“La Ventana” es la última película de Carlos Sorín, el director que nos impresionó con “Historias mínimas” y que con su segundo film “Bombón, el perro” nos desfraudó en las expectativas que teníamos en él. Pero para fortuna de todos, en esta ocasión, nos compensa con creces.

El realizador fija su mirada en los últimos compases de la vida de Antonio, un escritor postrado en cama que espera la visita de su hijo. Mientras los ecos del pasado le asaltan, el choque paterno-filial se hilvana mediante gestos mínimos, invocados desde ese territorio cotidiano y enigmático que es el ámbito doméstico.

Sin duda, su mejor logro es la poética con la que nos transporta a través de los enclaves espectrales de la vida (los sueños, la memoria y la muerte) a través de un delicado y magistral uso de la luz, el sonido y el correr del tiempo. Todos ellos, ingredientes del buen cine.

Sorín hace gala de un estilo austero y preciso, con formas despojadas de todo artificio que dificulte llegar al alma de los personajes. Le interesa recoger los momentos íntimos de gentes sencillas, capturar el paso del tiempo y la percepción de una realidad cotidiana. Mima tanto los papeles protagonistas como cada gesto del último secundario.

Es un retrato de la muerte sin tremendismos ni aspavientos, con cierto relativismo y algo de tristeza hacia lo que la vida puede ofrecer y que el tiempo se encarga de hacer desaparecer. La felicidad, los afectos, el amor, los bienes materiales, los deseos son vistos en su precariedad pero también en su esencia, contemplados en su justa medida.