No son las razones sino los números los que me ocupan. Hablo del informe sobre el conocimiento de los dos candidatos que dió a conocer un periodico de ámbito nacional. Verán, julio (en honor a Julio César), tiene treinta y un días. Cuentan que el emperador Octavio Augusto no cesó de mover días hasta que su mes (originariamente con 29) también los tuviera. Esfuerzos que le agradecemos todos los que tenemos vacaciones en agosto, por cierto. Pues algo así ocurre con la encuesta de conocimiento que les menciono. Es un estudio de marketing electoral. Puro y duro. La lista de conocimiento espontáneo y sugerido (listas cortas y largas) y las operaciones de cuota de mercado con el nombre como marca comercial. Lo mejor, la oferta “dos por uno” donde dos personas que conocen, tras explicar quien es el candidato, valen por una que los conoce espontáneamente. Como Octavio con su mes, hasta llegar a 31. Podría explicar en varios tomos porqué el enfoque comercial de la política y los electorados no funciona y no se ajusta a la realidad social. Entre otras cosas, son enfoques ingenuos. Les cuento algo. En los experimentos de conocimiento de líderes que regularmente efectuo, entre el 8% y el 15% como media (depende nacional, autonómico o local) conoce y valora a alguien que no existe como tal líder. Por ejemplo, hay un pueblo en Madrid donde el 14% conoce y valora a Antonio Alaminos, nombre que no existe en su censo y sin presencia, ni ganas de tenerla, en la política nacional o autonómica. Ya escribía sobre la perdida de la inocencia empírica que caracteriza a los investigadores que desde la sociología o la política estudian la realidad electoral. El informe sobre conocimiento que publicaron ademas de “naïve”, viene de otro mundo, con muchos nombres en ingles para encandilar barbaros. Y no, no insistan. La eficacia marketting-publicidad no es medible, así que no se puede decir como Galileo “Eppur si muove”. Lo que si esta claro, como enfoque, es en lo que convierten la política y los ciudadanos.

Pero lo más grave, es la ignorancia acerca de que no existe diagnóstico sin prospectiva. Una descripción del estado de cosas como la referida incluye la presunción de “ceteris paribus”, quedando todo lo demás igual, sin tocar. Es la falacia de la estacionariedad en los fenómenos y situaciones sociales que se cuela sin avisar. Intento explicarme sin parecer taoista. Las cosas no son. Los fenómenos sociales, como los económicos o los políticos siempre y en cada momento, solamente pueden ser. Es algo que la última campaña de tráfico emplea como elemento clave. Tanto en lo personal o “micro” como en lo social o “macro” nada es de forma permanente y estable; todo se puede quebrar en un segundo y dejar de ser. Especialmente los climas de opinión. La realidad, lo que algunos toman como algo sólido, un estado de cosas que diagnosticar, es el resultado precario, la resultante de una combinación de tendencias de cambio (Montesquieu) no todas ellas conocidas, en unas condiciones concretas de posibilidad y existencia (Marx). No se puede meter un dedo en el agua sin producir ondas (Heisenberg). Y mucho menos en el ojo de alguien sin producir lágrimas. No puedes introducir cambios y esperar que las ventajas teóricas iniciales se mantengan. Espero por el bien del socialismo madrileño que solamente publicaran cuarto y mitad. Que realmente sepan en lo que se han metido y sus consecuencias. Un diagnóstico no prospectivo, cuando se espera intervenir en los procesos, es absurdo. Equivale a jugar una partida de ajedrez donde solamente se pueden ver unas cuantas casillas y se ignora la posición de la mayoría de las piezas. La tensión y equilibrio que existe entre ellas. Crees que mover el álfil de casilla te da ventajas y quizás estas despejando el tablero para que nuevamente de jaque tu contrincante. Es la maldición del “cetris paribus” en la investigación social, contagiada por contacto a la política.

Como colofón, en la opinión pública, las primarias ya no son un inicio de nada. A diferencia de 1999 o 2000. Son una solución final. Un procedimiento triste, para resolver entre dos excelentes y hasta la fecha alegres candidatos. Y los votantes ya hablaron. Felipe González le decía a Joaquín Almunia en el 2000, tras la extraña desaparición del elegido en primarias que dejó a tantos desencantados con la renovación: “Date a conocer, Joaquín, que te van a querer”. Lo que vino despues ya es historia.