En primer lugar, porque Alemania ha conseguido imponer a los demás su modelo basado en las exportaciones y necesita, por tanto, que los demás estén en condiciones de ir absorbiendo los capitales y mercancías que coloca en el exterior. Alemania necesita mercados aunque la paradoja es, como explicaré enseguida, que al imponer políticas que los aseguren los hunde al mismo tiempo. Algo que inevitablemente ocurre cuando alguien trata de salir de un hoyo al que ha caído junto a otros simplemente tirando de su propio cabello.

En segundo lugar, Alemania está altamente preocupada por el bucle que se ha formado en las finanzas europeas y cuyo nudo gordiano tiene mucho que ver con los bancos españoles. El excedente de capital alemán de bastantes años fue siendo utilizado por los bancos alemanes para generar deuda (es su negocio y al igual que un fabricante de sillas trata de producir el mayor número de ellas, los bancos procuran crear el mayor volumen posible de deuda) prestando a bancos extranjeros o invirtiendo capital también fuera de sus fronteras. Cuando la situación se ha vuelto complicada porque los bancos dedicaron esa deuda a promover burbujas inmobiliarias y a acumular basura financiera, los acreedores últimos, los alemanes, temen con razón que empiecen a caer todas las fichas hasta volcarse finalmente sobre ellos. De hecho, eso es lo que ya ha ocurrido en cierta medida y ha hecho necesario que el estado alemán pague una factura multimillonaria que no quiere seguir liquidando en nuevas ocasiones.

Alemania busca, pues, que los demás, y especialmente España estén en condiciones de ir haciendo frente a la deuda final que sus entidades financieras tienen con las alemanas, y para ello es necesario que no se agraven los cuatro problemas fundamentales que los analistas extranjeros más rigurosos están poniendo sobre la mesa a la hora de valorar la gravedad de nuestra situación.

En primer lugar, la degradación de nuestra situación económica y su muy débil recuperación que impide disponer de los ingresos suficientes.

En segundo lugar, que si los ingresos no van a aumentar considerablemente los recortes que hubiera que hacer de gasto público serían, al mismo tiempo, muy problemáticos política y socialmente y demasiado onerosos para la propia economía porque con ellos disminuiría aún más su capacidad de recuperación.

En tercer lugar, las pérdidas que van a aflorar en el sistema bancario, y no solo en las cajas, a poco que se impida que se siga ocultando su situación patrimonial.

Y en cuarto lugar, la resultante de combinar todo ello, porque las dificultades de colocación de la deuda pública afectarían a los bancos que están muy expuestos a ellas y este efecto se trasladaría a su vez al exterior, de modo que si se da una conjunción desafortunada de estas circunstancias será inevitable, como afirman un buen número de los confidenciales financieros, que finalmente haya que recurrir a un apuntalamiento interno (que además y como ya expuse en artículos anteriores en SISTEMA DIGITAL, incluso serían deseados por ciertos grupos de interés).

Alemania, debería ser en principio más favorable a que no se llegara a esta situación porque ello obligaría a poner en la mesa recursos adicionales muy cuantiosos pero es posible que ya piense que no las tiene todas consigo y que lo que se esté preparando es cómo hacer frente a las dificultades que ya se consideren que se le van a presentar inevitablemente a España en los mercados internacionales y en el interior de su propio sistema financiero en los próximos dos o tres meses.

Por eso, ahora que la señora Merkel nos visita para exigirnos disciplina, para reclamar nuevas reformas como la laboral o la de las pensiones, que en realidad no vienen a resolver ningunos de los problemas actuales de nuestra economía sino que tan solo buscan satisfacer demandas antiguas de los grandes grupos financieros y, por tanto, agradar a «los mercados», es conveniente recordar que una buena parte de los males que sufre no solo la economía española sino la europea en su conjunto provienen de la naturaleza del modelo económico que Alemania ha impuesto a Europa.

Y eso es mucho más oportuno justo ahora que el tirón de la economía alemana se está poniendo una vez más como ejemplo a seguir por los demás países.

El «ejemplar» modelo económico alemán de los últimos años es en realidad un devorador neto de bienestar social que se mantiene sobre una continua pérdida de peso de los salarios sobre el conjunto de la renta nacional.

Uno de cada cinco trabajadores alemanes trabaja por menos de 6,5 dólares a la hora y uno de cada tres empleos creados en ese llamado milagro alemán del empleo son precarios (los datos que siguen están tomados de «Caen los salarios reales en Alemania», Boletín de actualidad sociolaboral, Consejería de Empleo e Inmigración española en Berlín. En: www.mtin.es/es/mundo/Revista/Revista127/135.pdf).

Desde 1998 a 2008 el número de trabajadores que ganan menos de 2/3 del salario medio, los considerados trabajadores pobres, ha aumentado en 2,3 millones y ahora ya hay 6,5 millones en esa situación y los salarios reales en toda la economía alemana no hacen sino bajar constantemente.

De 2004 a 2008 cayeron nada más y nada menos que un 16,4% en la manufactura. Y, sin embargo, y en contra de la insistente tesis neoliberal de que es preciso que haya moderación salarial para crear empleo, en ese sector se perdieron 640.000 empleos en ese periodo.

Los beneficios, por el contrario, subieron como la espuma. De 2000 a 2007 una media de 7,7% al año, frente a un 1,1% del salario medio. El resultado fue que en es mismo periodo la renta nacional aumentó en unos 299.000 millones de euros, de los cuales 82.000 millones correspondieron a salarios y 217.000 millones a beneficios empresariales y patrimoniales.

Pero estas enormes ganancias obtenidas por las empresas y capitales alemanes no se han aplicado a mejorar la condición de vida de sus ciudadanos, lo que ha hecho que Alemania registre los mayores incrementos de desigualdad en los últimos años.

La orientación hacia el exterior de la economía alemana se tradujo, en el periodo referido de 2000 a 2007, en una salida de más de 270.000 millones de euros de media al año, que fue dirigida a destinos puramente especulativos, a inflar burbujas inmobiliarias y a promover la evasión y la inversión improductiva.

La consecuencia es que ahora los bancos alemanes están colgados de un hilo demasiado delicado que ellos mismos han tejido y la propia economía alemana supeditada a una recuperación de las demás (para que sea viable su oferta exterior) que se hace cada vez más difícil cuando sobre ellas pesa una losa gigantesca en forma de deuda (impulsada por los propios bancos alemanes) y de austeridad impuesta para asegurar su cobro.

Y esa es la paradoja a la que se enfrenta la Alemania de la señora Merkel que nos visita: impone políticas austeras a los demás países pero esas políticas deprimen la capacidad de gasto y crecimiento, que es justamente lo contrario de lo que necesitarían para satisfacer la dependencia alemana de su demanda externa y para poder hacer frente con seguridad a los pagos de la deuda. para defender a sus grandes bancos y empresas no solo se equivoca en contra de los demás, sino de los intereses de su propio país, si entendemos que un país es algo más que la gran empresa y la banca como continuamente se nos quiere hacer creer.

En realidad, Alemania está generando en su interior una especie de «milagro chino» sofisticado, de bajos salarios interiores y basado en la exportación, para lo cual ha endeudado a media Europa. Un modelo cuyas bases ya vienen poniéndose desde años atrás y sus consecuencias son evidentes. Ha proporcionado a las grandes empresas europeas y a los bancos más beneficios de los que nunca antes habían obtenido pero, al mismo tiempo, ha producido un incremento de las desigualdades, de la pobreza y, sobre todo, de la capacidad de riqueza productiva. Basta ver el caso español, con sus mejores activos en manos de capital extranjero, y con actividades agrarias, industriales o de servicios de alto valor añadido reducidas a su mínima expresión cuando no están en manos de grandes grupos europeos.

No es una buena mercancía la que viene a vendernos la señora Merkel. Su Europa no conviene a la ciudadanía que vive del trabajo ni a las pequeñas y medianas empresas que no gozan de mercados globales cautivos. Deberíamos aprovechar la oportunidad de su visita para decirle justamente lo contrario de lo que quiere oír, que la sumisión que nos exige no nos satisface y que queremos otra Europa.