Por lo tanto, aún sin considerar los resultados prácticos que logren alcanzarse a medio plazo, la votación tiene, en sí misma, unos efectos que pueden ayudar a paliar las consecuencias de los resultados adversos de las elecciones del 25 de mayo. La votación lanza una señal pública de que los socialistas no se han quedado arrugados y cabizbajos, limitándose a lamerse las heridas.

Pero no hay que engañarse, la votación es un mero proceso instrumental de carácter interno que, por sí sola, no va a lograr modificar las percepciones de aquellos que piensan que el PSOE en estos momentos es un partido anquilosado y demasiado centrado en las cuestiones instrumentales de carácter interno. Por lo tanto, una vez concluido el escrutinio, lo que se espera del PSOE es que se vuelque en los grandes problemas sustantivos que en estos momentos preocupan a la mayoría. Empezando por el gran reto del paro y la precarización laboral.

En el PSOE habrá que trabajar a fondo para articular un programa de gobierno que implique una alternativa real frente al desastre al que nos están conduciendo las políticas suicidas de la derecha europea. Y esto habrá que hacerlo con la suficiente credibilidad como para que los electores indignados y defraudados vuelvan a confiar en el PSOE, como un partido digno de crédito que no está situado al otro lado de la barrera entre ese “ellos y nosotros” que han trazado muchos ciudadanos recelosos de la política.

¿Cómo lograr superar las brechas y desconfianzas existentes? Ese va a ser el quid de la cuestión en los próximos años. Y no va a ser fácil. Por ello, desde las filas socialistas, habrá que entender que no se está ante una cuestión de palabras y discursos.

De momento, en el PSOE se ha logrado hacer frente a una demanda de renovación de liderazgo que planteaba una parte importante de la opinión pública, a veces influida, y manipulada, por sectores interesados y bastante ajenos al socialismo. Pero, aunque los problemas políticos de fondo de la España actual no sean realmente una cuestión de edad o generación, lo cierto es que esta demanda había arraigado y eran muchos los que reclamaban caras nuevas para empezar a considerar nuevamente al PSOE como una opción política creíble, e incluso necesaria.

No obstante, hay que ser muy ingenuos para pensar que la edad o el carácter “inédito” de unos líderes nuevos va a operar, por sí solo, como una especie de pócima mágica, o bálsamo de fierabrás, capaz de poner fin, como por ensalmo, a todos los males del socialismo español. En este sentido, hay que ser conscientes de que “lo nuevo” es una de las mercancías políticas que más rápidamente envejecen, con el mero transcurso del tiempo.

Por ello, hay que ser capaces de interpretar bien en qué consiste exactamente la demanda de un cambio de liderazgo en el PSOE, y en qué manera esto puede influir o no influir en el electorado español desencantado. En realidad, lo que muchos antiguos votantes del PSOE y muchos jóvenes están planteando es la necesidad de nuevos líderes fiables que no repitan lo que el último Felipe González y el último José Luis Rodríguez Zapatero hicieron de puertas adentro y de puertas afuera del PSOE, actuando de acuerdo a lo que ellos buenamente consideraron (“con coraje” –como algunos decían) y al margen de los Congresos del PSOE y de las promesas y compromisos electorales contraídos. Esto, y no otras cosas, es lo que ha decepcionado y distanciado a determinados sectores del electorado socialista. Al margen del prestigio que ambos líderes y ex Presidentes del Gobierno mantengan como figuras políticas que son parte de la historia reciente de España.

Y de eso se trata: de entender que ambas figuras son parte de la historia, con sus aciertos y sus errores. Pero, lo que no puede ser es que operen como una especie de carga pesada –e inevitable– en las espaldas de los nuevos líderes socialistas. Sus errores, incumplimientos e inconsistencias, sobre todo los de la última etapa de Rodríguez Zapatero, no pueden ser una pesada losa en las posibilidades de futuro del socialismo español. En consecuencia, el nuevo líder del PSOE tendrá que ser capaz de marcar muy nítidamente, y desde el primer momento, la frontera con los errores del pasado, estableciendo cortafuegos eficaces que eviten que él llegue a ser juzgado por decisiones que nunca tomó o compartió, ni se vea condicionado por posiciones estratégicas o por líneas argumentales que no forman parte de sus planteamientos. El ejemplo de Felipe González en las últimas elecciones europeas cayendo (¿cayendo?) en la “trampa” de una pregunta “ingenua” sobre una eventual coalición PP-PSOE es un claro ejemplo de cómo en un minuto se puede hacer trizas toda una línea argumental de campaña, con efectos muy negativos en las urnas. Y eso es algo que ha sucedido en más de una ocasión. Por lo tanto, si el nuevo líder del PSOE no tiene claro cómo establecer cortafuegos nítidos y radicales en este sentido –por doloroso que pueda resultar personalmente– habrá que ser consciente del peso que se echa a la espalda. El peso y los riesgos incontrolables.