Con esta toma de postura rotunda, el PP ha facilitado las cosas al PSOE, que también debe atender a sus posibles electores moderados. Ahora podrá hacerlo con mayor comodidad, sin necesidad de recurrir a estrategias e iniciativas “delicadas” y “audaces”, que pudieran generar tensiones y distanciamientos en los espacios de izquierdas.

La posición en la que ha quedado Ruiz Gallarón, después de sus esfuerzos por canalizar el potencial centrista en el PP, no es especialmente lucida. Si en el PP actual ni siquiera están dispuestos a que vaya en un lugar secundario en las listas al Congreso, aunque ello suponga reducir sus posibilidades futuras electorales, es evidente que Ruiz Gallardón no tiene ningún espacio ni posibilidades en el seno del PP. A partir de ahora, pues, a Gallardón sólo le queda, o bien apartarse por su cuenta, como antes hicieron Piqué, Pimentel y otros diputados y líderes destacados del PP, o esperar sumisa y pacientemente a que Esperanza Aguirre le mande el verdugo a cortarle la cabeza.

El problema, en esta ocasión, es que estamos ante un líder bastante popular, que tiene una acreditada experiencia de gestión y que cuenta con equipos y con apoyos significativos en importantes círculos económicos y de los medios de comunicación social. Es decir, se trata de una de las personas que, si quisiera, bien podría pone en pie en España una opción de centro, encabezada por alguien que tiene capacidad para ser Presidente de Gobierno. De hecho, si Gallardón se hubiera liado la manta a la cabeza y se hubiera lanzado antes al ruedo electoral en los espacios de centro, se habría convertirdo en poco tiempo en la cabeza de un partido político que, en la primera tacada, se hubiera podido convertir en el árbitro de la situación política española, aunque sólo contase inicialmente con 15 ó 20 escaños. Lo cual, en un contexto previsible de resultados muy ajustados entre los dos principales partidos, hubiera sido interpretado por muchos españoles como un avance de gran alivio y desbloqueo para la situación española, que actualmente se encuentra demasiado condicionada por el papel arbitral de algunos partidos nacionalistas. Circunstancia que supondría un factor adicional de respaldo y arrastre de voto para un eventual partido de centro liderado por Gallardón, en la medida que bastantes electores interpretarían esta iniciativa como un proyecto de utilidad y valor positivo para la política general de España, en la que se abrirían nuevas alternativas y posibilidades futuras de gobierno.

En cualquier caso, la exclusión de Gallardón se ha hecho de tal manera, con tan poca delicadeza, con tan pocas posibilidades y tan escaso tiempo para poder reaccionar, que no es difícil aventurar una intención bien predeterminada en este sentido. Es decir, se ha intentado que Gallardón quedara bien fuera y bien maniatado. ¿Desde hace cuánto tiempo se tenía esta intención?

En estos momentos, más pronto que tarde, si Gallardón quiere tener algún futuro político, deberá dejar claro a quienes simpatizan con él, o con el proyecto que puede liderar, cuáles son sus intenciones. Si no lo deja claro, es harto posible que él también acabe quedándose huérfano de apoyos. El tiempo a veces juega en tu contra, y ahora Ruiz Gallardón ha tenido ocasión para comprobarlo.