María Dueñas no defrauda. Y no lo hace porque es una escritora ágil con la pluma y excepcional contadora de historias. La templanza es una novela de personajes nublados por la precipitación del vivir, un vivir marcado por la continua mudanza e incertidumbre. En sus más de quinientas páginas se recorren escenarios de la segunda mitad del siglo XX, tan alejados geográficamente entre sí, como la Habana colonial, las Antillas o Jerez.

Dice la sabiduría popular “!cuantas vueltas da la vida!”, a lo que me permito añadir que cuan menesterosos pueden ser nuestros planes de futuro, siendo como es la vida caprichosa y fugaz. En esas lides se adentra este relato, en las glorias y derrotas en nuestro camino, en las pasiones humanas, en el resurgir de las tinieblas cuando se atisba luz, esa luz que irradia esperanza en nuestros espíritus, que nos hace seguir adelante, que nos permite redescubrir lo maravilloso de las pequeñas cosas y retomar por derecho propio las riendas de nuestra existencia, aunque ya nunca soslayemos que podemos de nuevo extraviarnos en las fauces del dragón.