Aunque no se sea candidato, Obama se juega mucho en las elecciones de noviembre, como les ha ocurrido a sus antecesores en la fase final de la presidencia. Que no haya opción de reelección a la vista no disminuye la importancia del desafío electoral. Todo lo contrario. Este periodo final de un presidente es crítico para definir lo que en el lenguaje político norteamericano se conoce como el “legado”.

SOMBRAS SOBRE EL LEGADO

Obama vive horas difíciles. O muy difíciles. Lo han sido casi todas, desde que accedió al puesto de poder más importante del mundo. Con excepción de los primeros meses –de gracia, o de inercia del entusiasmo o las esperanzas que despertó-, el primer afro-americano que llega al Despacho Oval ha sufrido un desgaste sin contemplaciones de sus rivales políticos, de sus propios colaboradores desengañados o simplemente descontentos por el papel al que se sentían relegados por su jefe, o por los grandes intereses corporativos (económicos, militares o burocráticos) que lo han percibido como un dirigente al que se podía hacer jugar en un terreno hostil a las ideas que afirmaba defender.

Lo peor para Obama es que muchos dirigentes de la élite demócrata huyen de él como valor a la baja o quemado. El presidente no genera confianza entre amplios sectores de la población. La tarea de sus rivales ha hecho mella en la credibilidad que pueda conservar entre la clase media, todavía mayoritaria. Curiosamente, los candidatos cortejan más a su mujer, Michelle, muy popular, que a él mismo.

Las perspectivas demócratas son especialmente negativas en Estados como Arkansas, Carolina del Norte, Montana, Dakota del Sur, Virginia Occidental, Luisiana y Alaska. En algún otro, como Kansas, ni siquiera habrá candidato demócrata, porque el llamado a serlo desistió ante la emergencia de un empresario local que le disputará el sillón al republicano saliente.

LA DECEPCIÓN DE LOS HISPANOS

Entre los demócratas, se teme especialmente el desencanto de la población latina, que tanta importancia tuvo en la elección de Obama, y aún más en su reelección: en 2012, el presidente obtuvo tres de cada cuatro votos hispanos.

Dos años después, en este electorado se percibe una decepción notable por el fracaso de la reforma migratoria. Los responsables son fundamentalmente los republicanos. Hicieron valer su mayoría en la Cámara Baja para bloquear la ley pactada en el Senado, que otorgaba derecho de ciudadanía a los 11 millones de inmigrantes, utilizando como excusa que se abría la puerta a la “amnistía” a los «ilegales».

No obstante, el propio Obama se ha mostrado tibio o indeciso en la defensa de sus planteamientos, cuando no directamente miedoso; de hecho, se replegó después de haber proclamado que estaba dispuesto a una lucha tenaz para doblar el brazo de los republicanos más reticentes con la regularización migratoria.

VIENTOS MODERADOS REPUBLICANOS

Otro elemento que concurre en la tendencia negativa para los demócratas es el realineamiento de la oposición en torno a un discurso menos extremista. En 2010, en las primeras elecciones de “medio mandato” de Obama, el auge del Tea Party había conseguido quemar y eliminar a muchos candidatos republicanos en las primarias internas del partido, privando al Great Old Party de conquistar el voto moderado de las clases medias. De ello se aprovecharon los candidatos demócratas en el Congreso.

Ahora, tras sucesivos fracasos, el atractivo ultraconservador del Tea Party se ha debilitado notablemente, lo que ha generado iniciativas políticas más templadas en el Partido Republicano, algunas con perspectivas razonables de abrirse camino en el corazón de los votantes tradicionales. Una de las más significativas es la promovida por Eric Cantor, anterior líder de los republicanos en la Cámara de Representante, que perdió su asiento por la vehemente campaña en contra protagonizada por aquel grupo extremista.

La corriente reformista no llega madura a estas elecciones de noviembre, pero su crecimiento es un síntoma del agotamiento de las formulas radicales en la derecha de Estados Unidos. En otro momento nos ocuparemos de analizar estas propuestas programáticas, que no cuestionan la tendencia conservadora en lo social y liberal en lo económico, pero abandonan un lenguaje estrictamente combativo y superan ciertos dogmas de los ochenta (2).

EL DECISIVO VOTO AFROAMERICANO

Entre tanto augurio negativo, el factor más decisivo para que los demócratas puedan mantener el control del Senado y, en consecuencia, favorecer un remate positivo al mandato de Obama y a su legado presidencial reside en los afroamericanos. En pocas ocasiones como en ésta el voto negro puede decidir unas elecciones.

Un informe confidencial de un estratega electoral (‘pollster’) que no se le cae al Presidente de las manos (2) indicaría que el incremento de la afluencia a las urnas de los afroamericanos puede significar el triunfo en algunos de los Estados antes mencionados (Arkansas, Carolina del Norte o Luisiana), tener gran influencia en Kentucky y Georgia y resultar de mucha ayuda en otros muchos. La presidenta del caucus afro-americano, Marcia L. Fudge, afirma que “sin el voto negro y mulato, los demócratas no podremos ganar”.

Sorprendentemente, muchos candidatos demócratas o no conocen estos datos, o no los comparten, o consideran que no son concluyentes, y no están trabajando con el esfuerzo y la paciencia que merece este voto negro. Igual que ocurrió con los latinos, el apoyo electoral afroamericano hizo posible, decisivamente, la continuidad de Obama en la Casa Blanca. Y en el caso de esta población, contrariamente a lo que ocurre con los latinos, el desgaste del Presidente ha sido menor y su capacidad de convocar “a los suyos” a las urnas permanece, si no intacta, al menos razonablemente alta.

Los estrategas que comparten este análisis consideran que aún hay tiempo para evitar una catástrofe demócrata en noviembre y una pesadilla más para Obama.

(1) “The Right Stuff. The Reformers Trying to Remake the Republican Party”. BYRON YORK. FOREIGN AFFAIRS, September/October 2014

(2) “Black Vote is seen as last hope for Democrats to Hold Senate”. SHERYL GAY STOLBERG. NEW YORK TIMES, Oct.18, 2014