Esta exposición, planeada hace año y medio por Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen-Bornemisza cuando se encontraba, según sus declaraciones, en el momento más crítico de una depresión, parecen conducirnos a lo más profundo de la angustia, abundando en el tratamiento que da Georges Bataille al erotismo en sus ensayos “El erotismo y Las lágrimas de eros”, donde se puede decir que aprecia el mismo como una angustia ascética profanadora del deseo prohibido, acercándonos la exposición más al concepto de culpa que al goce de los sentidos. Así la muestra se inicia con Man Ray (“Lágrimas”, 1932) y acaba con cuerpos recortados (Giambattista Tiepolo, “David con la cabeza de Goliat”, 1715-16), quien sabe si ofreciéndonos cuerpos demediados como castigo ante el exceso.

Mas el eros es angustia y risa (Pascal Quignard, “El sexo y el espanto”. Barcelona, Ed. Minúscula, 2005) y hoy, unos cincuenta años más tarde de esos ensayos, se nos antoja el erotismo como una liberación del deseo, sin coacción alguna, donde esa “carne” de la que Bataille habla, que podría herir moralidades de dudoso rigor, es ahora el brillo de una seducción que aventaja al rito sagrado porque nos sitúa en una mística del placer (sarx epicureísta), en unos cuerpos sin lenguaje, sin el temor de una profanación sagrada: erotismo sin debate de incertidumbre, erotismo sin martirio.

Desde este punto de vista, cuando vemos el lienzo de Von Stuck (El pecado, 1863) no deberíamos pensar sólo en el instrumento del Demonio que a través de los siglos se ha tratado de representar con Eva y la serpiente. La serpiente también puede ser augurio de resurrección, quizá por ello la figura de Cleopatra en la pintura de Hans Makart (“La muerte de Cleopatra”, 1875) permanece serena ante el áspid, quizá porque sabe que como Proserpina volverá de las entrañas de la tierra, mudada de piel más con la misma belleza, así la fotografía de Richard Avedon (“Nastassja Kinski y la serpiente”, 1981), o Rachel Weisz en la de James White (“Sin título”, 2004).

Hay lágrimas de cristal apolíneo (Kiki Smith, “Lágrimas”, 1994) y lágrimas de pasión (Luca Giordano, “María Magdalena penitente”, finales XVII, Casita del Príncipe, San Lorenzo de El Escorial) enmarcando el nacimiento de Venus, que como el amor, siempre es un renacimiento, del mar de donde emerge (Venus “anadyomenai”) y al vaivén de las olas que la traen (Amaury, Bouguerau, Rineke Dijkstra…) como un deseo indestructible, pues el agua donde se pierde Ofelia nos trae los amantes de Bill Viola. Este autor, que convierte las salas del museo en el mejor cine de la ciudad, nos presenta tres piezas donde las emociones enlazan con un mundo de sentimientos y ansias insatisfechos que desarrolla los pasos intermedios que no pintaron los maestros antiguos, como José Ribera (“San Sebastián”, 1651). Viola intervendría en ese tiempo entre el éxtasis que tiene el santo y la visión que nosotros no podemos ver.

Eros lleva impronta de mar y de Marte, de ahí que sus heridas de guerra impregnen con sal nuestro lagrimal; su iconografía más habitual nos lo presenta como un adolescente o niño dotado de alas, cual mariposa o pájaro, que se aposenta en aquello que está en flor según Platón en “El Banquete” (“El Banquete o Del Amor”. Madrid. Aguilar.1987). El erotismo, a nuestro entender, aunque intenso es algo más bien leve, aquello que suscita el deseo, antes insinuación que confirmación, es la dulzura antes del estertor, la demora ante la voluptuosidad, que lanza más que saetas, alfileres que punzan el corazón… de donde provienen todas las lágrimas (Santa Catalina de Siena, “Diálogos”. Madrid, Ed. Fr. Lucas Loarte, 1668).