La Real Academia Española define la eugenesia como “la aplicación de las leyes biológicas de la herencia al perfeccionamiento de la especie humana”. Ya Platón en “La República” recomendaba que los seres humanos fueran cruzados selectivamente, y Campanella en su obra “La Ciudad del Sol” planteaba que los hombres y mujeres se unieran con la finalidad de que nacieran los mejores “vástagos”. Pero fue en la segunda mitad del siglo XIX y primera mitad del siglo XX cuando las ideas eugenésicas adquirieron mayor concreción. Francis Galton (1822-1911) es considerado el padre de la eugenesia moderna. Por lo que se declaraba partidario de una reproducción selectiva entre los seres humanos, con la pretensión de potenciar las “buenas cualidades” y erradicar las “malas”. Estaba convencido que la desigualdades entre los individuos tenían un componente exclusivamente hereditario, de forma que las prácticas sociales y educativas no tenían ningún sentido. Estas ideas devinieron en una especie de nueva religión de la humanidad y tuvieron notable difusión, especialmente en los EE.UU, en donde además de crearse una Oficina de Registro Eugenésico en el año 1911, se practicaron miles de esterilizaciones involuntarias (hasta el año 1985, 19 estados norteamericanos mantuvieron esta práctica con las personas consideradas mentalmente retrasadas). También en Canadá, Suiza, Suecia y Noruega fueron desarrolladas prácticas similares. En los años treinta del siglo XX con la gran depresión se produjo un colapso del capitalismo de “laissez faire”, que se tradujo en desempleo masivo y en el triunfo del fascismo, del nazismo y del estalinismo. Circunstancias que dieron lugar a una revitalización de las ideas de Galton y a la consolidación del movimiento eugenésico. A lo anterior hay que añadir los acontecimientos acaecidos en la Alemania nacional-socialista, en la idea de una limpieza racial, cuyo antecedente proviene con la creación en el año 1902 de la Sociedad Alemana de Higiene Racial.

En las décadas siguientes a la finalización de la Segunda Guerra Mundial, tras una reacción de la izquierda política más humanista, la eugenesia perdió vigor. No obstante, a mediados de los años setenta, se reactivaron los argumentos eugenésicos, de la mano de genetistas como Victor Mckusic. A pesar del entusiasmo inicial, la eugenesia quedó prácticamente en el olvido.

A comienzos del siglo XXI la eugenésica parece que adquiere un nuevo impulso, en un contexto de desencanto ideológico y político, coincidiendo con uno de los procesos migratorios de mayor envergadura nunca conocidos en la historia de la humanidad. Más allá de su identidad científico-tecnológica, la ingeniería genética parece que hubiera devenido en una construcción intelectual-ideológica. Todo este entramado ha conducido, especialmente en algunos círculos en Estados Unidos, a una extrapolación del “esencialismo genético” al discurso político-social.

Desde ese “neodarwinismo”, si todo está escrito en los genes, la solidaridad, uno de los pilares en los que se han construido la sociedades humanas se puede desquebrajar. En consecuencia, sería factible el surgimiento de una “nueva eugenesia”. Una “nueva eugenesia” que comparte objetivos comunes con la “vieja eugenesia”, pero con la importante diferencia de que ahora dispone de un abanico de nuevas técnicas (reproducción asistida, diagnósticos genéticos preimplantacionales, diagnósticos genéticos prenatales, diagnósticos genéticos en adultos, etc.), que podrían cambiar la naturaleza de la especie humana en función de criterios peligrosos

El debate de fondo, ante el que nos enfrentamos es si es posible “fabricar” un ser humano perfecto, ante lo que cabría preguntarse qué significa mejorar a un ser humano y qué es un ser humano perfecto. Cuestiones especialmente delicadas, tras las que subyacen determinados discursos ideológicos, que tratan de sustentarse en la “nueva eugenesia”. De ahí la necesidad de acotar las posibilidades actuales de la ingeniería genética humana en contextos sociales, éticos y jurídicos debidamente contrastados y, sobre todo, planteados con mucha prudencia.