Cuando los debates se sustancian a través de los votos, como ocurrió finalmente en el Congreso del PP, Aguirre se revuelve, se distancia y se encuentra incómoda y, al final, se pronuncia críticamente sin ni siquiera conceder una semana “de gracia” a la nueva dirección elegida, para ver cuál es su política y si debe o no debe ser criticada. Su actitud es ponerse “a la contra” desde el primer momento, cuestionando lo que han votado la mayoría de los delegados, al tiempo que se proclama “verso suelto”, “depositaria de las esencias” y “representante genuina” (sic) de lo que piensan la mayoría de los afiliados del PP. Y todo ello sin pestañear y sin dejar de hacer críticas abiertas en los medios de comunicación social, contando con el tam-tam de sus apoyos mediáticos de mayor confianza.

En el terreno de los “votos”, Aguirre no se encuentra cómoda ni sabe perder con elegancia –ya se vio también en el triste episodio de los diputados tránsfugas de Madrid–, lo suyo es la descalificación, las operaciones mediáticas, las maniobras de desgaste, las zancadillas políticas y, en su caso, incluso el manejo de pequeñas turbas de forofos para acosar e insultar en la calle -¿el eco de las ondas?- a Rajoy, a Ruiz Gallardón y hasta el mismo Fraga Iribarne, como se vio en la calle Génova antes del Congreso.

Una vez concluido el Congreso, Rajoy tiene un primer problema –y no pequeño– en Esperanza Aguirre, con todo el ruido mediático que puede armarse desde Madrid. Pero el problema no es sólo de Rajoy, sino que adquiere una dimensión más amplia en lo que concierne a la legitimidad de las armas políticas que cada cual está dispuesto a utilizar. Y eso empieza a ser una cuestión de salud democrática general que nadie debiera minusvalorar.