Han pasado de un primer ministro que gobernaba sin haber sido elegido, a un probable nuevo primer ministro que ha sido elegido pero que no podrá gobernar. Bersani tiene voluntad de gobierno y programa de gobierno, pero carece de mayoría parlamentaria y tiene enfrente dos personajes que limitan drásticamente su margen de acción: Grillo y Berlusconi. El primero puede asumir responsabilidades pero no quiere, y el segundo quisiera asumirlas más que nada en el mundo pero no puede. El panorama no puede ser más endiablado.

Precisamente cuando Europa más necesitaba un gobierno italiano progresista, que sumara fuerzas con Hollande para cambiar el rumbo austericida en la economía continental, Bersani aparece absurdamente maniatado por las dificultades de la gobernación doméstica.

Pero hay otra lectura por hacer en la decisión del electorado italiano. La desafección política que se extiende por toda Europa, especialmente en el sur más castigado por la crisis, se ha traducido en el país de la bota en forma de avance populista. Hasta el punto de que el primer partido en votos ha sido el no-partido liderado por un cómico que se jacta de insultar a todos los políticos. Resulta legítima y explicable la crítica a la política más tradicional, y tiene una base cierta el reproche a su ineficacia y a su resistencia al cambio. Pero la respuesta a la mala política no puede ser la antipolítica, porque esta no lleva a ningún sitio. Al menos a ningún sitio bueno.

Puede que muchas o casi todas las acusaciones vertidas por Grillo y sus socios hacia el ‘establishment’ italiano estén más que justificadas, pero no es aceptable presentarse a unas elecciones y pedir el voto tan solo para descalificarles. Cuando un ciudadano o un grupo de ciudadanos solicitan el apoyo para su candidatura electoral, han de contar con un programa propio para solucionar los problemas y atender los retos de aquellos a los que aspiran a representar. Recabar el voto, obtenerlo y declinar la responsabilidad de contribuir a la administración de los asuntos colectivos constituye un fraude tan grande o más que aquel al que aspiran a denunciar Grillo y los suyos.

Si no les gusta la política que practican los partidos de siempre, que hagan una política distinta. Ahora tienen fuerza para ello en la sociedad y en las instituciones. Si no están de acuerdo en cómo se organizan y en cómo funcionan los partidos de ahora, que inventen una nueva manera de organizarse y funcionar. Pero estar en política tan solo para regalar los oídos de los más enfadados, desentendiéndose de las soluciones, se llama populismo. Y el populismo es el cáncer de la democracia. Solo conduce a la frustración y el desastre.

Y ojo con los nuevos caudillismos. El discurso que denigra a los intermediarios entre el líder clarividente y su pueblo no es un discurso nuevo en Europa. Ya hemos tenido experiencias con aquellos que desechaban a los partidos y a los parlamentos por ineficaces y corruptos, ofreciéndose ellos como los “salvadores” del mundo. ¿Para qué hacen falta partidos y parlamentos si tenemos tan claro quiénes no deben mandar y quiénes sí? No es la primera vez que en nuestra historia se rechaza la democracia representativa, a favor de otras “democracias directas”. Ya tenemos esa experiencia, y no es una buena experiencia.

Por tanto, cabe hacer al menos dos lecturas a partir del fenómeno ‘grillista’ y la encrucijada italiana. Merkel y compañía deben tomar nota: su estrategia de estrangulamiento económico y de pauperización social puede conducir a un estallido institucional en toda Europa. Urge rectificar. Y las poblaciones del sur de Europa han de medir bien la naturaleza y el alcance de las transformaciones a emprender. Las alternativas vigentes pueden parecer faltas del atractivo de la radicalidad, pero hay radicalidades que matan cualquier alternativa viable.