EL DOBLE FRENTE JIHADISTA

Lo que ha puesto en alerta a los países árabes vecinos y a las potencias occidentales ha sido la confluencia de estas actuaciones con el recrudecimiento de los desafíos terroristas en el vecino Irak. La cadena de una cuarentena de atentados realizados en varias localidades del país, con más de un centenar de víctimas en total, ha sido reivindicado por grupos locales de Al Qaeda, que parece tener un líder respetado, Abu Baker Al Baghdadi, del que poco se sabe, más allá de sus pretensiones por convertirse en heredero Al Zarquaui, liquidado ya hace unos años por el ejército norteamericano.

Al Baghdadi transmitió el pasado fin de semana un mensaje en el que se congratulaba por el ‘coraje y la paciencia’ de los hermanos combatientes en Siria. Días después, uno de sus subalternos en Irak, de seudónimo Abu Thuha, en Kirkuk, proclama el objetivo de crear en ambos países una especie de ‘Estado islámico unificado’ que declararía la guerra a Irán e Israel y liberaría Palestina.

Más allá de la evidente intencionalidad propagandística carente de realismo, esta proclama puede considerarse un síntoma de la vinculación existente entre las organizaciones ‘jihadistas’ suníes que operan en Siria e Irak, según admiten algunos expertos y estudiosos norteamericanos. Los alauíes sirios, minoría en su país, constituyen una versión local del chiísmo, mayoritario en Irak y detentador del poder después Saddam, que impuso el dominio de la minoría sunní. Alauíes sirios y chiíes iraquíes cuenta con la protección más o menos firme de Irán. De ahí que la disputa interna en ambos países tenga un alcance regional.

La confirmación independiente de la presencia de Al Qaeda en Siria es y será aprovechada por el régimen sirio, que pretende presentar la insurgencia como la acción de células terroristas. Obviamente, se trata de una imputación interesada con la que se quiere deslegitimar globalmente a la oposición. Pero la afirmación no es completamente falsa, aunque algunos portavoces del opositor Congreso Nacional Sirio hayan asegurado no tener evidencia de la presencia de sucursales de Al Qaeda en Siria.

No es eso lo que dicen altos funcionarios iraquíes, quienes aseguran, según cita THE NEW YORK TIMES, que “los extremistas buscados por Irak son los mismos que ahora está persiguiendo Siria”. Irak no sería el único lugar de procedencia de los ‘binladistas’ que combaten en Siria. Bab al-Hawa, puesto fronterizo con Turquía, ahora bajo control rebelde, se habría convertido en “punto de congregación jijadista”, según el diario neoyorquino.

Por otro lado, los rebeldes sirios que combaten en las calles a los soldados de Assad expresan cierta indiferencia ante la supuesta presencia de células de Al Qaeda –no desde luego rechazo- e incluso la dan por bienvenida, si contribuye a derribar el régimen.

EL OJO Y EL PUÑO DE ISRAEL

Estas informaciones de la prensa occidental acerca de la amenaza combinada de Al Qaeda en Siria e Irak se han sumado a las propagadas sobre el riesgo latente que supone el arsenal químico del régimen alauí. La confirmación de un portavoz oficial del Ministerio de Exteriores en Damasco, luego matizada por el propio titular del departamento, se ha interpretado no tanto como una amenaza sino como un puro ejercicio disuasorio. Es decir, confirmamos que disponemos de las armas para hacer más creíble su uso como último recurso, si se produjera una ‘intervención extranjera’.

En Israel se dispararon las alarmas. O, más bien, cabe decir que se puso al día el discurso, porque los planes de contingencia israelí están a punto desde el comienzo de la crisis. Tanto los servicios de inteligencia como el liderazgo político contemplan con preocupación la evolución de los acontecimientos.

Lo que más se teme es que, en una acción desesperada, un sector del Ejército propicie una transferencia del arsenal militar –y en particular de las armas químicas- a los milicianos chiíes libaneses de Hezbollah. O que, en caso de derrumbamiento precipitado del régimen, ese armamento sea capturado por combatientes indeseados de la rebelión. El Ministro israelí de Defensa, el laborista Ehud Barak, aseguró que, ante la inminencia de cualquiera de los dos casos, contemplarían una operación militar para impedirlo. En LE MONDE, Gilles Paris, especialista en Oriente Medio, ponía en boca de un “alto responsable diplomático francés” que esa “sería una razón suficiente para provocar una intervención americana o israelí”.

Los israelíes se han desmarcado de la simpatía occidental hacia los rebeldes, como han hecho en el resto de las revueltas árabes. En Jerusalén prefieren el ‘statu quo’, porque temen que el descontrol de la situación permita derivas alarmantes. Si bien es verdad que la derrota del clan Assad y el final de la hegemonía alauí en Siria tendría el efecto de privar a Irán de su principal aliado en la zona y debilitaría tremendamente a los chiíes de Hezbollah en Líbano, la mencionada emergencia de Al Qaeda cuestionaría esas ganancias. Israel había iniciado hace años unos contactos discretos con Siria, bajo mediación turca, que ciertamente no condujeron a nada. Pero, de alguna forma, los manejos de Damasco habían dejado de constituir una preocupación mayor para Israel, salvo en su capacidad para ejercer un papel desestabilizador en Líbano.