El fondo seguía siendo azul, pero las estrellitas amarillas se habían convertido en unos extraños cangrejos que de repente comenzaban a moverse por la tela y a hacerse cada vez más grandes, ante las carcajadas de Berlusconi, Sarkozy y su cohorte de aplaudidores recién llegados del Este, el estupor de los mandatarios nórdicos -que parecían aceptar con la sonrisa congelada- y el semblante de pánico de Zapatero y de Sócrates, que negaban una y otra vez con la cabeza ante la visión de semejante esperpento.

Cuando me enteré de la propuesta -e inmediata aprobación- por parte de los ministros de trabajo de la Unión Europea de dar luz verde a la directiva europea que posibilita establecer la jornada laboral a 65 horas semanales, inmediatamente me acordé de la pesadilla del cangrejo. Y es que llueve sobre mojado. Porque esta directiva de retroceso, en materia de empleo, hay que unirla a otra que también se ha aprobado recientemente y que permitirá meter en la cárcel a una persona “sin papeles” durante seis meses, acusado del único delito de no haber nacido dentro de la Unión y carecer de permiso de trabajo. ¿Hacia dónde camina nuestra querida Europa? ¿Qué está pasando con el discurso y la cultura de los derechos que pretendía exportar la Unión al resto del Planeta? ¿Cómo es posible que quieran aplicar medias del siglo XIX en pleno siglo XXI?

Este caminar hacia atrás de la UE es muy preocupante, porque parece indicar que el pacto keynesiano ha sido un espejismo y que ciertas oligarquías han tomado la decisión de convertirnos a todos en trabajadores chinos, con horarios inhumanos y salarios de miseria. La directiva de las 65 horas rompe con la tradición laboral europea, quiebra principios establecidos por la OIT hace más de noventa años, abre la puerta a todo tipo de competencia desleal, alienta las deslocalizaciones, somete las relaciones laborales al acuerdo individual entre el empresario y el trabajador -lo que fulmina los convenios colectivos, un instrumento tan necesario para que se repartan las rentas del capital-, termina con la conciliación de la vida laboral y familiar, es contraria a la seguridad y a la salud laboral y mete a los trabajadores europeos en una espiral de explotación que raya la semiesclavitud.

Es necesario oponerse con todas las fuerzas que aún conserva la izquierda europea a este tipo de medidas, que vuelven a hacer visible la fábula de London, “El talón de hierro”, una novelita que tiene 101 años y que podría haberse escrito ayer mismo. Algunas voces políticas, como la del Ministro de Trabajo del Gobierno de España, Celestino Corbacho, ya se han alzado con claridad en contra de la medida y se ha hecho un llamamiento para crear un frente democrático europeo para tumbarla. Esperemos que no pille a los sindicatos europeos con el pie cambiado y sean capaces de sacar lo mejor se sus esencias para apartar del televisor a todos los que están distraídos con la Eurocopa y no se han dado cuenta, todavía, de lo que se avecina.