Emilio Botín, primer banquero de España y uno de los primeros del mundo, emulando al célebre Giuseppe Tomasi, ha advertido contra cualquier reforma de calado en el sistema financiero, dando por buena la sentencia lampedusiana de que “todo debe cambiar para que todo siga igual”.

Durante el último año y medio los españoles hemos aprendido algunas lecciones de economía. Las hemos pagado muy caras. Una recesión profunda y duradera, más de dos millones de empleos destruidos, miles de familias sobreviviendo al límite, los servicios de bienestar sobrecargados, el déficit y la deuda pública galopando…

Las lecciones son pocas, pero han quedado grabadas a sangre y fuego. El sistema financiero no debe volver a funcionar como una partida de póker en la que unos pocos se forran apostando la supervivencia de nuestras empresas y de nuestros trabajos. La economía real no puede mantener una dependencia tan vulnerable respecto a los vaivenes especulativos del mercado crediticio. Nuestro modelo productivo debe ganar competitividad superando el monocultivo del ladrillo y el turismo de playa. Los trabajadores españoles necesitan más formación y más “empleabilidad” para atajar los excesos de temporalidad y precariedad…

Pero el infartado ya ha recuperado pulso, gracias a la descarga de miles de millones en dinero público. El jugador de timba vuelve a tener el casino limpio y repuesto, merced al sacrificio de todos. Los números de los grandes bancos tornan del rojo al negro. Los valores del Ibex 35 parecen nuevamente atiborrados de viagra. Y ahora los que asistían pálidos de terror a la caída del palacio Lehman y suplicaban “un paréntesis en la economía de mercado”, se apuntan a las tesis de Lampedusa. ¿Para qué cambiar si nuestros bolsillos vuelven a llenarse?

A la hora de afrontar las reformas imprescindibles que requiere nuestro sistema financiero, no podemos menos que entender las resistencias de quienes representan intereses muy parciales, pero hemos de mantener muy firme la voluntad y el rumbo que marca el interés general. Con la misma legitimidad que Botín “advierte” contra los “excesos regulatorios sobre los flujos financieros”, en defensa de la cuenta de resultados de su empresa, los representantes de los ciudadanos tenemos que ejercer nuestra función reformadora y reguladora, en defensa de la cuenta de resultados del conjunto de la ciudadanía.

Hay al menos siete reformas irrenunciables. La regulación estricta sobre qué circula y cómo circula por los cauces del entramado financiero, asegurando su adecuación a las demandas de la economía real y limitando los riegos de burbujas estallantes. Los “requerimientos de capital” o “seguros de depósitos” para evitar que la caída de los monstruos de las finanzas arrastre miles de empresas y puestos de trabajo. La prohibición de los productos “tóxicos” y la limitación de trading y titulaciones que convierten los mercados en casinos tan opacos como peligrosos.

La fiscalidad sobre las operaciones financieras internacionales y sus beneficios, con la propuesta de tasa Tobin resucitada recientemente por Gordon Brown. Los límites a las remuneraciones de altos directivos y agentes comerciales de las empresas financieras, impidiendo que los bonus e incentivos estimulen la especulación y el riesgo excesivo. La erradicación definitiva de los “paraísos fiscales” que albergan y amparan acciones fuera de la ley y de la moral a cambio de una retribución indecente. Y el reforzamiento de los instrumentos públicos para el control, la supervisión y la intervención en el sistema financiero en cumplimiento del ordenamiento jurídico. Ya he planteado el interrogante otras veces: ¿Por qué no una banca pública?

A estas reformas sobre el marco financiero habría que añadir las que también resultan inaplazables en el sistema educativo, en el modelo productivo, en el impulso a la I+D+i, en la promoción de las nuevas tecnologías y la sociedad del conocimiento, en la actualización del mercado laboral, en la modernización de nuestra industria, en la apuesta por una fiscalidad suficiente y justa, en la consolidación de un Estado de Bienestar que asegure la igualdad de oportunidades…

Nos importa salir de la crisis. Y nos importa salir bien de la crisis. Por tanto, no nos basta con que los herederos intelectuales del autor del “Gatopardo” puedan recuperar la orgía de beneficios y récords bursátiles. Después de tanto sufrimiento y de tanto sacrificio, queremos más y, por una vez, queremos que sea para beneficio de todos.