La conciencia social que se han alcanzado sobre el drama de Haití es una buena ocasión para entender las exigencias de la cooperación internacional. En Haití el terremoto, en realidad, ha venido a causar un daño añadido sobre una herida que ya estaba abierta, sumando muerte y destrucción a una pobreza y una desarticulación social y política que estaba matando poco a poco a una población paciente. Ahora las fotos y los reportajes han saltado a primer plano y han penetrado con fuerza en nuestros hogares. Pero hay que ser conscientes de que, antes de que esto ocurriera, la realidad lacerante del hambre estaba causando una mortandad similar en múltiples lugares del mundo.

En Haití se calcula que han muerto en el terremoto 100.000 personas. Y precisamente esta misma es la cifra que estiman los organismos de la ONU sobre muertos diarios en el mundo a causa de la desnutrición y las carencias vitales básicas. Es una cifra tan tremenda que cuesta trabajo asumir que sea cierta, igual que el número total de hambrientos, que la FAO ha llegado a situar en más de mil millones de seres humanos en 2009. Es decir, más del doble de habitantes que tiene la orgullosa y próspera Europa ampliada. Sinceramente, he de reconocer que a mí me cuesta trabajo entender y traducir correctamente estas cifras. Por eso, entiendo perfectamente que la opinión pública mundial se conmocione más ante una tragedia como la de Haití, con un terremoto que causa en un solo día 100.000 muertos, que con el otro terremoto silente, pero no menos real, de las carencias alimentarias y vitales que también causan 100.000 muertos todos los días. De hecho, bastantes más que el terremoto de Haití. Pero, la comunicación es la comunicación, y las corrientes de opinión se producen como se producen, a partir de imágenes impactantes y no en función de frías estadísticas e informes sociológicos.

Cuando se producen hechos como el de Haití, uno de los problemas es que, después de la tragedia, suele venir la rabia al comprobar que las corrientes de solidaridad no se suelen traducir y transmitir con la eficacia y rapidez que sería necesaria. De ahí la frustración que generan noticias como la acumulación de recursos en los aeropuertos, las dificultades para su eficaz distribución, la reduplicación de algunos elementos de ayuda (mientras faltan otros), o incluso noticias tan tremendas como la de esos guardias fronterizos que se van a dormir cuando “termina su turno” y las caravanas de ayuda quedan bloqueadas en la frontera hasta el día siguiente.

Por eso, estas situaciones debieran servir para impulsar criterios internacionales de ayuda más eficientes y mejor coordinados. A nivel nacional, habría que empezar, por ejemplo, por reforzar la capacidad coordinadora de las entidades públicas. Sin duda, la labor que realizan muchas ONGD es muy meritoria y habría que potenciarla, pero para evitar reduplicaciones y acumulaciones de esfuerzos, habría que asumir esquemas de mayor y más eficiente coordinación a priori, haciendo más operativos los que ya existen.

Lógicamente, algunas disfunciones organizativas se multiplican a nivel internacional, dando lugar a no pocas ineficiencias, sub-utilizaciones de recursos y retrasos en momentos en los que la buena organización y la rapidez son vitales. Por ello, hay que potenciar más el papel de Naciones Unidas en este sentido, garantizando una más eficaz puesta en común de los recursos de los países que más pueden hacer en casos como éste. Y, para ello, hay que garantizar la máxima eficacia, agilidad, solvencia y honestidad en el proceder de los organismos especializados de Naciones Unidas. Y, la verdad, es que no sé si cuando pase la situación más grave algo habría que reflexionar sobre lo que estaba haciendo Naciones Unidas en Haití –y cómo lo estaba haciendo– y sobre la capacidad y la forma de reaccionar de los miles de funcionarios y cascos azules que Naciones Unidas ya tenía desplegados en la isla. Pero, de momento, lo que procede es ayudar, curar las heridas y mantener vivo el impulso de la solidaridad internacional, entendiendo que nos encontramos ante una de las más graves catástrofes humanitarias conocidas, y además con el agravante de tener lugar en un país con enormes debilidades políticas.