A la hora de afrontar la crisis se han producido diferencias entre las posiciones de los distintos países. Ahora, son los países emergentes los que se niegan a poner una tasa a los bancos, mientras que los países europeos aparecen como partidarios y, tal como expuso Sarkozy, dispuestos, varios de ellos, a llevar adelante esta propuesta. De cara a la reducción del déficit público se producían también diferencias entre Estados Unidos, partidario de no proceder a reducciones drásticas, y la Unión Europea, capitaneada por Alemania, que quiere conseguir la consolidación fiscal en poco tiempo. Al final se ha llegado a un compromiso por el que se aceptan las realidades distintas a las que se enfrentan los países, y se propone llegar a 2013 con los déficit actuales reducidos a la mitad.

No obstante esta suavización en la reducción del déficit, tanto el presidente de gobierno español como la vicepresidenta económica han manifestado su voluntad de conseguir tener un déficit del 3% para ese año. Nuestros dirigentes parece que se han hecho más ortodoxos que nadie, y parece que padecen la fe del converso. El objetivo que se marcan parece difícil de cumplir, para lograrlo habrían de llevarse a cabo ajustes duros, con el agravante de que se perjudique la recuperación. El problema, a pesar de los mercados, no es el déficit, sino el desempleo, la falta de crecimiento económico y las incertidumbres que se dan en la economía española.

En suma, tenues medidas las del G-20 para abordar las causas que han provocado los males existentes. El poder de los mercados financieros sigue igual que siempre, y ahora los países se encuentran, no sólo impotentes ante este dominio, sino que son víctimas de este excesivo poder. Los paraísos fiscales siguen existiendo. Está claro que nadie puede con ese gran poder que se resiste a ser regulado, y aunque se toman medidas por Estados Unidos para proceder a una determinada regulación, ésta sigue siendo muy tímida e insuficiente.

Si no se toman enérgicas medidas para limitar los excesos del mercado, ni qué decir tiene que tampoco se plantean proposiciones viables para cuestiones tan preocupantes como el cambio climático, la lucha contra la pobreza, el hambre y la exclusión, la seguridad alimentaria, la problemática energética de cara al futuro, el agua y las grandes desigualdades que se dan en el mundo de nuestros días. No existen propuestas globales a problemas que sí lo son, pero tampoco se adoptan soluciones locales a los enormes desafíos de carácter global.

Se sigue prisionero de un orden económico antiguo que se resiste a desaparecer. Lo ha señalado muy bien Wallerstein en el artículo “La debilidad de los Estados Unidos y la lucha por la hegemonía” publicado en Monthly Review en castellano (Editorial Hacer, 2004): “Hemos entrado en un mundo caótico. Tiene que ver con la crisis del capitalismo como sistema, pero no se discutirá ahora este punto. Lo que si diré es que la situación mundial caótica se mantendrá durante los próximos veinte o treinta años. Nadie la controla, y menos aún el gobierno de Estados Unidos. El gobierno de Estados Unidos va a la deriva en una situación que intenta gobernar en todas partes y que será incapaz de gobernar en ninguna. Eso no es bueno ni malo, pero no deberíamos sobrestimar a esas personas ni a la fuerza en que se apoyan”. Esto está escrito antes de que estallara la crisis actual, y antes de Obama, pero éste último aunque suponga un cambio sustancial frente a su antecesor no tiene capacidad para resolver los múltiples problemas que se derivan de esa pérdida de hegemonía, y el desorden en que se ha sumido el mundo.

Así, como dice muy bien Chistian Marazzi: “Estamos, en definitiva, frente a una crisis sistémica que reclama fundamental changes que, al menos por el momento ninguno está realmente en condiciones de prescribir de manera convincente” (La gran crisis de la economía global, Traficantes de sueños, 2009). Este artículo, al igual que otros que hay en este libro colectivo, es realmente recomendable para entender la crisis estructural por la que se atraviesa, y el porqué de la ineficacia de las medidas tomadas, que son básicamente paliativas pero que no resuelven los problemas.

En definitiva, estamos ante una crisis que va más allá de coyunturas concretas, es una crisis profunda que afecta a la estructura de un sistema tal como ha funcionado en los últimos años, pero que tiene ante sí múltiples retos a los que no se puede atacar desde el mercado ni desde las relaciones de poder que han predominado en el mundo en los últimos años. Aparece ante nosotros un mundo multipolar con países emergentes, que piden cada vez con más insistencia un lugar en las decisiones internacionales. Los cambios y transformaciones que se están dando no se están abordando eficazmente desde las instituciones internacionales, ni en las cumbres, ni por la ciencia social convencional. Lo que está en juego realmente es una lucha de poder y un nuevo escenario geopolítico internacional.