No es frecuente que una persona joven –y mujer– componga una ópera moderna, con un libreto propio, que participe en el diseño de la escenografía y, además, que cante su propia ópera. Que una obra de esta naturaleza se termine, se estrene y tenga una buena asistencia de público es ya, en sí mismo, un éxito notable.

Si Pilar Jurado fuera norteamericana y hubiera estrenado su ópera en Nueva York, posiblemente la crítica daría cuenta de un gran éxito y se ponderaría su vanguardismo y los componentes profundos de la historia que se cuenta y se canta. Pero la crítica española parece menos abierta a las vanguardias. Por eso, determinados aspectos de esta aventura musical –¿se ha hecho toda la labor en sólo dos años?– a los críticos españoles les han resultado un tanto chocantes.

Aunque la crítica en general ha sido bastante positiva con la parte musical de la ópera de Pilar Jurado, y con su propia interpretación, han puesto objeciones al libreto, cuestionando el carácter ingenuo de algunos de sus diálogos –¡pues sí que son sofisticados los diálogos de otras óperas insignes!– y lo endeble de la trama. Incluso algún crítico ha sostenido que Pilar Jurado “no es Wagner” o “Mozart” (?). Tal comentario, amén de bastante cómico en sí mismo, revela una cierta pobreza intelectual a la hora de comprender la historia que se cuenta.

Nuestra impresión –¡y que nos perdonen los críticos!– es que el libreto tiene más valor y profundidad del que parece. Se trata de una historia cruzada de amor y desengaños, de manipulación y codicia, que se entremezcla con las angustias de un compositor (la famosa página en blanco) y con las maquinaciones para instrumentalizarle científica y emocionalmente, al servicio de un proyecto pretendidamente superior, como es obtener una composición de alto valor. En definitiva, se trata de un canto al amor altruista, al arte genuino y en contra de la manipulación tecnológica y deshumanizante, o lo que es lo mismo, en contra de unos enfoques científicos y unos propósitos mercantiles que toman al hombre como si de una página en blanco se tratara –también–, como algo susceptible de manipulación y codicia.

La historia se encuentra entreverada de componentes freudianos y de perspectivas oníricas. Toda la acción se desarrolla en dos planos (físicos y psicológicos): uno superior, impolutamente blanco y brillante, en el que todo ocurre de una manera aparentemente convencional y normal y en el que un PC de mesa ocupa un lugar central, confrontado a una estantería repleta de pájaros exóticos disecados (¿símbolos freudianos?). Debajo, en el plano inferior –como si de dos cajas de televisión se tratara– las cosas tienen lugar de manera oscura y sórdida, es ahí donde los manipuladores tienen instalado su laboratorio y donde los mercanchifles de la cultura se frotan las manos. Sólo el amor altruista y la reivindicación de la persona frente a la máquina intentan hacer oír su voz.

Los dos planos de la realidad –¿el yo y el super-yo?; ¿lo consciente y lo subconsciente?– y el papel de los pájaros, con esa gran ave roja en la escena final, y las imágenes proyectadas del Bosco, componen un encaje de indudables resonancias oníricas y freudianas, perfectamente ensambladas en una obra cuyo libreto dista mucho de ser simplón e ingenuo.

En “La página en blanco” hay una significativa priorización de la palabra, con un recurso continuo a la fórmula de los “recitativos”. Se echa en falta, quizás, alguna aria o dúo. Los cantantes hacen un trabajo notable, ya que se trata de una ópera vocalmente muy difícil. En ocasiones, nos encontramos ante sonidos casi imposibles, orientados a romper toda idea de convencionalismo. También es notable el papel de la orquesta, de su director y del coro, que tienen que realizar un trabajo muy complejo.

En su conjunto, la producción es bastante austera –y no muy cara–, con decorados muy efectistas y un vestuario moderno y apropiado, en concordancia con la historia moderna que se narra.

En suma, se trata de una obra que tiene mucho mérito, que pretende ser rotundamente vanguardista y que no lo oculta ni lo mistifica, y que, obviamente, puede resultar chocante para unos públicos más convencionales que tienen formado un gusto musical bastante acomodado a lo que ya existe, y a los que quizás les cuesta entender que todas las cosas pueden cambiar –y cambian– y que lo propio del arte y de la cultura es buscar nuevas formas y nuevos espacios, como ya ocurrió en el pasado; a veces con las mismas reacciones de perplejidad que ahora se producen. ¡Qué mal lo tuvo que pasar Mozart cuando estreno sus más emblemáticas óperas “Las bodas de Figaro” y “La flauta mágica!

Con el aforo del Real bastante lleno, al final una parte del público se limita a aplaudir educadamente. Pero, también se escuchan bravos y aplausos entusiastas. Tiempo al tiempo.