El mensaje de Obama es consistente con las otras grandes proclamas escuchadas en la Convención de Charlotte, Carolina del Norte. Los pesos pesados demócratas han sostenido, en discursos y estilos variados, que el pueblo norteamericano decidirá entre dos modelos de sociedad: uno más individualista/egoísta y otro más colectivo/solidario.

El ex-presidente Clinton, erigido el gran animador de la fiesta, lo dijo con estas palabras: «si quieren un país en el que los ganadores se lo lleven todo y cada uno busque su conveniencia, voten a los republicanos; si quieren, en cambio, un país de prosperidad y responsabilidad compartidas, entonces voten a Obama y Biden».

De forma más poética, más retórica o más de sociedad ideal en el imaginario norteamericano, la esposa de Obama, Michelle, encargada de la carga emotiva del encuentro, afirmó que su marido sabe bien «cómo hacer realidad para todos el sueño americano en el siglo XXI».

Este ‘leit-motiv’ de la Convención Demócrata ha sido en parte voluntario y en parte forzado. No son tiempos de optimismo y hay que apelar a los grandes ideales. Pero más allá del ‘aire caliente’ de una ocasión como ésta, lo que está en mente de la dirección demócrata es el triunfo electoral.

Como el peso de la crisis recae más sobre el que gobierna que sobre el que espera beneficiarse del desgaste para tomar las riendas, los demócratas necesitaban una estrategia ganadora en un entorno hostil. No resultaba eficaz proclamar promesas de resultados inmediatos. Lo dijo Obama en su discurso: «no pretendo decir que lo que ofrezco sea rápido y fácil; harán falta años para afrontar los desafíos que se nos presentan».

Este mensaje nos suena, ¿no? Algo así han dicho, estos últimos meses, los dirigentes europeos al competir en unas elecciones o al iniciar su tarea de gobierno: Hollande, Rajoy o Monti (por citar sólo los últimos). ¿Les diferencia su modelo de sociedad? Solo en los matices.

¿Ocurre algo similar en Estados Unidos? Seguramente, si. los demócratas enfatizan el enfoque del modelo de sociedad como una estrategia electoral, aunque lo presenten como una cuestión esencial o de identidad. Naturalmente, no es lo mismo votar a Romney que a Obama, pero ambos no representan modelos tan distintos como pretenden los demócratas.

Si la Convención republicana fue -como decíamos en el comentario anterior- un aquelarre de mentiras groseras y casi desvergonzadas, el cónclave demócrata ha sido un esfuerzo de reconstrucción de un imaginario político, no ajeno completamente a la realidad, pero tampoco cabal. Uno de los episodios más destacados, el discurso de Bill Clinton, es el mejor ejemplo de ello.

El ex-presidente dedicó su discurso a fundamentar con datos y estadísticas las diferencias históricas e inmediatas de las gestiones demócratas y republicanas. Resistió la tentación de airear en demasía sus éxitos macroeconómicos, para no parecer que promocionaba más su legado que el mandato de Obama (como algunos temían que hiciera). Contrariamente a los republicanos, no mintió. Pero sí eludió o silenció ciertas realidades importantes. Por ejemplo, que durante su presidencia se prolongaron las políticas de desregulación y descontrol financiero que condujeron luego a la catástrofe; o que tampoco se frenó la desigualdad social iniciada en los ochenta. Clinton escenificó la representación de un mundo igualitario que el ‘establishment’ demócrata proclama más que practica, sin duda para conectar con sus bases, para no decepcionar sus expectativas.

Ese mismo empeño fue el de Michelle Obama, pero en el plano personal, el que se dirige sin atajos al corazón. Al proclamar que los cuatro años en el Casa Blanca «no han cambiado a Barak», la ‘primera dama’ quiso asegurar que su marido -y ella misma- no se habían apartado de los millones de norteamericanos que se han abierto paso mediante el trabajo y el esfuerzo diarios. Que seguían siendo como ellos. Otra construcción imaginaria, que no falsa.

¡VIVA LA CLASE MEDIA!

Hay que matizar, sin embargo, que el destinatario de los mensajes políticos e imaginarios de la Convención no han sido las clases o los grupos sociales más desfavorecidos. La protagonista en Charlotte ha sido, explícitamente, la ‘clase media’. Y aquí es donde se desvela la estrategia de la dirección demócrata. La clase media es la que decidirá la contienda electoral de noviembre (y cualquier otra). Esa mayoría de la población, «presionada y acosada», como dijo Elisabeth Warren, la oradora más a la izquierda de la Convención, no tiene, sin embargo, un modelo de sociedad único. No tiene referencias ideológicas uniformes, como en cualquier país occidental. Puede ser tan insolidaria como las clases más favorecidas. Peo ahora hay que conquistar su corazón, ganar sus votos, hacerles sentir víctimas de unas políticas que muchas veces apoyaron, consciente o inconscientemente, imbuidas por esa ‘cultura del éxito’ que los demócratas en este momento critican o cuestionan no como tal, sino en la versión interpretada por los republicanos.

Al cabo, de eso se trata. No de elegir entre dos modelos de sociedad, sino entre dos interpretaciones -más áspera o más suave- de un mismo modelo compartido por republicanos y demócratas. O, en la claves de las Convenciones de estos días, entre la mentira y la representación. Entre el cinismo y la compasión. Nada más… O nada menos.