El 16 de marzo de 2003 se reunía en las islas portuguesas de las Azores el trío que se haría tristemente famoso por desencadenar cuatro días después una guerra ilegal, injusta e inútil.

Bush -en la famosa foto de ese aciago día, con mano de tutela sobre el hombro de Aznar- afirma que van a acabar con la amenaza, «lo que permitirá al pueblo iraquí construir una mejor futuro para su sociedad. Liberaremos a Iraq y trabajaremos por la recuperación de su economía. Garantizaremos que los recursos naturales de Iraq sean usados en beneficio de sus propietarios, el pueblo iraquí».

Aznar, el tutelado, proclamó solemne que los tres habían acordado «impulsar el proceso de paz de Oriente Próximo». Elogia las «relaciones trasatlánticas» del trío que va a lanzar una guerra, olvidando que las primordiales, naturales, relaciones trasatlánticas de España son con América Latina, dos de cuyos representantes, México y Chile, se habían opuesto firme y dignamente a esa guerra en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Azores fue fanfarria y superchería. Un Aznar, comparsa y figurón, cómplice de un cúmulo de mentiras. Ni armas de destrucción masiva ni Al Qaeda, que era la primera en querer desembarazarse de Sadam para establecer en Iraq un Estado islámico.

Hoy, Iraq es un Estado echado a pique por el trío, hundido políticamente, desquiciado socialmente y enervado étnicamente. El petróleo no es usado en beneficio del pueblo iraquí. Compañías como Halliburton -cuyo director ejecutivo era el Vicepresidente norteamericano Cheney- recibieron un contrato de dieciséis mil millones de dólares que ha acabado en una investigación judicial por serias irregularidades. Y el conflicto israelo-palestino -clave en este asunto- no sólo no ha sido resuelto sino que ha sido conducido prácticamente a un callejón sin salida.

Mientras tanto, José Luís Rodríguez Zapatero, entonces en la oposición, lidera con decisión el rechazo de la guerra cada día más cercana. El PSOE reivindica los principios y valores de las Naciones Unidas por encima de decisiones unilaterales y articula una opinión pública común que se fue extendiendo por Europa como opción política y moral de primer orden.

Frente a la demagogia del Bush guerrero («Ejercemos nuestro poder sin conquista y nos sacrificamos por la libertad de quienes nos son extraños», Discurso sobre el Estado de la Unión, 28-1-03) o su ardor evangélico-misionero (similar al utilizado por Rajoy en la manifestación del pasado sábado) al calificar a Estados Unidos de «nación moral», Rodríguez Zapatero asumió en primera persona esa opción y no vaciló en participar en las manifestaciones anti-bélicas.

Ello le acarreó la calificación de «pancartero» que el sector cavernícola de la derecha española le aplicó, pero sobre ella centenares de miles de votos jóvenes construyeron un trampolín de dignidad que acabó llevando a un nuevo dirigente a La Moncloa.

En Azores, en marzo de 2003, Bush sentenció que había llegado «el momento de la verdad». En realidad, como se ha ido comprobando, todo era mentira. El momento de la verdad lo tenemos hoy, marzo de 2007, delante de todos nosotros. Reinos de taifas en Iraq, millones de refugiados y de desplazados fuera y dentro de sus fronteras, creciente odio sectario, peligrosa situación en Afganistán, Al Qaeda crecida y un Irán con aspiraciones nucleares frente a un Israel que posee el arma nuclear.

Bush continúa en la Casa Blanca, aunque el Partido Demócrata ha conseguido el control de las Cámaras, gastando 350 millones de dólares diarios en la guerra de Iraq y planea gastar miles de millones en un «escudo anti-misiles» absolutamente inútil para los auténticos problemas y dramas de nuestro tiempo y de la sociedad internacional. Es hora ya de ocuparse de las genuinas causas del terrorismo, de dedicar los presupuestos a la lucha contra la pobreza y el hambre en el mundo y a resolver, de una vez por todas, el conflicto árabe-israelí.