Al final, la realidad de los intereses se ha impuesto frente a las pretensiones o las ingenuidades de quienes piensan que las soluciones a los graves problemas del Planeta van a venir por la vía del mercado. Lo cual, sinceramente, me parece que es algo bastante simple y escasamente ajustado a los datos concretos de la realidad.

Los hechos están demostrando que en algunos aspectos críticos de la dinámica económica mundial las leyes del mercado son una falacia que no funciona –en los carburantes, por ejemplo–, al tiempo que el “no intervencionismo” en materias tan estratégicas como la alimentación y la agricultura van a ser cada vez más difíciles de “vender” a la opinión pública, además de que ha quedado demostrado, una y otra vez, que cuando se liberaliza el comercio de alimentos se acaban imponiendo las grandes empresas multinacionales y los países más ricos. Por eso no debe extrañar que tanto las grandes potencias emergentes como la gran mayoría de los países menos desarrollados no estén dispuestos a comprarnos el contrabando ideológico pseudo-liberal que con tanto empeño pretendemos venderles desde el mundo rico-dominante.

La realidad desnuda es que en la competencia global, si no va acompañada también por planes globales de desarrollo y de comercio justo, al final –e incluso al principio– da lugar a que los ganadores sean los países más ricos y desarrollados del Planeta, cuya población está manteniendo unos niveles de vida y consumo que no son realistas desde el punto de vista de los equilibrios y posibilidades del Planeta y de la distribución general de la población.

De ahí la ingenuidad –o la desfachatez– de algunos planteamientos que no toman debidamente en cuenta que el actual modelo de globalización es ingobernable y produce efectos bastante negativos en términos de equidad social y sostenibilidad. Por ello, lo que realmente habría que plantear son proyectos de regionalización económica y planes ambiciosos y rigurosos de cooperación para el desarrollo y de ordenación equilibrada del comercio mundial, para evitar que aumenten las brechas de desigualdad social y que se produzcan espirales de desequilibrios comerciales que al final no harán bien a nadie. Es decir, desde el mundo rico y desde algunos organismos internacionales hay que abandonar de una vez la idea de que los países que no forman parte del orbe desarrollado son un poco simples y están dispuestos a continuar operando con amplias “tragaderas” ideológicas, económicas y políticas, aceptando de buen gusto unos enfoques económicos que están fallando en la realidad concreta, sobre todo desde la perspectiva de la distribución equilibrada de la riqueza. O si queremos decirlo que manera más ruda, algunos deberían hacerse a la idea de que se ha acabado la argucia de jugar con ventajismo y con las “cartas marcadas”.