Escribí este texto bajo la impresión de algunos ejemplos ilustrativos sobre la manera en la que estructuran y priorizan las informaciones los grandes medios de comunicación social. Veamos algún ejemplo. Es un día cualquiera, con todos los problemas que sufren millones de personas y familias, los medios destacaban -¿cómo es posible que siempre coincidan?-, por un lado, que al final Philip y Pierre se habían casado y eran muy felices y, por otro lado, que una joven latinoamericana estaba sufriendo en sus carnes las consecuencias del fanatismo y de la intransigencia de quienes no la permitían abortar en una situación vital límite. ¿Acaso estos asuntos son intrascendentes? Ni mucho menos. Yo estoy entre los que pueden entender la felicidad de unas personas o el terrible sufrimiento físico y humano de una joven cuya vida está en peligro. Pero lo que no entiendo es que las televisiones y las emisoras de radio solo destaquen eso y lo hagan con un despliegue desmedido de amplitud, recurrencia e intensidad, con imágenes y sonido en directo.

En el mismo día que ocurrían esas cosas -que tan felices y desgraciadas, respectivamente, hacían a determinadas personas- miles de seres humanos estaban muriendo de hambre –literalmente- en diversos lugares del mundo, varias familias eran destrozadas por las bombas en guerras y conflictos despiadados y fanáticos, muchas personas permanecían encarceladas en condiciones penosas, sin el más mínimo respeto a los derechos humanos ni a los principios civilizados de Derecho (incluido Guantánamo y el espionaje masivo), millones de jóvenes se encontraban abrumados, perdidos y sin horizontes de empleo ni futuro, en países en los que unas minorías insolidarias se enriquecen sin límites, se aprovechan del desmantelamiento del Estado y apenas pagan impuestos. Por no hablar del deterioro del medio ambiente, del esquilmamiento de los recursos naturales por pseudo-piratas sin escrúpulos, de las ingenierías financieras “imaginativas” orientadas a desvalijar a los ancianos y a las sufridas clases medias. Y un sinfín de tropelías y despropósitos que alientan un clima de descomposición social.

Y, mientras todo esto ocurre, los corifeos de la antipolítica practican el pim-pam-pum contra todo el que se mueva, o que proteste, o que pretenda trabajar por el bien común, intentando representar dignamente a sus conciudadanos en las instituciones públicas.

La conjunción entre un clima social, político y económico de crisis, de decaimiento y depresión (también psicológica), con un ambiente intelectual, comunicacional y político en el que se practica el pesimismo sistémico, junto a un permanente lamerse las heridas y echar balones fuera, compone un panorama decadente, en el que brillan por su ausencia los planteamientos orientados a hacer frente a los problemas con resolución y con un mínimo de ideas claras. Las propuestas concretas y rigurosas generalmente brillan por su ausencia, o son sometidas a la estrategia del silencio por esos medios de comunicación social que solo se fijan en lo negativo, lo anecdótico, o lo trivial. Sin menospreciar el valor de algunos asuntos, el problema es: ¿cómo proceden estos medios a la jerarquización de determinados problemas o cuestiones, quién lo decide, por qué se hace así y cuál es la finalidad que se persigue?

Cuando Bizancio había quedado reducida a la mínima expresión y estaba rodeada de enemigos voraces que aspiraban a repartirse los restos del botín, se cuenta que sus élites continuaban divagando finalmente sobre asuntos tan sutiles -y trascendentes- como el verdadero sexo de los ángeles.

Parece que en nuestro mundo y en nuestras sociedades ocurre algo similar. Desde luego, la felicidad de Philip y de Pierre no es algo que se deba despreciar, pero nadie podrá negar que mucho más importante y merecedor de atención es que cerca de mil millones de seres humanos tengan que intentar conciliar el sueño todos los días con esa horrible sensación de hambre en sus estómagos; y en sus almas… ¿Esta inversión de los hechos no es acaso un signo de decadencia? ¿Acaso no lo es la falta de respeto a los criterios más elementales de dignidad humana y a la vida de nuestros semejantes? ¿Acaso no lo es negar un futuro a millones de jóvenes, de mujeres y de excluidos y postergados? Y, sobre todo, lo es cuando nada concreto se propone o se intenta hacer para remediarlo, y cuando se esconden todos estos problemas en la trastienda de nuestras rutilantes sociedades, mientras los espabilados de turno intentan medrar, engordar sus bolsas, o ‘pillar’ lo que puedan en un vergonzoso espectáculo de saqueo apresurado y voraz de lo público, antes de que se acabe el “chollo”.

Cuando casi todos los grandes debates se resuelven a base de concluir que la culpa la tiene la señora Merkel y que “a ver si se logra que cambie algo (aunque solo sea un poco) en sus planteamientos austericidas”, cuando altos prebostes, cuya “elección” ha sido fruto de apaños recíprocos por debajo de la mesa y no del voto directo de sus ciudadanos, nos dicen con tono arrogante que hay que cerrar los Astilleros, o reintegrar una suma de dinero imposible, o sostienen que las recomendaciones de las altas instancias bruselinas (no electivas) en realidad son recomendaciones gravemente obligatorias, cuando un Ministro sostiene con gran seriedad que estamos en “crecimiento negativo” y otros varios le intentan emular con florituras conceptuales similares, cuando ilustres próceres diagnostican horribles problemas sociales y nos imponen combatirlos con más recortes y extraños “cambios estructurales”, que siempre acaban traduciéndose en que los menos pudientes tengan que estrecharse más los cinturones, cuando en la vida cotidiana -en la Universidad, en las empresas, en los partidos, en los hospitales, en los municipios…- se imponen las trampas, los incumplimientos, las simulaciones, las chapuzas, el trapicheo, el maltrato a las personas, los aprovechamientos y la vulneración de las normas escritas y morales, cuando se proponen remedios probadamente contraproducentes para determinados problemas económicos y sociales y se continúa persistiendo en ellos con tozudez, cuando se argumenta -sin pestañear- a favor de unas recetas y las contrarias con solo un pequeño intervalo de tiempo, cuando se persiste sin desmayo en detraer recursos a los pobres para dárselos a los ricos, cuando se parlotea sin descanso sin decir ni proponer nada concreto…, cuando todo esto ocurre y la sociedad y sus instituciones representativas no reaccionan de manera proporcionada a los riesgos y problemas que tenemos y que se avecinan, es evidente que algo grave está ocurriendo en Occidente.

Lo dicho, Spengler era un pobre ingenuo, falto de imaginación y de visión histórica a medio y largo plazo.