Ya es una realidad, rodearse de muros, colocar cámaras de vigilancia, contratar vigilantes privados, permitir sólo a los residentes o a los que vayan acompañados de ellos la entrada. Todo, por el sacrosanto objetivo de asegurar la persistencia de nuestra forma de vida. Prohibimos la entrada a otros, pero, sin darnos cuenta, nos encerramos nosotros mismos.

En beneficio de la protección perdemos el derecho a la privacidad, sacrificamos nuestra intimidad, sin duda, pagamos un precio demasiado alto para sentirnos seguros ya que realmente nunca lo lograremos. No importa la altura de los muros, la sofisticación de los sistemas de video vigilancia, ni el número de agentes que contratemos, porque mientras exista desequilibrio e injusticia, siempre habrá alguien que se los salte.

Esta película apuesta por el Estado de Derecho, aboga por el imperio de la Ley para regular la convivencia en la sociedad. Reivindica que el que delinque, como ciudadano, también debe tener un marco de justicia que garantice sus derechos.

Lo más destacable de la trama es el conflicto interior que se le plantea a un joven residente de La Zona que se ve obligado a enfrentarse a un mundo más amplio que el de la comodidad de su propia vida. Los sucesos de violencia que ve, más la relación con el ladrón le hacen cuestionarse absolutamente todo. Le abocan a descubrir por él mismo, desde su reflexión personal, los principios éticos sobre los que quiere asentar su propia existencia.

El uso de distintas texturas en la imagen logra marcar la diferencia entre estos dos mundos. Las cámaras de circuito cerrado nos generan la sensación de estar en permanente vigilancia y nos empujan hasta las actitudes totalizadoras provocadas por el miedo individual y colectivo.

Sin duda, es un film que remueve las conciencias e invita a reflexionar.