no tomar prisioneros», dicen los autores del artículo.

No es que al Presidente le resulte indiferente el incremento lacerante de víctimas inocentes, causadas por los ‘drones’. Todo lo contrario. Pero justamente para reducir en la mayor medida posible ese riesgo, decidió que los ataques aéreos sobre cada objetivo exigieran su consentimiento. De esta forma, la lista de ‘eliminables’ ya no era la de la CIA o la del Pentágono, sino la ‘lista de Obama’.

El artículo menciona algún comentario del Presidente bastante revelador de la afirmación de Thomas Donillon, su Consejero de Seguridad Nacional: a Obama no le repugna utilizar la fuerza para defender la seguridad de Estados Unidos. En una ocasión, cuando comprobó que en la lista de potenciales objetivos había mujeres y adolescentes, hizo algunas preguntas aclaratorias y sentenció: ‘todos tienen que ser militantes’.

Otro caso singular fue la decisión de eliminar a Al Awliki, el predicador norteamericano de origen yemení que ha inspirado a numerosos militantes radicales, incluido el nigeriano que quiso volar el avión sobre Detroit. Que el objetivo fuera norteamericano planteaba serios problemas legales. Obama encargó un dictamen -como hizo W.Bush en su tiempo- y en ellos se apoyó para dar luz verde. A continuación -imitando de nuevo a Bush- decidió mantener en secreto el citado informe y las deliberaciones subsiguientes.

Algunas publicaciones de izquierda no han perdido la oportunidad de reprochar a Obama esta aparente renuncia a los principios. El mordaz Tom Engelhardt, en THE NATION, comenta que «sea cual sea el candidato elegido en las elecciones de noviembre, no se está eligiendo solamente al presidente de los Estados Unidos; se está eligiendo al asesino en jefe».

Sabe la Casa Blanca que estos cambios, giros o adaptaciones de la política antiterrorista no le costará muchos votos a Obama; al revés: le robará algunos a los conservadores; de ahí la incomodidad experimentada por éstos.