En consecuencia, el principal partido de la oposición en España renuncia a la competencia de modelos. No tiene el más mínimo interés por contrastar sus respuestas con las de su adversario. Tan solo tiene un objetivo: destruir al Gobierno para alcanzar el poder.

La estrategia no es nueva. La aplicó el PP con fruición y éxito durante los años noventa, lo años de la crispación. Y la estrategia tenía dos claves: uno, prescindir de cualquier esfuerzo que no fuera encaminado a minar la confianza en el Gobierno; y dos, ignorar cualquier límite de índole política o moral (a veces incluso legal) que se interponga en el camino hacia el poder.

Ya es grave que Rajoy y los suyos renuncien a sumar fuerzas con el Gobierno para atender el interés general en el combate a la crisis. Pernicioso en extremo es que, ocasión tras ocasión, desprecien la mano tendida para acordar las grandes reformas que necesita el país en el cambio del modelo productivo, en el pacto energético, en el pacto educativo… Pero el PP traspasa el límite de lo tolerable cuando directamente busca el daño al Estado para infringir desgaste al Gobierno.

Cuando el PP excita los conflictos con el vecino marroquí está dañando al país. Lo mismo ocurre cuando magnifica las tensiones con Gibraltar o cuando interfiere en las negociaciones para salvar compatriotas secuestrados en Somalia o en Mauritania. Cuando el PP pone en cuestión las actuaciones policiales, fiscales y judiciales, en el caso Faisán, en el caso Gurtel o en relación al SITEL, hace daño a nuestro Estado de Derecho, a nuestro sistema de libertades y al conjunto de la sociedad española.

Y cuando el Presidente del PP utiliza las tribunas del Partido Popular Europeo en Bruselas para sembrar desconfianza en la economía española, está haciendo mucho daño a todos los españoles, que necesitamos de la confianza nacional e internacional para reactivar la economía y atajar el desempleo.

No vale todo. La oposición tiene el derecho y el deber de controlar la acción del Gobierno y de ofrecer sus alternativas. Pero las reglas de la democracia no facultan para las estrategias de la tierra quemada. La oposición también tiene sus límites.