Occidente asistió a la crisis actual con poco interés inicial, hasta que enfermaron algunos ciudadanos europeos y norteamericanos residentes en los países afectados, vislumbrándose entonces como un riesgo cierto el hecho de que pudieran aparecer casos importados en los países desarrollados. La constatación, por tanto, de que una enfermedad infecciosa sin tratamiento específico, con alta mortalidad y fácilmente transmisible podía aparecer en nuestro propio medio disparó todas las alarmas en la comunidad internacional, aunque sin lograr, a día de hoy, movilizarla en el sentido y con la contundencia que la situación requiere.

Por su parte, la OMS ha resultado inexplicable y decepcionantemente lenta en su reacción, mostrándose incapaz de poner en marcha mecanismos para combatir su extensión y sin atreverse a ejercer el papel coordinador de los esfuerzos mundiales que se espera de esta organización. Cuando ese llamamiento finalmente se produjo, hace algunos días, la respuesta de los países también ha sido decepcionante: prácticamente el único dispuesto a colaborar en el terreno ha sido Cuba, quien ya ha comprometido la participación de más de 150 médicos, enfermeras y otros especialistas, de los 600 que solicitó la propia agencia de la ONU. No en vano «Cuba es conocido en el mundo por su capacidad para formar a médicos y enfermeras destacados, así como por su generosidad en ayudar a otros países en su ruta hacia el progreso», según reconoció la Directora General de la OMS, Margaret Chan.

Al hilo de la alarmante situación creada asistimos también a actuaciones de “rescate in situ” de algunos ciudadanos occidentales infectados para ser tratados en Europa y en EEUU, con gran despliegue de recursos y con gran repercusión mediática mientras, discretamente, se resucitaban proyectos de desarrollo de algunas terapias y vacunas que se encontraban hasta ahora tan olvidadas como la propia enfermedad que avanza por África.

La mayor vulnerabilidad ante la EVE la determina la pobreza y el abandono en los que subsiste la mayoría de la población africana. La exclusión de gran parte de ella de los sistemas de salud y las malas condiciones de las infraestructuras sanitarias y de la atención -cuando ésta se proporciona- actúan como amplificadores de los efectos del virus y como coadyuvantes de la extensión de la epidemia. Así, los propios sistemas de salud precarios y sin recursos se convierten en factores de riesgo para la extensión de la epidemia en lugar de elementos fundamentales para la protección de la gente, el papel que se espera de ellos en toda circunstancia.

En pocas ocasiones como en esta, es posible asistir a la evolución de una crisis en la que sin concurrir los dos elementos habituales que determinan la respuesta humanitaria (el desastre natural y/o la violencia) estemos tan seguros de que la intervención que se requiere con urgencia sea de esa naturaleza. Seguramente porque se dan simultáneamente otros dos elementos que con frecuencia se presentan en estas graves circunstancias, a saber: la exclusión de la población de la atención de salud y la aparición de una epidemia. Los principios de universalidad, humanidad, imparcialidad, neutralidad e independencia deben presidir cualquier actuación que persiga salvar las vidas de los infectados, proteger a los que no lo están y aliviar el dolor de unos y otros. Sin embargo, la falta de humanidad y el desconocimiento que revelan imágenes como las contempladas recientemente en televisión en las que un enfermo es “cazado” en plena calle por cuidadores y “voluntarios” tras huir de un hospital de Monrovia donde no le daban de comer, nos demuestra no solo la necesidad de una respuesta de gran alcance sino también la de informar y sensibilizar a la población y la de convertir los hospitales en lugares seguros, que reúnan las condiciones mínimas para vivir, y quién sabe si para morir, con dignidad.

Por el contrario, pocas actuaciones que se realizan en el curso de grandes crisis mundiales resultan tan rechazables como aquéllas en las que se selecciona a qué víctimas se van a “salvar” y a cuáles no, cuando esto no se hace por estrictos criterios clínicos o de eficacia de la terapia a aplicar. Nos enseñaron que no es ético, ni deontológico, ni humanitario, y quizás ni decente, estar en el lugar en que la gente sufre y muere sin actuar, aunque sólo sea en la medida de nuestras -escasas- posibilidades, en cada momento. No se puede ser espectador pasivo en esas circunstancias ni decidir, como al parecer hacen los dioses, quién debe vivir y quién no. Henri Dunant, para no tener que sufrir de nuevo algo tan insoportable como eso, alumbró la idea de la Cruz Roja Internacional tras la batalla de Solferino en 1859. Aún entendiendo en toda su grandeza el esfuerzo de hacer todo lo posible por salvar una vida, es difícil comprender y aún más, aprobar, la operación del Gobierno español en la que se rescató de un hospital de Liberia al Padre Pajares, enfermo de EVE, mientras se abandonaba a su suerte, incierta, a todos los demás enfermos allí ingresados por no poseer el pasaporte adecuado. Ni la nacionalidad, ni la raza, ni el credo, ni la ideología, ni ninguna otra condición pueden determinar quién va a recibir una ayuda vital. Se llama principio de imparcialidad y como se ha señalado define, junto a otros, lo que debe ser una actuación humanitaria.

No se conoce el costo de la operación que se puso en marcha con la loable intención de salvar la vida del español, pero sin duda con esa inversión podría haberse tratado a todos los pacientes de EVE ingresados en ese hospital y mejorado sus instalaciones hasta hacer de él un lugar seguro para enfermos, familiares y personal sanitario, atendido dignamente a quienes lo necesitaran e, incluso, desarrollado una estrategia de salud pública con el fin de controlar la infección en la zona de influencia de ese centro sanitario. La presión de los medios, de la opinión pública y de las vísceras no ayuda mucho en esas circunstancias a tomar las decisiones adecuadas, pero algo menos de etnocentrismo y algo más de profesionalidad y de humanitarismo hubieran conformado una mejor respuesta en este caso.

Y aquí, en este norte rico y temeroso de los peligros que vienen del sur, también sería muy deseable algo de coherencia en las políticas. Cuando nos espantamos por las cosas que pasan en el mundo alguien debería recordarnos, mientras señala con el dedo a los responsables, que en los últimos 4 años ha disminuido un 70% la Ayuda Oficial al Desarrollo que aporta España a los países en desarrollo hasta dejarnos en el ranking mundial de donantes en un puesto simplemente bochornoso. Y que en el mismo periodo la ayuda que se destina a África cayó aún más, un 80%, mientras decrecía en la misma proporción la que se dedica en total a intervenciones en salud y, en general, a la Ayuda Humanitaria. La OMS acaba de cifrar en 489 millones de dólares lo que se requeriría en los próximos 6 a 9 meses para controlar la epidemia de EVE en toda África occidental (“EBOLA RESPONSE ROADMAP”; 28 Agosto de 2014) y en otros 378 millones de dólares la inversión necesaria para reforzar, además, los sistemas de salud de esos países, mejorando la salud de los ciudadanos y eliminando las malas condiciones sanitarias que han hecho posible que la epidemia haya podido surgir y extenderse. Si pensamos que España redujo entre 2009 y 2012, 1.400 millones de dólares el monto total de la ayuda que se destina anualmente a África quizás empecemos a encontrar algunas piezas que nos faltaban de este puzle terrible y a entender mejor de qué lluvias vienen ahora estos lodos.