No se le puede negar a Nicolás Sarkozy que nunca (o casi) esconde sus intenciones. Ni los fracasos ni la hostilidad de sus adversarios, ni siquiera sus propias limitaciones, le disuaden de perseguir su ambición. Que es inmensa.

La audacia de Sarkozy le ha acarreado problemas antes, durante y después de su estancia en el Eliseo (2007-2012). Pero él está convencido de que sólo su audacia le devolverá a la máxima magistratura de la República francesa.

Este ‘petit-Napoleon‘ gusta del poder, cuanto más extenso mejor. En las aguas siempre turbulentas de la derecha francesa, no se ha mostrado partidario de practicar el muy habitual juego del “caliente y frío” (brillante fórmula francesa para definir la ambigüedad política o diplomática). Sarkozy va directo. Siempre que puede. Se recupera pronto de los reveses y casi nunca pierde de vista el objetivo.

UN OBJETIVO CLARO: EL ELISEO

Como cualquier líder histórico de la derecha francesa que se precie, desde De Gaulle, se ha impuesto la tarea de modelar a su conveniencia la gran plataforma política que le sirve de respaldo. El propósito ha sido siempre el mismo: construir un potente aspirador, capaz de atraer a las corrientes centristas o independentistas.

En el cónclave del pasado fin de semana en un hotel de lujo del decimonoveno distrito de París, Sarkozy ha querido escribir un capítulo más de esa evolución de la gran derecha francesa, desde el gaullismo de posguerra hasta un partido conservador europeo con ribetes propios, unificador de tendencias y familias, pero desprendido de las referencias más arcaicas. Con la vista puesta en la reconquista del Eliseo, mantiene la marca unificadora “República”, pero no como referencia, como sus predecesores, sino como patrimonio.

Con esa pretensión tan suya de apropiarse de lo que intuye como factor ganador, Sarkozy reclama para él, para los suyos, el símbolo político de la unidad nacional. La formación refundada se llamará «Los Republicanos». Poco importa que la pretensión pueda sonar -y lo sea- excluyente. Quizás se trate de eso. De ‘marquer le scandal’. De provocar.

Pero en la intención de Sarkozy hay otro elemento fundamental. No es otro que disputarle al emergente Frente Nacional el liderazgo de la defensa de lo nacional. Es la apuesta por los ‘valores’ que la noción «republicanos» supuestamente implica. A saber: laicidad, identidad nacional, responsabilidad individual.

El hombre que hizo de la preservación del orden (público, social) la divisa de su ideario político cree que ganará su próxima batalla si prevalece sobre el desafío que emerge con fuerza a su derecha. Sarkozy quiere conquistar ese voto desengañado, amargo y feroz que hoy recala en el Frente Nacional, sin desplazarse demasiado del centro. Espera que los sectores moderados de la sociedad francesa abandonen a la izquierda, desgastada por la crisis y dividida, como siempre.

IDEARIO Y ESTRATEGIA

Autoridad e identidad son los dos grandes principios de la refundación sarkoziana, como advierte oportunamente un analista de LE MONDE (1). ¿Qué implica este doble eje? El reforzamiento de la autoridad desde una identidad claramente republicana está dirigido a satisfacer las percepciones de inseguridad de ciertos sectores sociales, no sólo frente a la ‘amenaza terrorista’ sino ante la confusión de valores que provocan las tentativas de multiculturalidad, de pluralidad de creencias religiosas, de reivindicaciones sociales.

La propuesta de Sarkozy perfila enemigos sin decirlo expresamente: el Islam, en su faceta militante o activa, los agentes sociales que se aferran a los activos del Estado de bienestar y, finalmente, las ideologías que cuestionan los fundamentos más tradicionales del orden social nacional: familia y trabajo.

La nueva derecha tiene muy poco de nueva, salvo la munición con la que afronta la batalla de la reconquista presidencial. El valor del trabajo tiene connotaciones neoliberales demasiado conocidas. El mérito individual frente a la nivelación social. El esfuerzo de cada cual frente a la asistencia generalizada. La escuela como simiente de los valores nacionales. La ‘laicidad confrontacional’ (según el reproche de Régis Debray), como garantía de freno a las singularidades religiosas reinvindicativas.

Estas contraposiciones, pasadas por el tamiz nacional, fijan los ámbitos de la exclusión o, al menos, pone condiciones al ejercicio de la solidaridad. Se prepara una rebaja de los derechos sociales, de los subsidios de desempleo, de las prestaciones públicas, de los beneficios a los inmigrantes. La ‘devolución’ se hace más contributiva.

Sarkozy defiende el juego de ataque. «La Republica no debe recular» le dijo como ‘mot d’ordre’ a LE FIGARO, este mismo mes (2). En realidad, es una táctica de contraataque. Se trataría de arrebatar al Frente Nacional buena parte de su discurso y de su electorado, haciéndolo más respetable, menos antipático a los espíritus moderados de las clases medias. Utilizar al FN para desgastar a la izquierda, para desplazar hacia el espejismo social-nacional el malestar de esa base social desengañada, aún a riesgo de subvertir la República. De esta forma, un hipotético duelo final con Marine Le Pen, en 2017, podrá librarse en condiciones de superioridad. Peligroso juego de aprendiz de brujo.

Para conducir con las dos manos, aunque el volante se instale claramente a la derecha, Sarko se apoya en una dupla aparentemente plural: la ‘dialogante’ Nathalie Kosciusko-Morizet (Vicepresidenta) y el ‘combativo’ Laurent Wauquiez (Secretario General). Los rivales, antiguos (Juppé) o recientes (Fillon), son acogidos en esta ‘casa común’, pero más como rehenes de la estrategia, que como actores autónomos. Han sido silbados este fin de semana, quizás como recordatorio de su deber de pleitesía al patrón.

En fin, Sarkozy combina partido disciplinado, ideas sencillas (simples, incluso) y táctica de contraataque, de vaciamiento de las propuestas rivales. Para hacerlo tendrá que frenar el ascenso de Marine Le Pen, debilitada en su drama personal de asesinato (político) del Padre. Vampirizarle el discurso y ‘sanearlo’ con el suyo. Convertirse en Nicolás ‘Le’ Sarkozy.

(1) «Nicolas Sarkozy définit sa République». JEAN-BAPTISTE DE MONTVALON. LE MONDE, 30 de Mayo.

(2) LE FIGARO, 5 de Mayo,